17 de mayo 2024
Dólar
Compra 37,60 Venta 40,00
11 de mayo 2024 - 10:00hs

La muerte de Paul Auster no me hizo pensar ni en él ni en sus libros, porque de hecho leí muy pocos; la Trilogía de Nueva York y paro de contar. Pero me entristeció. Y no tengo tan claro por qué. De hecho, esta pena rara, esa pizca de dolor que llegó y que al instante percibí como ajeno, apareció incluso antes de las decenas de despedidas que leí en estos días, algunas más inspiradas y sentidas, otras infinitas y aburridas, otras hechas simplemente para cumplir con el muerto de turno. Así que fue raro. Yo no tenía razón para estar de duelo. Y, sin embargo.

En algún sentido, la noticia de que el pasado 30 de abril, a los 77 años, Auster había finalmente cedido ante el cáncer que lo envenenó durante años —y que lo había recluido, como documentó en las redes su esposa, la también escritora Siri Hustvedt, en Cancerland — me puso a pensar en sus lectores, en el legado intangible y en esa extraña manifestación de cariño a la distancia que se produce cuando una figura central de la vida intelectual y emocional de una generación se muere. Porque se murió Paul Auster y yo pensé en personas que leen, que encontraron en El libro de las ilusiones, en Sunset Park o en La invención de la soledad un espacio donde reconocerse, un lugar donde la literatura cumple su función primordial: evitar que la existencia, marcada a fuego por ese azar que tanto le gustaba al autor, se empantane en su propia chatura.

Si algo me quedó claro en estos días fue que Auster ensanchó la vida de muchos lectores, y que a esas personas, de repente, se les cayó encima una extraña orfandad. Una suerte de desamparo pesado del que no pudieron escapar incluso si hace años no transitaban la obra del autor. Incluso si, en los últimos años, el apellido Auster solo había sido un conjunto de seis letras impresas en los lomos más desteñidos de la estantería. Eso sí me apenó. La idea de la pérdida colectiva, la pena contagiosa.

Más noticias

Por eso también me gustó mucho el mensaje que publicó el escritor Juan Pablo Villalobos en su cuenta de Twitter en el día de la muerte del autor. Él escribió esto:

«Los escritores mueren para que nosotros recordemos cuándo y dónde los leímos, cuánto nos influyeron, qué lugar ocupan sus libros en nuestras estanterías y en nuestras vidas. No es egocentrismo: es la prueba de que un escritor no muere hasta que mueren todos sus lectores.»

El primero de mayo no trabajé. Por suerte. No me gusta trabajar los feriados. Ese día hablé por teléfono con Pía, que estaba de viaje y hace días no nos veíamos. Una de las primeras cosas que le dije fue que Paul Auster se había muerto. Los dos veníamos siguiendo y comentando los posteos de Hustvedt en Instagram, esas pequeñas piezas que la autora de La mujer temblorosa había compartido con sus seguidores desde la convalecencia de su esposo en lo que, al final, se transformó en una crónica del final, o de lo que significa el amor en el final. Después de decir eso, después de decirle en voz alta “se murió Paul Auster”, hubo unos segundos de silencio. Podría culpar al delay que todavía tienen las llamadas que se hacen a través de Whatsapp, pero prefiero pensar que fue un pequeño duelo involuntario, una reacción automática de parte de alguien que sí había leído a Auster, que lo había leído mucho y que, a pesar de que en casa sus libros no se tocan desde hace años, de que nadie se fija en ellos a menos que estemos de limpieza y reordenamiento de la biblioteca, había jugado un papel importante en su educación sentimental. Después hablamos de otros asuntos. Y no hubo más delay en esa llamada.

Y después, más tarde, saqué Diario de invierno de la biblioteca y lo puse en mi mesa de luz.

000_34QL9HP.jpg

Los adioses a Paul Auster

Dedicaré este espacio de Epígrafe a las despedidas que leí en la última semana. Porque despedirse de alguien también puede ser un género literario.

