Ruben Rada vivió mil vidas, todas atravesadas por la música. Fue un artista popular, un cantante de boites, bares, hoteles y cruceros, compositor para otros artistas, estrella de rock, encarnó personajes sobre el escenario, y se calzó múltiples trajes artísticos en una carrera tan polifacética como atravesada por algunos puntos en común: la concepción de la música como un trabajo, el disfrute por hacerla, sin importar género o referencia, y su voluntad de siempre cantarle a su pueblo y hacerlo celebrar.

Así como toda la música uruguaya está atravesada por Rada, él mismo está atravesado por las distintas etapas, vertientes y ciclos de su trayectoria que abarcó siete décadas. Una progresión vital y artística con “eras” marcadas desde lo creativo y hasta desde lo estético, ya que siempre fue muy consciente del componente visual de la música y de vestirse sobre el escenario como una forma de resaltar su personalidad y peculiaridad como artista, más allá de que también tuvo fuera de las tablas un cuidado y un interés por la estética que fueron signo de identidad.

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El crooner que nació del Carnaval

La voz humana es un instrumento, pero pocos supieron utilizarla como Ruben Rada. Su versatilidad y amplitud de registro fueron trabajadas desde sus inicios musicales en la infancia, y desde muy temprano en su carrera se convirtió en su gran recurso interpretativo, utilizándola tanto para el humor (basta ver su versión de Guantanamera de su primer disco solista) como para llevar al escucha de su obra a distintas emociones.

Ese talento vocal empezó a desarrollarlo en la infancia, cuando su madre lo llevaba a cantar en certámenes radiales. La radio fue también una herramienta artística en su etapa con la murga La Nueva Milonga, uno de sus primeros pasos profesionales: sobre el escenario, recorría el dial e imitaba a locutores y cantantes que estaban sonando en ese momento.

Sus salidas con la comparsa Morenada y sus ocasionales presencias con la orquesta Cubanacán liderada por Pedro Ferreira fueron sus otras dos escuelas, además de su trabajo con la orquesta de jazz Hot Blowers. Ahí desarrolló también una versatilidad interpretativa que luego expandió durante su carrera (y un oficio que también le sirvió para trabajar como cantante en cruceros, hoteles y clubes nocturnos), saliendo a escena con traje y corbata, y una raya al costado en su pelo.

El hippie que fundó el rock uruguayo

Para mediados de la década de 1960, Rada ya era amigo de los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, con los que había tocado en los Hot Blowers. Cuando ellos se fueron a Argentina con Los Shakers y explotaron como uno de los grandes fenómenos de la música pop en la región, Rada se fue con ellos. Conocido en ese momento como “Aros”, amagó con convertirse en el quinto integrante de la banda, aunque según relató en distintas oportunidades, los productores discográficos lo rechazaron porque “desentonaba” (ya se imagina por donde iba la opinión de los señores de traje).

Al volver de esa primera etapa argentina, Rada fundó junto a Eduardo Mateo la banda El Kinto, y sin saberlo en ese momento, fundaron un rock propiamente uruguayo, y la corriente bautizada como candombe beat, que fusionó el sonido de la época con recursos percusivos y rítmicos de ese tradicional ritmo afrouruguayo.

El Kinto fue una banda de culto pero una de las más importantes en la historia de la música uruguaya, cuyo fin se desarrolló en paralelo al comienzo de la carrera solista de Rada y su primer hitazo: Las manzanas. Ya metido definitivamente en la estética y la actitud hippie de la época, Rada empezó a utilizar collares, poleras y abrazó un look más bohemio.

Todos tenemos música: la era Tótem

Con un tono más potente en su música y más contestatario en sus letras, Tótem fue otro grupo seminal del rock nacional. Rada lo integró desde su formación en 1970 hasta 1972, y dejó con ellos canciones esenciales como Dedos, Heloísa y Biafra.

Rada jugó también con el costado estético del proyecto, con un “african look”, cuero, camisas abiertas, lentes oscuros y collares y amuletos colgando de su cuello.

Músico del mundo

Ante un panorama cada vez más incierto con el final de Tótem, el comienzo de la dictadura y su aplastamiento de la movida rockera que se había desarrollado en Uruguay hasta ese momento, Rada comenzó un periplo personal y profesional que lo llevó durante las siguientes dos décadas por distintas latitudes.

