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“Esta ciudad es mágica, no quieren creer”, dice una funcionaria de la cárcel en ese espacio entre rejas que separa el afuera del adentro en la unidad de Santiago Vázquez. La mañana está cubierta por un gris plomizo que se confunde con el cemento que arma la prisión del otro lado del alambre de púas. “Hay bandidos que dicen que se recuperan, a la semana les da hambre y vuelven”, agrega, mientras mira a los hombres del otro lado del portón.

Cada 210 uruguayos, uno está preso. Eso, según los datos del último informe del comisionado parlamentario para el sistema carcelario, convierte al país en el Estado de Sudamérica con más encarcelados per cápita, y lo sitúa como el decimotercer país en el mundo con la tasa más alta de prisionización.

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Es decir: Uruguay tiene la mayor tasa de personas privadas de libertad de Sudamérica. Y esa que está del otro lado es una de las prisiones más sobrepobladas del país.

En esa porción intermedia, entre dos portones con alambres de púa que se configura como una antesala al ingreso o al egreso, 79 hombres caminan en silencio como parte de una procesión lenta. Todos fueron privados de libertad por cometer delitos sexuales. Uno detrás del otro, llevando sus manos esposadas sobre la espalda levantan del suelo una bolsa con sus pertenencias. Suben a un ómnibus, esperan mientras los efectivos de la cárcel ponen grilletes en los tobillos, y se ubican en un asiento esperando poder mirar por la ventana.

Se trata del tercer traslado de presos desde la cárcel de Santiago Vázquez, ex-Comcar, a la nueva Unidad 29: la primera de las tres unidades que se construyeron en el Complejo Libertad. Alrededor de los ómnibus el operativo de seguridad se despliega riguroso, antes de iniciar un trayecto en el que volverán a ver otra vez, por unos minutos, el mundo en libertad.

Una vez que los ómnibus cruzan la frontera del penal, la puerta se abre y el complejo penitenciario se expande en escala prácticamente barrial. El Comcar cuenta con 2.400 plazas, pero actualmente aloja a unos 5.100 reclusos. Más gente que algunas localidades del interior del país. Son, según declaró a comienzos de este año la directora del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR), Ana Juanche, “cifras de ocupación históricas”.

Una ciudad dentro de una ciudad

Para llegar al nuevo cine de la unidad, hay que entrar en la pequeña ciudad que se desdobla en reparticiones dentro de predio.

“Normalmente hay 350 personas sueltas acá. Es diferente a lo que uno se imagina a veces de afuera”, dice el comisario Estevensen Barrios, director de la subunidad 4-D que comprende los módulos 1, 2 y 3 del centro carcelario y aloja a unas 1600 personas privadas de libertad. Casi un tercio de la población de Santiago Vázquez.

Un puñado de hombres caminan por la calle que une los módulos llevando palas, escobas y carretillas. Se dirigen a una huerta junto a un invernadero, donde dos reclusos riegan plantines de morrón, perejil, tomate, acelga, lechuga y mizuna. “Lo que pasa es que ahora nos están acalambrando las hormigas”, dice con preocupación un hombre que todavía tiene cuatro años de prisión por delante mientras muestra los plantines.

Quinta Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

Una larga plantación de acelgas se extiende al costado de la construcción pintada de blanco. Dos hombres que hablan desde el adentro-adentro y el adentro-afuera entre los barrotes de la celda.

Adentro, la situación es otra. El comisario señala que en el Módulo 3 llegaron a haber 890 personas. “Estamos hablando de que había 10, 12 o 13 personas en una celda de 2,5 metros por 3,5 metros”. Hoy, dice, llega a tener nueve personas en cada una en este sector de la prisión.

Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

“Muchas veces imaginamos la superpoblación como el problema central. La superpoblación lo que trae es un hacinamiento. El hacinamiento colapsa los horarios de visita, la parte sanitaria, la parte médica, la educación y el trabajo. Cualquier tipo de actividad colapsa por la superpoblación y el poco personal. Entonces la idea nuestra es recuperar para que la gente pudiera salir a trabajar".

Para hacerlo, organizan diferentes equipos de trabajo y cada comisión tiene a un recluso a cargo que organiza a los demás. Los que pueden salir de sus celdas recorren a esa hora esta porción del complejo. “El primer paso nuestro tiene que ser que podamos hacer las cosas con seguridad. Enfrente no hay un preso suelto porque abren una planchada y hay incidentes”, dice el director mientras señala la edificación que se levanta del otro lado del complejo, donde se ubican los módulos 10 y 11.

– Enfrente los sacan y tienen un apuñalado. Eso es un paso enorme para atrás. Nosotros estamos tratando de recuperar la escuela de la discusión y el diálogo.

– De este lado también hay incidentes.

– Hace dos meses que no hay ningún preso de lesión de entidad, que no sale ningún internado. Dos meses. Pero para nosotros es un logro importantísimo.

Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

“Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que si no dejaba atrás toda la ira y el odio y el resentimiento seguiría siendo un prisionero”, la frase de Nelson Mandela pintada en el muro que está frente al primer módulo está seguida de otras similares de Ghandi y Albert Camus. Es, inevitablemente, lo primero que los reclusos ven en ese afuera-adentro.

Adentro, algunos están en plena fajina. Hay quienes limpian los pisos, otros preparan tortas fritas o barren el salón de visitas. Antes de llegar al cine, un barbero barbero muestra el cuarto donde le corta el pelo a los funcionarios, igual que otro recluso hace lo mismo con los internos en el módulo contiguo. Más adelante tres hombres vierten una bandeja de grasa en una olla hirviendo para hacer jabones, que secan en dos estanterías a los lados de la habitación para entregar dos veces por semana a los reclusos de la unidad. Beige e irregulares, los separan entre ellos para secarlos y esperan conseguir esencias para que tengan fragancia.

Presos fabricando jabones Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

“Son pequeñas cosas pero si no les hacemos frente el agua nos pasa por arriba, porque a diferencia de lo que la gente piensa la ayuda que viene en realidad es muy poca. Esa es la realidad, porque hay otras prioridades antes que esto”, dice Barrios. “Usted pide una bolsa de cal acá y a los 20 años sigue esperando la bolsa de cal. Entonces cuando se da cuenta que es así, queda lamentablemente recurrir a donaciones”.

Más adelante, en el primero de dos gimnasios que hay en la subunidad, un dibujo de una vírgen de Lourdes bendice el ring de boxeo.

Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

Le sigue una austera carpintería y al lado una habitación con los instrumentos de una banda de plena. Hasta llegar a una habitación donde el cloro se siente antes de verlo. “Acá hacemos perfumol, clorina, cloro y queremos empezar a hacer shampoo”, dice un hombre que pone los productos dentro de las botellas que quedan detrás de la visita.

Producción de productos de limpieza Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

En el fondo del predio se desarrolla el quinto campeonato de fútbol de la unidad. Dos formaciones se enfrentan en la cancha: uno equipo de un módulo 1 contra otro del 2. En total son 30 equipos que ya están compitiendo por un lugar en octavos de final. Los futuros rivales, analizan el partido desde una tribuna improvisada a lo lejos junto al operador penitenciario. “Esta gente va a salir, en cualquier momento va a salir. Tarde o temprano sale. Y que salga un poco mejor es nuestro trabajo, que esta gente pueda convivir”, dice el comisario.

Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

Todo, dice Barrios, se sostiene en base a donaciones: desde las semillas para la huerta hasta las pelotas para la cancha, las máquinas para la barbería, el equipamiento para los gimnasios, la grasa para los jabones y las esencias para los productos de limpieza. Y el proyector para la sala de cine.

Estreno en la unidad 3

Bruce Willis encabeza la batalla definitiva entre el bien y el mal antes del fin del mundo en una pared del módulo 3 del Comcar. El Armagedón de Hollywood, en la iglesia del penal.

Las paredes blancas se ven azules cuando la luz que proyecta un paisaje espacial las toca. Una fila de sillas de plástico hace la primera fila del cine carcelario y una de bancos de madera completan la disposición de la sala. Una enorme cruz de madera, delante de la que los miércoles se arma la iglesia del módulo penitenciario. Allí rezan y hasta se bautizan.

El púlpito es ahora la sala de proyección, en medio del espacio una computadora se conecta al proyector que dibuja el rostro de Liv Tyler y Ben Affleck, en una escena de amor que tiene a los hombres prendados.

Cine en Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

Pequeños rayos de luz se cuelan entre las rendijas de las ventanas, pero en la oscuridad de la sala los reclusos hacen un silencio total que se interrumpe cada esporádicamente. “¡Al patio!”, dice con humor una voz en la oscuridad cuando una cortina de hierro se levanta frente a los astronautas. Y todos ríen.

Armagedón es el estreno del día. La película dirigida por Michael Bay y estrenada en 1998, en la que un grupo hombres convertidos en astronautas viajan en dos transbordadores –el Libertad y el Independencia– a un asteroide del tamaño de Texas para perforar en él una bomba nuclear y salvar al mundo. Junto a la puerta, una plancha de hierro con una pequeña ventana alargada a la altura de la vista, un operador penitenciario observa el desarrollo de la función mientras por momentos se escucha una plena y el festejo de dos goles.

Cine en Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

Un proyector, una pantalla, un home theater y una máquina pop convierten ese espacio carcelario en algo parecido a una sala de cine. Todo, dicen los directores y consta en el parte policial, fueron donaciones de las familias y los amigos de los privados de libertad.

Cristian (29), Jonathan (38) y Tomás (20) son los tres internos encargados del funcionamiento de la sala. Así como hay otros reclusos que regentean la huerta, el gimnasio o la fábrica de jabones, ellos son los encargados del funcionamiento del cine.

“Fue hablando entre el comando y nosotros, los privados de libertad, como para generar un sector de entretenimiento. Para salir un poquito de la realidad en la que estamos y que sea un punto de encuentro. También algo como para hablar con las familias cuando vienen a visitar”, dice Jonathan, que llegó hace poco más de un año a Comcar desde el Penal de Libertad a El Observador.

