2 de septiembre 2023 - 10:30hs

¿Cuándo se pierde la confianza en un autor? ¿Después de un único libro malo? ¿Cuando ya no hay sorpresa? Probablemente sea diferente para todos, pero en mi caso suelo tener poca paciencia. Supongo que podría cambiar y ser más tolerante, pero hay demasiado para leer y la vida es corta. Con el autor francés Emmanuel Carrère no llegué a distanciarme, por supuesto, pero estuve cerca: su último libro, Yoga, me decepcionó bastante y mi historial con su obra no era, en ese momento, lo suficientemente largo como para tenerle un cariño proporcional. Había leído El adversario, algunos artículos y poco más. Y Yoga, un libro raro, difícil de describir, donde habla sobre su salud mental, un retiro espiritual que hace, unos talleres que da en Grecia y los coletazos del atentado de Charlie Hebdo en su círculo íntimo, me dejó algo frío.

Por suerte enseguida se me cruzó De vidas ajenas, una radiografía sobre el duelo colectivo que me conmovió y lanzó el primer anzuelo para rescatar mi interés. Y hace pocas semanas apareció en librerías el título que dio el zarpazo final: V13: crónica judicial.

Hace mucho tiempo que un libro no me atrapa de la forma en que V13 lo hizo. Lo leí con hambre y ansiedad, dejé todas las otras lecturas en pausa y dediqué mi atención total a sus páginas. No me importó mucho más durante esos días. Perdí la noción del tiempo, leí parado en el ómnibus entre empujones, mochilas y codos, le robé minutos a otras responsabilidades para terminarlo y aplacé cualquier actividad que no fuera casi obligatoria. En pocos días lo tragué. Y todavía estoy pensando en él. En suspensión entre la envidia y la admiración.

Como su título indica, V13 es la crónica de un juicio. Durante nueve meses, Carrère se sienta en la tribuna con otros periodistas para ver cómo catorce acusados afrontan la posibilidad de penas gigantescas, entre ellas la cadena perpetua. Es setiembre de 2021, el otoño parisino se paraliza por “el juicio del siglo” y la ciudad lo sigue por televisión, por los diarios, manchada todavía con la sangre de los atentados del 13 de noviembre de 2015. Es eso, justamente, lo que se juzga en una enorme sala improvisada en medio de la Île de la Cité: a los únicos yihadistas vivos involucrados en el ataque masivo y suicida del Estado Islámico que se produjo en esa fecha, que fue el más mortífero en suelo francés desde el final de la segunda guerra mundial. Entre los ataques a las terrazas de los cafés, al local bailable Bataclan y las explosiones a las afueras del Stade de France, murieron 131 personas —además todos los terroristas, menos uno—, pero cientos de historias de tragedia, dolor y resiliencia rodean a las víctimas que, todavía, cuentan el cuento.

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V13 es, entonces, la crónica del largo juicio a los catorce implicados por los atentados, que el autor publicó originalmente en forma de columnas en el medio francés L’Obs, y que se fueron replicando en otros idiomas de forma simultánea semana a semana —en español las publicó, por ejemplo, el País de Madrid—. Esos artículos, que nunca superaron los 8 mil caracteres, fueron rodeados de otros fragmentos inéditos que Carrère sumó para darle más cuerpo a lo que terminó siendo este libro, uno que, con toda la subjetividad que una frase como la siguiente puede implicar, es uno de los mejores del año. 

Al menos, esa es la sensación que me dejó su lectura, una de las experiencias más intensas y abrumadoras a las que me enfrenté en estos meses.  V13 es fascinante e implacable. La dimensión de la tragedia es brutal, los testimonios son crudos, la historia de los acusados apasionante, la forma en la que el autor enhebra las piezas para darle forma a la guerra yihadista en suelo europeo es apasionante. Con este libro, Carrère volvió a demostrar por qué es uno de los grandes exponentes de la no ficción contemporánea. Y también por qué son varios los que lo mencionan como uno de los grandes escritores franceses de nuestro tiempo.