Me gustó, por ejemplo, esta imagen que recuperó Enrique Vila-Matas en su columna de El País de Madrid:

«Los paseos por vías desconocidas puntúan la obra de Auster. Un día, en su brownstone de Brooklyn, en Park Slope, allá por octubre de hace muchos años, en un día del pasado en el que el mundo todavía parecía estar entero, Auster comentó de pronto que le fascinaba la nieve, y también el silencio que solía acompañarla. La nieve, nos dijo, le permitía ver la vida de una manera distinta, porque cambiaba el entorno y eso facilitaba que uno pudiera redescubrirlo.»

Entiendo que Vila-Matas conoció mucho a Auster, pero creo que más lo conoció Jonathan Lethem. O sea: fue su amigo. En The Guardian, el escritor estadounidense utilizó el clásico esquema del Me acuerdo, patentado por Joe Brainard y popularizado por Georges Perec, para despedirlo —según cuenta el propio Lethem, Auster reverenciaba el libro de Brainard—.

Es bello el obituario de Lethem. Recuerda cómo Paul Auster lo recibía en su casa en Park Slope, en donde también andaban otros amigos escritores, y atesora esos chispazos de la memoria con mucho cariño.

«Me acuerdo de que de un solo golpe, en una fiesta de Navidad, Paul me presentó sin esfuerzo a su lista de amigos famosos: (Don) DeLillo y (Salman) Rushdie, sí, pero también a Richard Price y Art Spiegelman, dos escritores neoyorquinos cuyo trabajo yo veneraba cuando era más joven, y quienes esa noche me dijeron que habían leído mis libros y me hicieron sentir que a cambio les había causado una buena impresión. Esos momentos en casa de Paul y Siri fueron una especie de graduación para mí.»

Luego deja esta reflexión final sobre su obra que, también, me emociona bastante:

«Me acuerdo de haber pensado anoche en la variedad de libros que sentí que eran los mejores de Paul y cómo, contrariamente a la tendencia a pensar en los escritores como si fueran atletas con un éxito temprano que luego están destinados a decepcionar, los logros duraderos de Paul aparecen temprano, a la mitad y de forma tardía. Me acuerdo de que entonces volví a estar seguro de algo que ya sabía: que cuando un escritor pasa a ser parte del pasado, sus esfuerzos menores pierden importancia al instante y podemos ver las obras maestras como una constelación, brillando juntas, y nada más importa.»

000_34QH6ME.jpg

De esta otra columna, escrita por Jorge F. Hernández, no me quedó más que el último párrafo. No entendí qué quiso hacer, me aburrió un poco, pero remata con una potencia visual que hace que me trague mis palabras. Por lo que sigue ya vale la pena leerla:

«Lloro el humo de estrechísimos puritos holandeses que fumaba Auster en una esquina de Brooklyn, su traducción vital durante los años que hambreó sobre el paisaje de París y una provincia de Francia, sus andanzas por los círculos concéntricos de la memoria y ese laberinto andante que forma sobre Manhattan el paseante personaje de su tinta que se cruza sin querer con el habitante enloquecido del Palacio de la Luna en un sereno monólogo de tanta buena literatura que ahora se convierte en relectura no sin nostalgia, aunque se asegura el agridulce azar de que hoy mismo nazca el siguiente lector de Paul Auster.»

De este lado del mundo hubo también sentidas despedidas. En Uruguay se lo leyó mucho, sobre todo a partir del desembarco de las traducciones noventeras de Anagrama y su icónica colección Compactos. El blog de la librería Escaramuza convocó a varios autores y lectores orientales a que le dieran el pésame al autor de Leviatán. Leonardo De León escribió allí un párrafo muy conmovedor:

