A la gente le cuesta salir de su casa y eso lo saben los moguls del cine. La pantalla y el sonido casero empiezan a tener cada vez mayor calidad, las ventanas de exhibición se acortan y lo que separa a las películas que se exhiben en salas de las que se suben a plataformas son, a esta altura, apenas unas semanas. En ese esquema, el discurso pro sala podría tenerla difícil para convencer al público, pero sucede que hay algo que todavía no ha sido superado y que, además, nunca fue tan explotado en el discurso como ahora: la experiencia de ver cine en el cine es irremplazable.
En ese sentido, en las últimas semanas esa postura ha tenido un aliado de lujo, y ese es el señor Christopher Nolan. Con La Odisea, Nolan ha monopolizado la conversación cinematográfica y, además de haber cocinado un taquillazo, ha demostrado el poder que tiene la construcción de la idea de “experiencia” o “evento” en torno a una película. Y es que su Odisea ha estado rodeada desde el comienzo por la sensación de que, si no la ves en el cine, te vas a perder de algo único. Y la apuesta, además, es doble: la campaña ha subrayado que si esa experiencia es en una sala IMAX, será algo que jamás olvidarás como espectador.
Qué significa ver una película en IMAX
IMAX es la sigla de Image Maximum y es un sistema cinematográfico de alta resolución que se creó en Canadá a fines de la década de 1960, por lo que ya tiene unos cuantos años en el mercado. Sin embargo, sigue siendo sinónimo de exclusividad a la hora de hablar de exhibición.
Esto sucede, para empezar, por las dimensiones de su proyección. En un cine normal, las películas se proyectan en un formato panorámico (widescreen o 2.40:1); las salas IMAX, por su parte, tienen una relación de aspecto de 1.43:1 o 1.90:1, o sea que la pantalla es una especie de cuadrado gigante. Se supone que el espectador recibe en ella un 40% más de imagen.
Las pantallas IMAX, además, son ligeramente curvas y se colocan mucho más cerca de las butacas. Van desde el piso al techo de la sala, mientras que la disposición de los asientos se eleva en un ángulo mucho más pronunciado que en los cines tradicionales.
Las primeras salas IMAX, y lo que hasta ahora es su máxima capacidad operativa, son aquellas que proyectan en celuloide (el viejo y querido rollo de película) de 70mm, cuyos fotogramas tienen diez veces más nitidez que el cine comercial estándar. Esta tecnología, que es con la que se filmó La Odisea y que solo puede reproducirse en apenas unos 41 cines en todo el mundo, es demasiado aparatosa y costosa: los rollos pesan más de 200 kilos y trasladarlos es un engorro, por lo que las mayoría de las salas actuales operan con un sistema digital de doble proyector láser, que vendría a ser una suerte de “evolución” más práctica que, además, reduce costos.
Por qué no hay IMAX en Uruguay
En América del sur existen 27 salas IMAX: doce en Brasil, siete en Colombia, tres en Ecuador, dos en Chile, dos en Argentina y una en Perú. Todas ellas operan en formato digital y ninguna tiene la capacidad de exhibir en formato 70 mm la película de Nolan. Uruguay no entra en ninguno de los dos grupos. Pero, ¿por qué?
La respuesta es, por supuesto, estrictamente económica: la inversión para instalar una sala de este tipo es millonaria e intentarlo en un país con la demografía de público que tiene Uruguay sería prácticamente un tiro en el pie. O en alguna parte más vital del cuerpo.
Francisco Armas es director ejecutivo de la cadena de cines Movie y hace tiempo que ve cómo la presencia del formato IMAX fluctúa en el mercado. Armas explica a El Observador que la aparición de su versión digital hizo que la posibilidad de tener un IMAX sea un poco más accesible a lo que era antes, pero su costo sigue siendo un gran obstáculo.
“Si uno compara la cantidad de salas que hay de IMAX digital con las que había antes cuando el formato era el celuloide de 70 mm, son muchísimas más. El digital permitió bajar algunas barreras altas que tenía el formato que ahora no las tiene. Pero sigue siendo un sistema de alta inversión en el cual la escala de público es exigente. No es que Uruguay no pueda tener un IMAX, lo que pasa es que hay que dar ese paso en un mercado que tiene una cantidad de público que lo hace una inversión riesgosa”, dice.
Uno de los principales escollos es que el modelo de negocio de IMAX Corporation excede a la compra de equipamiento y se trata, más bien, de una “asociación de riesgo compartido de alto costo”.
Para abrir una sala IMAX desde cero o reconvertir una existente a los estándares requeridos, la inversión se divide entre el paquete tecnológico y el acondicionamiento arquitectónico del edificio que lo recibe.
Por un lado, IMAX alquila sus proyectores bajo contratos a largo plazo de 10 o 15 años y su paquete más básico comienza en los 650 mil dólares, y supera fácilmente el millón para pantallas de gran tamaño. Por otro lado, la ubicación de la pantalla gigante, que según datos de la empresa promedia los cien mil dólares, implica la demolición de techos y la reforma de las gradas para las butacas, por lo que acondicionar una sala estándar a los requerimientos de IMAX podría, también, alcanzar el millón de dólares.
“Suponiendo que uno no tenga que remodelar el edificio, aún así se habla entre un millón y medio y tres millones de dólares de inversión. Y eso no incluye la licencia, porque IMAX te cobra un royalty por utilizar su marca”, agrega Arias.
Esos royalties se estipulan en los Acuerdos de Ingresos Compartidos (Joint Revenue Sharing Arrangements) de la empresa, que exige a la cadena de cine una comisión variable recurrente basada directamente en la recaudación en taquilla. En contratos estándar, ese porcentaje que percibe IMAX oscila entre el 10% y el 15% de las entradas vendidas.
La alternativa “casera” al IMAX
En esa ecuación que hace imposible la presencia de una sala de este tipo en el país, las cadenas de cine han apostado por opciones que, si bien no alcanzan las cotas de la marca canadiense en términos de la calidad de exhibición, por lo menos elevan el tipo de experiencia que se puede tener en Uruguay y la región a la hora de ver una película.
En ese sentido, en Montevideo la sala 1 de Cinemateca es una de las más modernas del mercado, con una pantalla de grandes dimensiones y un sistema de sonido envolvente de gran nivel, así como también el reciente complejo de Life Cinemas que se ubica en el shopping de la terminal Tres Cruces implementa salas más ambiciosas y nuevas.
Movie, por su parte, instaló hace ya unos cinco años la sala 4D, una forma de ver películas que suma movimiento y efectos que realzan el “realismo” de la experiencia, así como dos salas VIP que apuestan por una modalidad extendida en la región que se conoce como salas PLF: Premium Large Format.
“Lo que ha sucedido es que por la alta inversión que significa instalar una sala IMAX han surgido lo que se llaman las salas PLF, que en definitiva no dejan de ser, llamémosle, un IMAX casero. Las propias cadenas desarrollan una sala premium, con una pantalla muy grande, con gradas muy pronunciadas al estilo IMAX, con proyectores láser muy potentes o doble proyección, con un sistema de sonido potenciado, pero sin la marca y reduciendo muchísimo los costos. Porque el cambio en la inversión es sustancial”, indica Armas.
“En nuestro caso el 4D ya tiene unos años pero sigue siendo un éxito. Cuando hay una película animada o de acción, las primeras salas que agotan son esas. Por eso también inauguramos la primera sala VIP en Montevideo Shopping hace más de un año, y en marzo inauguramos la segunda. No es un IMAX, pero tiene una diferencia muy grande y muy sustancial respecto a la sala tradicional”, concluye.