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¿Quién hubiera dicho que una piedra podía conmover? Quizás solo alguien que hubiera visto y disfrutado de Todo en todas partes al mismo tiempo y recordara la “conversación” entre dos rocas que generaba uno de los momentos más emotivos de la película ganadora del Oscar. Pero que pase dos veces ya es mucho. Y, sin embargo, Proyecto fin del mundo confirma que una piedra puede hacer saltar lágrimas, y no porque uno la haya pateado descalzo o se la hayan revoleado por la cabeza.

La película que se estrenó el pasado jueves 19 de marzo en los cines uruguayos (y donde corresponde verla) se siente de alguna forma como un cóctel hecho de ingredientes de eficacia probada. Hay un protagonista canchero y querible encarnado por Ryan Gosling, un guion que por un lado sostiene una tensión permanente gracias a una premisa que plantea una misión cronometrada y secuencias de acción trepidantes, y por otro mantiene la liviandad constante gracias a chistes y humor recurrente incluso en momentos dramáticos en la escuela de la saga Guardianes de la Galaxia.

Hay también efectos especiales muy bien trabajados que remiten a las primeras películas de Star Wars (pero con la ventaja de ser hechos 50 años después), recursos visuales impactantes, tomas espaciales que pueden hacer acordar a Interestelar, y una criatura no humana pero adorable.

Sin embargo, y por más que todo suena familiar, hay margen para algunas sorpresas narrativas y para generar emociones genuinas. Sin ser nada particularmente original, Proyecto fin del mundo es un trago de bebida azucarada pero sabrosa. Es de esas películas populares que se ganan el aplauso firme de la sala una vez que terminan. Es un buen rato en el cine. Y buena parte de eso se lo debe a una piedra.

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El día que el sol deje de brillar

El título original de la película, Project Hail Mary, deriva de una jugada del fútbol americano. El “Hail Mary”, que es cómo se llama en inglés al Ave María católico, es como se bautizó al pase larguísimo y con pocas chances de éxito que los mariscales de campo hacen en los últimos instantes del partido, con la expectativa de que un compañero lo ataje y convierta los puntos necesarios para dar vuelta el resultado adverso. Una jugada desesperada que se puede traducir culturalmente como el momento en el que el arquero sube a cabecear el último tiro libre o córner.

Ante la amenaza de quedar eliminada —no de un torneo, sino de la existencia— la humanidad no manda a un guardameta al área rival, sino a un profesor de liceo al espacio. Porque la premisa de esta historia es que el Sol se está apagando. La causa de este problema son unos microorganismos espaciales llamados astrófagos, que como un virus vienen saltando de estrella en estrella y devorándolos para reproducirse.

A la Tierra le quedan entonces unos 30 años antes de caer en una era de hielo permanente que se lleve puesta gradualmente a la vida en el planeta, mientras los países se van peleando por los recursos que vayan quedando. Pero como suele pasar en estas historias, hay una posible solución: mandar una nave al espacio hasta la única estrella intacta que va quedando en el vecindario galáctico para encontrar las causas por las que los astrófagos no la tocaron, y tratar de replicar el modelo en el Sistema Solar.

El doctor Ryland Grace (Gosling), un biólogo molecular caído en desgracia que terminó enseñando ciencias en una secundaria, es convocado por Eva Strutt (la alemana Sandra Huller), la científica a cargo del proyecto multinacional encargado de construir la nave para investigar a los astrófagos, y Grace termina abordando el cohete. Solo en el espacio, el científico cruza caminos con una nave extraterrestre cuyo único tripulante tiene la misma misión que él.

Ahí entra en escena Rocky, el MVP de la película, una especie de piedra arácnida que se roba los corazones de la audiencia al mejor estilo Bebé Yoda o Groot. La alianza y la amistad entre humano y alien se convierte en el nudo central de una historia que oscila entre lo conocido y la sorpresa, pero que siempre sostiene el corazón.

La fuerza del cariño

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En el origen de esta película (que arrancó su camino en salas como una de las películas más taquilleras del mundo en estas primeras etapas del 2026) hay una novela del estadounidense Andy Weir, que ya sabe que es que sus historias salten a la pantalla grande, porque también fue quien firmó la novela The Martian, que en 2015 fue adaptada como Misión Rescate, con Matt Damon como protagonista y que estuvo nominada al Oscar.

La novela de Weir fue adaptada por Drew Goddard, guionista y director que también había escrito Misión rescate, que fue libretista de la serie Lost y la saga de terror Cloverfield; y la película está dirigida por la dupla de Phil Lord y Chris Miller, especialistas en comedia y responsables de La gran aventura Lego y la saga animada Spider-Verse.

Goddard construye una narración dinámica y que logra sostener la tensión, el interés y la simpatía más allá de una duración extensa (casi dos horas y media de película), mientras que Lord y Miller aciertan el tono humorístico y comandan una producción visualmente llamativa e impactante.

Por un lado, el uso predominante de efectos especiales prácticos (Rocky es una marioneta, por ejemplo) le suma potencia, credibilidad y valor a cómo se ve la película en estos tiempos donde todo se genera por computadora, y al mismo tiempo hace extrañar la presencia en Uruguay de una sala donde se puedan ver películas en el formato Imax.

Todo el despliegue visual sirve como el mejor sustento para el carisma y el star power de Gosling, lejos de su etapa de galán sombrío de Drive y Blue Valentine, reconvertido de un tiempo a esta parte en galán divertido (Barbie, Dos tipos peligrosos), y contrapunteado aquí con la seriedad de Sandra Huller, que sin embargo también genera algunos de los momentos altos de la película al mostrar la vulnerabilidad de su personaje y la presión de ser la responsable de comandar al equipo que tiene que salvar al mundo.

Proyecto fin del mundo es de esas películas que se disfrutan con el balde de pop entre las manos, que divierten de punta a punta y sin ser ni rupturista ni innovadoras, son la excusa perfecta para volverse a dejar encantar en una sala.

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