Cine en Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

La organización de esa sala de cine, explican, les ha dado también una rutina y una responsabilidad. Son los residentes los que se encargan de ir por sector, sacar a las 30 personas que irán a la función y llevarlos a la sala. Dos veces al día, dos días a la semana. Cada película se exhibe dos veces en cada sector para que todos tengan la oportunidad de verla, ya que alojan más de 80 personas.

“Así se nos va el día a nosotros también, porque estamos acá y también conocemos personas que están en los sectores que ni siquiera los conocemos. Armamos el equipo, limpiamos el salón, lo preparamos, hacemos una lista, viene la gente”, agrega Tomás que con 20 años lleva un año de prisión, pero tiene ocho más en su condena. "Tengo 20 y ya estoy acá, ¿me entendés?". Esta es una oportunidad de "redimir un poco" el tiempo que tiene por delante.

El director explica que se eligen películas que no promuevan la violencia ni tengan escenas de contenido sexual. Son ellos mismos, los encargados de la unidad, quienes se encargan de hacer la selección.

Armagedón es la segunda película que se proyecta desde que instalaron la pantalla, después de ¿Quién *&$%! son los Miller? Y una prueba con Masha y el Oso, una película infantil que usaron para testear el uso del equipo desde un perfil infantil de Youtube que no requería de datos personales.

Cine en Cárcel Santiago Vázquez - COMCAR Módulos 1 al 3

“Los Miller manejaba todo: era una mujer stripper, era una niña que no tenía familia, el niño que había sido abandonado, el otro que era traficante, y que después se juntan en una familia, intentan hacer mal las cosas, ven que no es el camino y terminan cambiando en el proceso”, dice el director.

“Está bueno porque de última estamos en un módulo que está medio complicado, de última los negros se entretienen”, dice Cristian recostado en la pared que los separa de un patio interno, mientras al fondo del pasillo otros hombres los miran a través de los barrotes. “Eso también ayuda a que no haya tanto problema”, agrega Tomás.

Los referentes de la sala están de acuerdo en una cosa: su género preferido es la comedia. “A mí me gustan las de reírme”, dice Jonathan. Steve Buscemi los hace reír. Una risa generalizada antes de un momento de tensión en el que cortar un cable rojo o uno azul puede terminar con la explosión de una bomba nuclear. Son poco más de dos horas en las que el hacinamiento de la celda en la que estaban recluidos hasta la mañana queda fuera de la sala.

Para el director de la unidad, el cine es un recurso de inclusión social. “No me interesa institucionalizar a una persona o etiquetarlo como recluso y decirle que esta es la vida. No. Esto es una vida y si haces las cosas bien hay una pantalla más linda, más grande y con más posibilidades afuera”.

Bruce Willis se convierte en un héroe que habla en español. Y Tomás en el encargado de guiar a sus pares. Cuando alguien prende un cigarrillo va y le pide que no fume, cuando alguien quiere salir le pide permiso, cuando el aire empieza a hacerse pesado, uno de ellos aparece con una de las botellas azules de perfumol casero y aprieta la botella hasta que el chorro toca el piso.

“No vamos a enseñarles a ser presos, queremos que sean gente y para eso hay que acercarnos a lo que hace la gente afuera. No venir a encerrarlo o apuntarlo con una escopeta, así no se rehabilita a nadie. Así se lo etiqueta como preso y se lo institucionaliza que a la semana están acá de vuelta”, dice Barrios.

Bruce Willis toma una decisión: será él quien active la bomba espacial. Entonces, su rostro aparece en la base aeroespacial de la NASA para hablar con su hija por última vez. Tensión, drama, incertidumbre. Pero, de pronto, todo queda oscuro.

Se fue la luz.

Los hombres entonces empiezan a ponerse inquietos, intentan revisar las conexiones, los enchufes, el cablerío. Nada. “Quedan 10 minutos no más”, dice uno de los referentes del grupo. “Compartan”, dice Tomás mientras pasa una bandeja con pop entre los espectadores para calmar la espera. Algunos valoran la posibilidad de "recrear la mente" después de estar "todo el día trancados en el piso”, otros "compartir un rato" y otros dicen que es "lindo que a un preso que lo saquen a una sala de cine".

Finalmente, se suspende la función.

No ven cuando el asteroide se parte y la bomba evita que roce la Tierra por poco, ni la llegada triunfal de los héroes espaciales, tampoco los aviones surcando el cielo, la mención al hombre más valiente del planeta o la boda que certifica el final feliz mientras se escucha Aerosmith.

“Estuvo bien. El tema es que nos quedamos sin el final”, dice Damián después del apagón. “El momento que no llegó es cuando se casan. Cuando se casa a la hija, que está muy bueno porque están todos los compañeros del padre", agrega Fernando, que estuvo mirando la función desde uno de los bancos de madera.

Será él quien cuente el final de la historia.

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