La primera parada en ese camino fue el regreso a Buenos Aires, donde conformó el proyecto S.O.S. (Sonido original del sur), un conjunto con una impronta jazzera y virtuosa, aunque también tuvo una cercanía con el funk, sin descuidar la veta rockera y la voluntad de fusionar todo esto con ritmos autóctonos de Latinoamérica. Con ese grupo llegó a tocar en cruceros que iban a la Antártida.

De ahí se fue a trabajar a Europa, cantando hits del momento en Alemania y Suiza. Pero volvió a cruzar el Atlántico para unirse a los Fattoruso y a Ringo Thielmann en Estados Unidos e integrarse a Opa, la banda de jazz fusión que hasta hoy sigue siendo referencia y objeto de reverencia para conocedores del mundo entero.

Negro rock

Además de ser la década en la que produjo algunos de sus discos más contundentes, la de 1980 fue la década en la que Ruben Rada se consolidó como figura musical y en particular, rockera, en Argentina. Establecido de nuevo en ese país, fue el momento en el que grabó álbumes como La yapla mata, La banda y encarnó a un nuevo alter ego, Adar Nebur, con sus referencias árabes en la estética.

Blumana, Rock de la calle y Mandanga dance son algunos de los hits creados en ese momento de su carrera, que le valió la admiración de figuras del rock del país vecino, y uno de sus momentos de mayor exposición y popularidad.

El apagón de esa masividad lo llevó a México, donde fue percusionista, corista y compositor de la cantante peruano-mexicana Tania Libertad, previo a su regreso definitivo a Uruguay en 1996, una etapa en la que publicó discos como Black y la duología Montevideo, volvió a la televisión con El teléfono y hasta hizo cine (El Chevrolé).

Para ese momento, Rada también definió una estética muy propia, un estallido de colores pasteles y brillantes, una memorable colección de corbatas estampadas que incluía a Bugs Bunny y al Submarino amarillo de los Beatles, y el cambio de la barba (que después volvería) por el bigote.

Alegre caballero

Decidido a tener un éxito musical que le diera la ansiada estabilidad económica que le había sido esquiva hasta entonces, Rada entabló una fructífera colaboración con el productor musical argentino “Cachorro” López, de la que surgieron los discos Quién va a cantar y Alegre caballero, un doblete de comienzos de los 2000 que siguen estando entre los trabajos más exitosos y populares del artista.

Rada encarnó al cantante latino (en particular en el segundo de esos discos) para hacer chachacha y salsa, aunque no se alejó de la murga, el candombe e influencias que atravesaron toda su vida como la música brasileña. Colores como el rojo y el blanco dominaron esa etapa de su carrera, que se sobrepuso con su incursión en la música para niños.

Con su cabellera teñida de rojo y en picos que se desparramaban para todos lados, la incorporación a su imagen de sus lentes y la creación de un nuevo alter ego, el superhéroe Rubenrá.

La vuelta al jazz

A Rada le quedaba una versión más en el ropero: Richie Silver. En realidad, fue un regreso más consciente a la identidad que utilizaba en sus primeras décadas. Como le explicó en ese momento (2006) al diario argentino Clarín: “Es el nombre artístico con el que empecé, cuando cantaba jazz, bolero, blues, salsa e imitaba a Frank Sinatra y Nat King Cole. Todos hacíamos todos los ritmos. Yo no sabía una letra de inglés: cantaba por fonética. Una vez, a la salida de un boliche, una piba me pidió un autógrafo. Como no sabía escribir Richie Silver, puse directamente Rubén Rada. Ahí quedó el nombre”.

Más allá de la vuelta al crooner, Rada volvió a conectar con el jazz entre la segunda mitad de los 2000 y los 2010, y con la experimentación, con discos como Confidence (su proyecto de música instrumental), sin dejar sus clásicos como el candombe (Bailongo).

Toda la música

Las dos últimas décadas de vida y obra de Rada fueron tremendamente prolíficas. Con sus discos pasó por el pop, el tango, el candombe, la milonga, la samba y la murga. Colaboró con artistas de todas las generaciones y procedencias. Se dedicó también a revisitar su camino, con espectáculos y álbumes como Parte de la historia, donde recorrió la obra del Kinto, Tótem y Opa. Tuvo homenajes como el Grammy a la Excelencia Musical o la declaración de Ciudadano ilustre de Montevideo.

Un período en el consolidó para siempre su rol como pilar y referencia de toda la música uruguaya.

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