Pero este mes, en Epígrafe, no estoy solo. Por motivos obvios, la forma en la que el francés une su maestría como novelista y su capacidad para manejar las técnicas del periodismo —el suyo es un periodismo de largo aliento, más vinculado a la crónica y hasta aspiracional para muchos de los que trabajamos en esto— le permite proliferar en las redacciones casi con tanto éxito como una bolsa de bizcochos. Sus libros se comentan, se leen, se recomiendan, así que para esta ocasión pedí ayuda a tres colegas y amigos de El Observador que también lo han transitado. Escriben sobre él, al final de este envío, María Eugenia Fernández, Santiago Soravilla y Nicolás Tabárez.

Nada más. Y ahora vamos al corazón del terror y la justicia.

Las partes del juicio

Dolor país

«Entonces, lo que sucedió... Es un revoltijo de imágenes, de sonidos que emergen a la superficie. Los ruidos, las detonaciones que al principio creímos que eran petardos, el olor a pólvora. Yo no lo sabía, pero el olor de la pólvora es horrible. Creí que Amine, Émilie y Charlotte se escondían debajo de la mesa, pero en realidad los habían derribado las balas. Yo me tiré a la cuneta, entre la acera y las ruedas de un coche. Me acurruqué para que las balas no me alcanzasen, pero de todos modos me dieron en las piernas. Sentí los impactos en el cuerpo. Impactos terribles, enormes, aún no sabía que eran las esquirlas de las balas de kaláshnikov que estallaban dentro de mis piernas y me dilaceraban. No conocía todavía este verbo: dilacerar. Aún no sentía el dolor, aún no. En un momento dado siento que detrás de mí está la muerte. Hay un hombre apretado contra mi espalda. Oigo su respiración entrecortada, oigo su estertor, sé que son sus últimos instantes. Sé que estoy viviendo a su lado los últimos instantes de su vida. Es algo muy íntimo, es quizá lo más íntimo que se puede compartir con alguien. No lo veo, está detrás de mí, pero siento su respiración, la oigo. Soy el único testigo de su muerte. No conoceré nunca su nombre.»

El testimonio anterior es de Maia. Tenía 27 años, los terroristas mataron a sus amigos, la dejaron con heridas de por vida y pesadillas que seis años después todavía no la dejan dormir. Es uno de los fragmentos de V13 que se me quedó grabado. Ella, sin embargo, es solo una de las decenas de víctimas que durante el juicio pasan por el estrado y cuentan sus historias de cara al público, los acusados y los periodistas. Son relatos duros, casi siempre conmovedores, de lucha y resiliencia, pero también hay de los otros. Los que no terminan bien. Los que no pueden cargar con la sobrevida.

Carrère elige empezar su libro con la parte más desgarradora: la voz de las víctimas. En ocasiones aparece directamente, y otras veces tamizada por su relato. Es un golpe efectista, sí, pero bien administrado. Nuestra atención como lectores es captada de inmediato. Las páginas vuelan, el corazón se queda en el puño, congelado. Y aunque por momentos sea difícil de leer —un capítulo en especial que encadena varios testimonios de sobrevivientes del Bataclan es directamente terrorífico—, el francés tiene una capacidad asombrosa para que la crudeza de los testimonios se exponga bajo una luz de cierto optimismo nada inocente, que abraza la oscuridad de la tragedia como parte intrínseca de la condición humana.

A medida que los testimonios y las sesiones del juicio se suceden y empiezan a transformarse en la voz homogénea de una nación en estado de duelo, pasan cosas sorprendentes —como la historia de la “falsa sobreviviente” que se inventó una historia en el Bataclan por una extraña necesidad de ser parte— y otras difíciles de digerir —como el hombre que no puede soportar haber sobrevivido al horror y termina suicidándose—, pero todas son abordadas, sin embargo, desde una suerte de lugar de reconocimiento: Carrère contagia la idea de que a partir del horror se puede construir.

