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Cuando murió Paul Auster murió una parte de Siri Hustvedt. Para entenderlo no hizo falta seguir los posteos recurrentes en Instagram desde Cancerlandia, como ella llamó al período de los últimos días de su marido afrontando la enfermedad, ni tampoco esperar a leer su último libro, Historias de fantasmas. Si uno seguía más o menos el trayecto literario de ambos, dos de los autores más importantes de la literatura estadounidense contemporánea, sabía que el vínculo que los unía era poderoso. Una simbiosis del amor.

Pero más allá de que la fusión Auster-Hustvedt era palpable y, en dentro de su imperfección manifiesta admirable también, la próxima llegada de Historias de fantasmas a las librerías es una forma de entender de qué manera un duelo tan profundo puede manifestarse en la persona “que queda”, y hasta qué punto las experiencias y la memoria se modifican al compás del dolor. Es, también, la oportunidad de conocer la faceta más íntima de una de las mejores escritoras de su generación.

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Editado por Seix Barral como buena parte de la obra de Hustvedt en español, Historias de fantasmas comienza exactamente en ese día en el que los lectores del autor de La invención de la soledad y Ciudad de cristal empezaron a asimilar su partida: “Estoy viva”, abre Hustvedt. “Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024, a las 18.58, en la casa de Brooklyn donde ahora escribo estas palabras.”

Siri Hustvedt y Paul Auster (3)

Siri Hustvedt y Paul Auster

Lo que sigue es una novela híbrida que alterna diarios de duelo, cartas del pasado, episodios de la vida de ambos, reflexiones sobre la memoria y las postrimerías de la pérdida, despuntes psicoanalíticos sobre la muerte en donde aflora la Hustvedt ensayista y lo último que escribió el propio Auster, que no fue la novela Baumgartner publicada en 2023 pocos meses antes de su muerte, sino las cartas que dejó sin terminar para su nieto Miles.

Recordar, olvidar, imaginar, soñar, alucinar. ¿Sabemos siempre dónde empieza una acción y termina otra? Recordar, olvidar, imaginar, soñar, alucinar. ¿Sabemos siempre dónde empieza una acción y termina otra?

Esa estructura, a varios tiempos y manos, habilita un acercamiento poliédrico a esta pareja y le da una sustancia más espesa a la elegía que emprende la autora en el libro. En un proyecto riesgoso por la posibilidad de caer en una sensiblería propia del dolor, o en una catarsis personal sin valor literario, la enorme destreza de Hustvedt transforma a Historias de fantasmas en una experiencia absorbente y profundamente conmovedora. Allí está ese toque cuando narra las visitas finales de Salman Rushdie y Don Delillo al ya terminal Auster, o cuando reflexiona sobre la carne y su decadencia, o en el maravilloso capítulo en que rememora los primeros compases de su historia de amor. O incluso cuando no elude los períodos (muy) oscuros que les tocó afrontar, entre ellos la tragedia de la muerte por sobredosis accidental de heroína y fentanilo de la nieta de diez meses y el hijo de Auster, algo que según ella desencadenó en su marido un trauma pesado que, luego, vinculó con el cáncer.

En ese tono, además, que la autora de ascendencia noruega de 71 años se adentra en las profundidades de lo que ella llama “la arquitectura de la memoria”.

Siri Hustvedt y Paul Auster

Siri Hustvedt y Paul Auster

Aunque con los años se han cambiado algunos muebles, la distribución de las habitaciones sigue exactamente igual. Se han reformado la cocina y los cuartos de baño, se han tapizado de nuevo las sillas y los sofás, se han pintado las paredes, pero la continuidad se ha impuesto a cualquier intento de transformación. Mientras recorro sola la casa, imito los ritmos de cuando Paul aún vivía en los espacios que ha dejado de habitar. Es una casa real, pero también es una arquitectura de la memoria. Aunque con los años se han cambiado algunos muebles, la distribución de las habitaciones sigue exactamente igual. Se han reformado la cocina y los cuartos de baño, se han tapizado de nuevo las sillas y los sofás, se han pintado las paredes, pero la continuidad se ha impuesto a cualquier intento de transformación. Mientras recorro sola la casa, imito los ritmos de cuando Paul aún vivía en los espacios que ha dejado de habitar. Es una casa real, pero también es una arquitectura de la memoria.

