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Uruguay no suele estar entre los destinos predilectos de los escritores de talla mundial —podemos excluir de esa lista al finado Martin Amis y a su idilio personal con José Ignacio—, pero a veces se dejan caer. En los últimos años hubo algunas visitas ilustres, como las del escocés Irvine Welsh, el italiano Alessandro Baricco, la española Irene Vallejo o el rumano Mircea Cartarescu, pero será 2026 el año que marque la llegada de uno de los autores más paradigmáticos, leídos y premiados de las letras europeas: el francés Emmanuel Carrère. Será el próximo 29 de setiembre, en el marco de una gira regional y que funcionará como antesala de la Feria Internacional del Libro de Montevideo.

La noticia se conoció este viernes. Se impuso, rápidamente, como uno de los eventos culturales más importantes de los próximos meses. Carrère va a llegar a Montevideo en una triangulación generada por la Cámara Uruguaya del Libro, la Embajada de Francia en Uruguay y Gussi Libros, que es quien distribuye en Uruguay a la editorial Anagrama, encargada de publicar al autor galo para todo el territorio de habla hispana. El autor de El adversario presentará en Montevideo su libro más reciente, Koljós, galardonado con el Premio Médicis y el Premio Grand Continent, una obra en la que revisita la figura de su madre, la historiadora y académica franco-georgiana Hélène Carrère d'Encausse a la luz de su reputación pública y privada. Es uno de sus libros más íntimos, y eso es decir mucho en un autor que encontró en el entretejido de su vida el material más rico para su literatura.

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En Uruguay, como en el resto del mundo, sus libros encuentran rápido el camino al primer lugar de la mesa de novedades y de las vidrieras. El éxito popular, en algún sentido, lo ha alejado de las quinielas de premios como el Nobel, pero no de una especie de acuerdo general que impera en el siempre agitado mundillo literario francés: Carrère es uno de los autores más importantes de nuestro tiempo. Sus libros son acontecimientos, sus coberturas periodísticas generan oleajes internacionales y se ha convertido por transitiva en un maestro de la no ficción. Incluso cuando sus inicios rumbearon por otros paisajes.

El uso carreriano del “yo” es abrumador, pero en el sentido de que, casi a contracorriente de lo que uno podría presuponer, eleva sus relatos siempre a niveles inéditos. Su estilo se hace fuerte cuando son sus ojos y sus opiniones las que moldean la historia, y la creación de un personaje propio en cada nueva novela ha generado a su alrededor un culto a la personalidad que, desde visiones más puristas, poco tiene que hacer en sus retratos o radiografías. Pero desde el punto de vista de la ingeniería de su literatura, es primordial. Sus seguidores lo esperan y lo veneran.

“No creo que puedas ponerte en el lugar de los otros. Y tampoco deberías. Lo único que puedes hacer es ocupar el tuyo, de forma tan completa como sea posible, y decir que intentas imaginar cómo es ser otra persona, pero decir que eres tú quien debería hacerlo”, le dijo, por ejemplo, al Paris Review en una recordada entrevista en 2013.

Primeros pasos

Antes de encontrar su estilo hoy inconfundible, este parisino nacido en 1957 que estudió ciencias políticas y que empezó trabajando como periodista y crítico de cine, tuvo su romance con la ficción. Aunque hoy no lo recuerde con demasiado entusiasmo. De las cinco novelas que conforman esta primera etapa como autor, solo dos le convencen si le preguntan hoy: Bravura (1984) y El bigote (1986). En el primero contó la historia del recordado “año sin verano” en el que Mary Shelley, Lord Byron y Polidori crearon a algunos de los monstruos más paradigmáticos de la literatura a orillas del lago Ginebra (Frankenstein o El vampiro, sin ir más lejos); el segundo fue su primer gran golpe literario. El bigote recibió elogios, lo puso a conversar con algunos de sus pares más renombrados en las estanterías de su país y él mismo adaptó esa historia al cine en 2005 con Vincent Lindon en el protagónico.

