29 de julio de 2026 5:00 hs

Hay una coincidencia curiosa en la relación que el cineasta franco-alemán está teniendo con las salas uruguayas: sus últimas dos películas fueron vecinas del último tanque de Christopher Nolan de forma consecutiva. Le pasó en 2023, cuando estrenó la excelente La noche del crimen y a su lado Oppenheimer cabalgaba la taquilla en la montura de ese armatoste denominado Barbenheimer; ahora le volvió a pasar con Caso 137, que llegó a cines locales hace una semana, mientras La Odisea convoca a las masas y se convierte en el evento cinematográfico del año. Dato curioso al margen, la coincidencia permite una especie de descanso para el espectador: en medio de la grandilocuencia y espectacularidad de Nolan, el cine de Moll propone historias policiales sosegadas, cerebrales y con un asidero tangible en los grises del quehacer detectivesco. Así es como se convirtió en uno de los nombres a seguir en el cine europeo, y siempre es buena noticia saber que sus películas alcanzan a llegar a estas tierras.

Como sucedía en La noche del crimen, que seguía uno de los tantos casos sin resolución que se producen en los pequeños distritos de Francia, Caso 137 se pliega al método policial de forma realista y procesal, pero esta vez desde el punto de vista de la investigación interna.

En medio de las protestas multitudinarias de los chalecos amarillos parisinos, que nacieron en el año 2018, que reclamaban mejores condiciones de vida y justicia social y que provocaron bataholas en varias ciudades de Francia, un equipo especial de la policía reprime brutalmente a un par de adolescentes y los manda al hospital.

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Al día siguiente, la familia de las víctimas reclama al gobierno por el incidente, por lo que entra en juego la oficial Stéphanie Bertrand, una mujer con un pasado difuso y que trabaja detrás de un escritorio como representante de la IGPN, siglas que refieren a la Inspección General de la Policía Nacional francesa, o sea el viejo y querido departamento de Asuntos Internos. A medida que la investigación sigue su curso, y que Bertrand ahonda en los pormenores de los hechos y las entrevistas con los implicados, víctimas y testigos se suceden, las cosas empiezan a teñirse de un color extraño y lo que al principio parece un caso sencillo se convierte en un nudo gordiano resbaloso.

Por fuera del suspenso que la película genera sin estridencias y con mucha sobriedad —marca de la casa del cine de Moll— y de que la resolución del caso parezca por momentos imposible, el mayor atractivo de Caso 137, y lo que termina convirtiendo a esta película en un potente thriller moderno, está en las tensiones que empiezan a tironear a la protagonista, así como la exposición de los aparatos de control que ejerce el poder para perpetuar (u ocultar) sus fallos y faltas éticas. La oficial Bertrand, interpretada de manera convincente por una Léa Drucker que se llevó el premio César a la mejor actuación, queda inmersa de esta forma en una balanza donde el deber moral de buscar y exponer la verdad se opone a la protección que sus colegas y su institución no tardan en demandar.

El caso que dispara la película no se basa en uno real, pero Moll estudió alguna de las situaciones que se produjeron durante las protestas de los chalecos amarillos y, además, tuvo acceso privilegiado a los archivos de la IGPN y a los interrogatorios de policías que tuvieron que afrontar una investigación de este tipo. En un gremio poderoso y temido, fue una situación casi inédita. Así lo cuenta en una entrevista previa a la película:

“La buena acogida de mi anterior película, La noche del crimen, y la mentalidad abierta del nuevo jefe de la institución, que por primera vez era magistrado y no policía, me permitió acceder a la sección parisina de la IGPN, donde pude pasar una semana. Allí asistí a interrogatorios policiales en casos mucho menos graves, pero donde se percibía cómo actuaban al ser cuestionados. No admitir nunca nada era casi una estrategia. Incluso cuando había vídeos con situaciones evidentes, ellos decían: ‘Usted ve eso así, pero yo no tenía el mismo ángulo de visión’. Verlo en la vida real es siempre más interesante que leer una transcripción, porque ves la incomodidad del policía implicado. Nunca están muy contentos de que los convoque la IGPN.”

Esa fidelidad al proceso real está de manifiesto en Caso 137 y es lo que habilita que la película cale hondo en el espectador: es una radiografía de las manipulaciones en torno a la verdad, así como del peso de los puntos de vista, la tradición “impoluta” de una institución que se niega a enfrentar sus sombras y el lugar del sesgo a la hora de impartir justicia. Es, además, una propuesta ideal para estos días grises e invernales donde no todo tiene que ver con la vuelta a Ítaca.

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