«He leído, he oído decir y en ocasiones he pensado que vivimos en una sociedad de victimarios, que mantiene una complaciente confusión entre los estatus de víctimas y de héroes. Quizá, pero una gran parte de las víctimas a las que escuchamos día tras día me parecen héroes indudables, debido a la valentía que han necesitado para reconstruirse, a su modo de habitar esta experiencia, a la fortaleza del lazo que les une con los muertos y los vivos. No sé cómo decirlo menos enfáticamente: a estos jóvenes, porque casi todos lo son, que declaran uno tras otro en el estrado, se les transparenta el alma. Se lo agradecemos, nos horrorizan, nos engrandecen.»

Como suele pasar en todos sus libros, aunque en este un poco menos, el autor se involucra con los protagonistas del juicio, y varias de las víctimas, los abogados y las familias terminan formando parte de su experiencia como reportero. Más que nunca, en V13 Carrère es un periodista, incluso cuando no puede refrenar su ya característico impulso por pasar al frente. Igual lo perdonamos. Escribe demasiado bien. Y entre tanto dolor, esos momentos son casi hasta un respiro.

La guerra santa y lo que cuesta la justicia

Cuando V13 pasa a ocuparse de los acusados, el libro sufre una especie de metamorfosis. Lo que al principio se emparentaba mucho más con las crónicas del dolor de De vidas ajenas, pronto se sumerge en un estilo que se acerca al que Carrère desplegó en obras como El reino. O sea: abraza el ensayo y lo utiliza para armar, de manera eficaz y a modo de manual de instrucciones, las historias que llevaron a estos catorce hombres de origen árabe a vincularse en mayor o menor medida con los atentados. 

A partir de ellos, todos rastreados de manera exhaustiva, Carrère va más allá: se mete en la incidencia del yihadismo en el continente europeo, en las tragedias de los padres de los combatientes radicalizados que emigran a Siria para “profesionalizarse” en el arte del terrorismo, en la forma en que operó durante cinco años el Califato de Abu Bakr al-Baghdadi, líder del Daesh, y cómo un distrito de Bruselas llamado Molenbeek se transformó en el hormiguero terrorista más grande del continente. La red yihadista es grande y compleja, pero el autor la transforma en algo fácil de entender. 

Es en esta parte, también, donde Carrère pone de manifiesto la gran diferencia que hay entre los catorce que se sientan en el banco de los terroristas: si bien Salah Abdeslam —el único participante directo de los ataques que sobrevivió por que no le estalló el explosivo atado a su pecho o se arrepintió a último momento— es la estrella del juicio y un terrorista evidente, él comienzo del juicio plantea la posibilidad de que buena parte de los involucrados se esté “comiendo un garrón” de costado. ¿Esto es efectivamente así? ¿Hasta qué punto una ayuda “de última instancia” y sin conocimiento es, también, un acto criminal? ¿Existe, de verdad, un abismo entre Abdeslam y Faridh Kharkhach, un falsificador de poca monta que se involucró con el ataque casi de casualidad y también espera por su condena? Esto es también una historia de suspenso: no lo vamos a saber hasta el final.

Todo conduce, por supuesto, a la última parte del libro: esa en la que le pone el ojo —muy crítico, por cierto— al sistema de justicia francés, a la creación de héroes y villanos que se genera allí, al rol de los abogados, del periodismo, al dinero que se mueve en torno a la idea de la justicia, y por supuesto, a la resolución del juicio, que si uno busca en Google encontrará inmediatamente lo que pasó, pero que planteado como lo plantea Carrère es mucho más atractivo, claro.

Pero este juicio es increíble, o eso parece, y antes de su resolución siguen pasando cosas, como el emocionante momento en que el cantante de Eagles of Death Metal —la banda estadounidense que tocaba en el Bataclan al momento del atentado— se reúne con las víctimas tras su declaración, o como cuando Carrère  entiende, al final, qué tipo de experiencia fue la que vivió ahí adentro: una liberación colectiva. Una herida que, de a poco, empieza a cicatrizar en sociedad.

«En principio cubro todo el juicio, pero, si al cabo de tres meses estoy harto, les diré a mis amigos de L'Obs que me retiro, será una pequeña decepción para ellos y para mí, pero no será un drama. Nunca, ni una sola vez he pensado en desistir. Nunca he tenido ganas de salir de la sala. Yo sabía, sabíamos, que estábamos viviendo juntos algo completamente distinto de un asunto edificante para la historia, el faraónico e inútil happening judicial que al comienzo teníamos buenos motivos para temer. Completamente distinto: una experiencia única de espanto, de piedad, de proximidad, de presencia. Tardé en darme cuenta de que la sala del juicio se parece a una iglesia moderna y de que en ella se ha celebrado algo sagrado.»