Después se embarcó en la escritura de la biografía de Philip K. Dick, Yo estoy vivo y ustedes están muertos, un viaje a la vida y la mente de un autor esencial en su educación emocional y al que considera el “Dostoievski del siglo XX”. Esa biografía le ayudó a ensayar una de sus principales virtudes literarias: la capacidad de retratar personajes rocambolescos y en ocasiones inasibles, algo que repetiría en algunas de sus obras más célebres, como Limónov. Sin embargo, si hablamos de un comienzo en términos de impacto, hay que hablar de El adversario.

Publicado en el 2000, en este libro Carrère se adentra en el escabroso caso del médico Jean-Claude Romand, un homicida y mentiroso compulsivo que ocultó su vida real a su familia, hasta que los asesinó. El caso conmocionó a Francia en la década de 1990 y también a este autor, que estaba terminando la biografía de Dick cuando pensó “tengo que escribir de esto”. Lo hizo con una herencia y una sombra pesada sobre los hombros: el modelo de A sangre fría de Truman Capote.

El adversario es un libro peculiar en donde el francés todavía se muestra en la búsqueda de un estilo definido. Por eso, en buena medida, por momentos se lee como una especie de Frankenstein literario: hay un apego a cierto estilo periodístico distante y tradicional, pero de a poco el peso del “yo” comienza a imponerse. Al final, lo que queda es una mixtura extraña donde su vínculo con el propio Romand oscila y se proyecta sobre los fragmentos más kafianos del relato. Porque El adversario, en el fondo, es una novela sobre lo absurdo y burocrático que puede ser el mal.

“Hasta ese momento, sentía una vaga hostilidad hacia la primera persona. Pero en el momento en que acepté usarla, algo cambió en mi interior y abrió el camino en el que sigo hasta el día de hoy”, contó el autor sobre esa decisión clave en su carrera que aconteció en El adversario. “La tercera persona no era nadie, pero parecía otorgar a lo escrito el estatus de verdad. Y yo no creía que se pudiera saber la verdad sobre Romand. En cambio, sí podía decir la verdad sobre mí mismo en relación con Romand. Puedes ser poco lúcido, puedes mentirte a ti mismo, puedes ser manipulado por tu inconsciente. No obstante, tienes acceso a ti mismo. Los demás son una caja negra, especialmente alguien tan enigmático como Romand. Comprendí que la única manera de abordarlo era consentir en entrar en la única caja negra a la que sí tengo acceso, que soy yo.

Esa caja negra llegó a lugares estratosféricos, como el polémico Yoga, un libro que en 2020 lo enfrentó a su exesposa, que le prohibió legalmente escribir sobre ella y que decantó en un tomo fallido donde el ego y la necesidad de retacear la historia se traga al autor. También lo enfrentó a su madre al ventilar tabúes familiares en Una novela rusa (2007), sobre todo aquellos que mostraban a su abuelo como un colaboracionista de los alemanes durante la ocupación de Francia.

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Emmanuel Carrère

"Es sabido que la presencia de un escritor en la familia, a menos que escriba novelas fantásticas, es una fuente de problemas. Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí. Lo hice con dos personas: mi madre y mi novia de la época, Sophie. Exhibí su intimidad de una manera en la que me arrepiento. El libro existe, no ocurrió ninguna catástrofe y me reconcilié con las dos. Pero creo que superé una línea que no querría volver a traspasar. (Saber a quién pertenecen las historias) es muy complicado, es como la custodia compartida de un niño. Moralmente hay que ver cada caso particular. Pienso que la regla, como le decía, es no provocar sufrimiento. Hay que tener cuidado con la gente que está a tu merced. Pero hablamos de personas privadas. Si son personas públicas, podemos decir casi lo que queramos", le dijo hace unas semanas a El País de Madrid.