«Dice Piglia que cuando uno toma la decisión de ser escritor —y siempre consiste, mal o bien, en una autodesignación—, lo primero que cambia es el modo de leer. Auster fue seguramente el primer autor contemporáneo que me deslumbró desde esa consciencia que trasciende la magia y se maravilla con el truco. Podría elogiar sus ideas, sus estructuras, sus laberintos, sus pliegues y repliegues, su modo siempre original de conjugar vanguardia y tradición, pero me sobrecoge especialmente la nítida y excéntrica humanidad de todos sus personajes. Todos vivos y raros, todos parecidos a mí, a mis amigos, a la gente que conozco o quisiera conocer. Hoy de tarde, después de llorar con pena su partida, me asaltó en la calle la imagen final de su última novela, en la que un hombre, después de sobrevivir a un accidente de auto, golpea la puerta de una casa cualquiera, y esa puerta se abre. Y entonces todos menos él sabemos que del otro lado hay algo —o alguien— que transformará su vida para siempre. Esa imagen de un hombre escurriéndose fuera del libro, habitando un mundo lejos del alcance de cualquier mirada, me hizo llorar otra vez: no de pena sino de emoción. Porque ese desvanecimiento o desgajamiento en el umbral se parece a la muerte, sí, pero también se parece demasiado a la vida.»

Snapinsta.app_441585131_18105454597387690_3885811846483718457_n_1080.jpg

Tal vez el adiós más emocionante fue, finalmente, el de Siri Hustvedt. Lo despidió como suponíamos: con un largo —larguísimo— posteo de Instagram que, más bien, es un pequeño ensayo sobre nuestra potestad sobre el dolor, la privacidad hecha trizas, el legado de un autor fundamental y, claro, lo que significa acompañar a alguien hasta el último día, esa mimetización que se da entre dos personas cuando la alquimia del amor, rara y esquiva, funciona de verdad.

«Paul fue, ante todo, un contador de historias. Escribió muchas, tanto ficticias como reales, pero también le encantaba contarlas, y a veces me encontraba divirtiéndome con ellas mientras estábamos juntos en la consulta de un médico tras otro en estos últimos dos años. (...) Te dejo con la última frase de la última novela de Paul, Baumgartner. No pretenderé que cuando me lo leyó no sentí la gravedad de su significado. Ya estaba enfermo, con fiebre todas las tardes, y, aunque todavía no tenía un diagnóstico de cáncer, tenía el presentimiento de que no teníamos mucho tiempo juntos, pero nota la ambigüedad, la ironía suave, la negativa a lo final, lo absoluto, lo rígido o categórico. El querido anciano de Paul ha sufrido un accidente automovilístico: “Y así, con el viento en su rostro y la sangre aún goteando de la herida en su frente, nuestro héroe parte en busca de ayuda, y cuando llega a la primera casa y llama a la puerta, comienza el último capítulo de la saga de S.T. Baumgartner.”»

Snapinsta.app_373091522_18077621572387690_3968559077569057360_n_1080 (1).jpg

Un lector se despide

En una de las personas en las que pensé automáticamente cuando me enteré de la muerte de Auster fue en Fede Sierra. Periodista de trayectoria, amigo lector, actual director periodístico de Telemundo en Canal 12, lo invité a despedirlo en Epígrafe porque sé lo que significa para él su obra. Esto fue lo que escribió:

Paul Auster llegó a mi vida en un momento en que mi mundo literario se expandía. Tenía 20 años, había muchos más libros para leer de los que yo conocía, mi cabeza explotaba. Y había amigos, profesores, compañeros de trabajo que nombraban autores que yo no tenía idea que existían. Entre ellos, Paul Auster.

El primero fue Leviatán, gracias a una buena amiga. Lo devoré. Lo mismo me pasó estos días, más de 25 años después, cuando volví a revisarlo luego de enterarme de su muerte. Le siguieron muchos más, la mayoría en ediciones de bolsillo (ser estudiante tiene sus limitaciones). Nunca me decepcionaba. La música del Azar fue mi favorito de aquella época.

Los años pasaron, la biblioteca creció y me alejé un poco de Auster. Pero siempre estuvo ahí, incluso con algún libro que me dejó gusto a poco. Su muerte, como sucede con los escritores que tanto nos han acompañado, me provocó la extraña sensación de haber perdido a alguien cercano. Vuelvo a los estantes y me queda el consuelo de comprobar que aún tengo mucho Auster por leer.

Más austeridad

Algunas cosas más que complementan al adiós, aunque no son precisamente obituarios:

«En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerdas son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo.»

Obviamente, me voy con él.

Él escribiendo sobre el final.

image.png

Temas:

Paul Auster EPÍGRAFE Newsletter Uruguay

Seguí leyendo

Te Puede Interesar