Es curioso cómo, en determinado momento, Historias de fantasmas se convierte precisamente en eso: en un relato sobre los vericuetos parapsicológicos del duelo. Esto se desprende de un pedido que Auster, en la fiebre de su cáncer, le dice a Siri: “Quiero ser un fantasma”. Y también de las experiencias paranormales que, una vez acaecido el luto, Hustvedt empieza a experimentar en su icónica casa brownstone de cuatro plantas de Park Slope, en Brooklyn.

No oía nada, pero sabía con absoluta certeza que Paul estaba subiendo los dos últimos escalones hacia el tercer piso, justo al otro lado de la puerta abierta. Ha cruzado el descanso, ha entrado en la habitación y se ha detenido junto a la cama. No era el Paul enfermo que no podía andar, sino el Paul sano de antes de la fiebre, de antes del cáncer, de antes del tratamiento. No lo he visto ni lo he oído ni lo he olido. No me ha tocado, pero su presencia en la habitación era palpable. Ocupaba exactamente el espacio que habría ocupado de haber estado vivo. Yo sabía que había venido para asegurarse de que estoy bien. Y mientras lo tenía a mi lado, invisible, devoto y preocupado, me ha inundado una felicidad total y plena. No oía nada, pero sabía con absoluta certeza que Paul estaba subiendo los dos últimos escalones hacia el tercer piso, justo al otro lado de la puerta abierta. Ha cruzado el descanso, ha entrado en la habitación y se ha detenido junto a la cama. No era el Paul enfermo que no podía andar, sino el Paul sano de antes de la fiebre, de antes del cáncer, de antes del tratamiento. No lo he visto ni lo he oído ni lo he olido. No me ha tocado, pero su presencia en la habitación era palpable. Ocupaba exactamente el espacio que habría ocupado de haber estado vivo. Yo sabía que había venido para asegurarse de que estoy bien. Y mientras lo tenía a mi lado, invisible, devoto y preocupado, me ha inundado una felicidad total y plena.

Ese tipo de cosas hacen del último libro de la autora de Todo cuanto amé y Los ojos vendados un emocionante acercamiento a la conexión que tenían dos personas muy diferentes, un amor trascendental que se retroalimentaba incluso en las desavenencias y en los hiatos del cariño.

Siri Hustvedt (2)

Siri Hustvedt en 2026

“Pasamos por nuestras vidas teniendo una experiencia sensual del mundo, y la persona con la que vives es una parte profunda de esa realidad perceptiva. Cuando esa persona se desvanece, queda, literalmente, un agujero en tu mundo. Y la historia del duelo, en mi caso y en el de muchos, es una adaptación a ese agujero, a lo que ya no está allí”, dijo Hustvedt una entrevista durante la gira de promoción del libro. Y allí está el núcleo central de este título: el duelo es por el ser querido que desaparece, pero también por una forma de entender el mundo de a dos que, también, deja de existir.

Sí, estoy en duelo por Paul, pero la mayor parte del tiempo estoy en duelo por Siri y Paul. Estoy en duelo por la "y". Estoy en duelo por cómo esa "y" me hacía sentir el mundo. Esa "y" donde él y yo nos superponíamos. Sí, estoy en duelo por Paul, pero la mayor parte del tiempo estoy en duelo por Siri y Paul. Estoy en duelo por la "y". Estoy en duelo por cómo esa "y" me hacía sentir el mundo. Esa "y" donde él y yo nos superponíamos.

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