En ese sentido, y hablando de heridas, Yoga no es su mejor factura, pero aún así es un libro clave para entender sus problemas con el diagnóstico de bipolaridad, que lo ha marcado en el último tiempo y que incluso lo llevó a diferentes tipos de internaciones psiquiátricas, y el lugar desde dónde está escribiendo hoy: una voz que reverbera de adentro hacia afuera y que proyecta el mundo a partir de su propia caja de resonancia. La suya, en 2026, es una escritura más psicológica, intelectualizada, introspectiva y libre.

Pero para alcanzar eso tuvo que, primero, escribir lo que tal vez haya sido el pico de su carrera literaria hasta el momento: De vidas ajenas y Limónov.

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Hacia la maestría

Estos dos libros engloban lo que significa Carrère para las letras universales hoy, y también son dos puntos de partida para aquellos que jamás lo leyeron. El impacto con estos títulos es inmediato, y la pregunta de fondo aparece, inquieta: ¿cómo lo hace? De vidas ajenas es el libro en el que el “yo” narrador está más afilado, y que es funcional a una de las novelas más desgarradoras y emocionantes que han parido las letras europeas en las últimas décadas. El tsunami de Tailandia de 2004, la muerte de cáncer de una mujer y un par de jueces que luchan contra un sistema usurero que perjudica a los más indefensos en el núcleo de un híbrido literario inolvidable.

Limónov, en tanto, muestra a Carrére como un maestro retratista, pero en sus propios condiciones. El francés toma una figura difícil y poliédrica como el agitador político y artista ruso Eduard Limónov para pintar un fresco de la Rusia moderna. Lo hace, sin embargo, confiando y replicando la voz de alguien que baila al son de los extremismos sin demasiado pudor, y que tiene una imagen de sí mismo gigantescamente gloriosa, casi tanto como el propio autor. De este choque de personalidades se extrae la piedra de la locura: un torrente de hitos políticos, sociales e íntimos de un tipo inclasificable que, de alguna forma, Carrére tampoco sabe cómo agarrar. Y en esa imposibilidad, el libro gana por destrozo. Obra maestra.

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Eduard Limónov

Misión difícil fue la que se puso después: contar la historia de los primeros cristianos y su propio vínculo con la religión. De ahí salió un mamotreto titulado El Reino que tiene tantos admiradores y premios, como lectores que lo abandonaron por el camino. En términos de reconstrucción histórica, es un gran Carrére, aunque algo hermético y paquidérmico de más.

El Reino se publicó en 2014 y al año siguiente, en noviembre, París conoció una cara desconocida del terror. El 15 de ese mes, en distintos de la ciudad, una célula yihadista pegó con fuerza y provocó el atentado más mortífero en suelo francés desde la segunda guerra mundial. Murieron 131 personas y algunos nombres, como Bataclan, quedaron grabados en la retina de una ciudad traumatizada. Poco después de luchar con los fantasmas internos que relató en Yoga, Carrére se embarcó en un trabajo de campo: la cobertura de los juicios a los terroristas sobrevivientes. Fue en 2022 y las crónicas que publicó en L’Obs y El País de Madrid decantaron en un ejercicio de periodismo judicial impactante rotulado bajo el nombre de V13. Las víctimas, los acusados, el sistema judicial francés, el contexto de la guerra santa islámica, todo queda radiografiado en un libro brutal, filoso e imposible de soltar.

Y así, esta carrera finaliza por el momento en el título que, en setiembre, el autor presentará en Uruguay: Koljós.

Secuela espiritual de Una novela rusa, Carrére se reconcilia con la figura de su madre, con el peso que esa mujer tuvo en la intelligentsia gala, con la historia familiar y una genealogía fascinante que llega hasta la época de los zares. En Koljós, Carrére es un hijo que duda, un cronista que indaga, un narrador que se pelea y se reconcilia con el pasado, un hombre que recuerda. Se va poniendo más viejo y uno le perdona ciertos tics. También le reconoce la capacidad para armar castillos de páginas en los que, como lectores, nos queremos quedar. ¿Escribe cada vez mejor? Es difícil decirlo. Escribe, y mientras lo siga haciendo somos varios los que vamos a celebrar. Y a leer.

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