Tres libros de Carrère x tres lectores (y periodistas de El Observador)

María Eugenia Fernández recomienda: Una semana en la nieve (1996)

Cuando agarré el libro por primera vez y lo di vuelta, vi que se trataba de un niño de ocho años. Recuerdo que pensé que la trama no me iba a atrapar —¿por qué iba a leer algo contado desde la perspectiva de un niño de ocho años?— y que quizás la historia me era un poco ajena. Como el autor ya me había gustado, sobre todo El adversario, decidí darle una oportunidad.

Cuando lo empecé a leer entendí que no era solo sobre la vida de un niño durante unos pocos días. Enseguida empaticé con el personaje de Nicolas (sí, sin tilde), sus miedos y sus inseguridades. Pude ver en él, como a muchos otros lectores les habrá pasado, rasgos, miedos e inseguridades con los que me identificaba cuando era niña (y por qué no, también ahora). Fue bastante increíble sentir que me ponía en los zapatos de ese niño y que lo que contaba Carrère eran las cosas que exactamente pasaban por mi cabeza cuando era más chica. Eso acompañado de una exquisitez para describir los lugares y los personajes, tanto del entorno familiar como escolar. Me sorprendió darme cuenta de que la trama sobre el viaje de Nicolas a un centro de esquí era algo mucho más profundo; en alguna medida, un relato sobre la sociedad en general y el peso de las imposiciones familiares durante la crianza y cómo eso nos marca, nos moldea a futuro.

Santiago Soravilla recomienda: El adversario (2000)

No sé si está bien que lo diga acá, pero como es la verdad no tengo problemas. Descubrí a Carrère por el autor de esta newsletter, que en una conversación en la redacción me lo sugirió.

No tengo claro si El adversario es una historia novelada o periodística, pero lo cierto es que es un libro fascinante y estimulante que narra la historia de un impostor, un hombre que durante toda su vida finge ser un médico importante de la OMS hasta que es descubierto. Mata a toda su familia, intenta suicidarse y termina condenado a cadena perpetua. Lo fenomenal, además de la crudeza, es que está escrito a partir de de conversaciones profundas entre Carrère y Jean-Claude Romand, el personaje, en los que el autor intenta descifrar lo que pasa por su cabeza.

Nicolás Tabárez recomienda: Limónov (2011)

Era uno de esos libros que los profesores de facultad recomendaban todo el tiempo. El que había que leer. Un ejercicio de perfil periodístico ineludible. Y la verdad es que estaba a la altura de las circunstancias. En Limónov, Carrère cuenta vida y obra del poeta y disidente político ruso del título, un punk digno de una película –aparentemente hay una en proceso—  pero fiel a su estilo, el escritor francés se termina convirtiendo en un personaje de la historia, narrando tanto su cacería imposible para retratar a su objeto de estudio, como contando su vínculo con él. Limónov, que murió hace algunos meses, es un personaje fascinante, y Carrére logra contagiar esa sensación. Es una buena puerta de entrada a la versión cronista del francés, y una construcción genial de un retrato. 

Dos extras

  • 13 de noviembre: terror en parís una serie documental de Netflix, de tres capítulos, en donde se recorre la cronología de los hechos del día del atentado, con voces de las víctimas, la policía, los bomberos y material de archivo. Es un ejercicio documental tradicional, con las clásicas cabezas parlantes contando sus experiencias, pero es un buen complemento luego de la lectura de V13.
     
  • El colgajo  de Philippe Lançon. El otro atentado en suelo francés, el de enero en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, contado por uno de sus periodistas, que recibió un tiro de AK47 en la mandíbula y debió enfrentar la reconstrucción física y espiritual. Un testimonio impresionante.
Temas:

Emmanuel Carrere EPÍGRAFE Member

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