Tres artistas aparecen cuando el circo levanta el telón. Un telón que, en realidad, no existe porque están en medio del campo uruguayo. Un campo uruguayo que en realidad dejará de existir como tal porque este es el momento en que se configura la propiedad privada: el momento histórico del alambramiento, del “disciplinamiento”. Pero ese momento histórico, a decir verdad, tampoco existe, porque todo es parte del pacto de ficción que propone una de las obras que sacudieron la escena independiente uruguaya el año pasado, y que este sábado vuelve con una segunda temporada en el Teatro Alianza que reafirma su éxito: Plantar Bandera.
Estrenada originalmente a fines de 2025 en la Sala Lazaroff, la obra está protagonizada por un trío ganador integrado por Néstor Guzzini, Carla Moscatelli y Albino Almirón. Los que no son demasiado ganadores son sus personajes, que viven en un estado de perpetua búsqueda y supervivencia. Arrumaco (Guzzini), La Mama (Moscatelli) y El Campeón (Almirón) son las tres figuras errantes de un circo criollo que viaja por un paisaje rural en plena reconfiguración política, económica y filosófica, y de acto en acto, de pueblo en pueblo, intentan encontrar una respuesta para el hambre, la desdicha, el significado de la libertad y la vocación.
Plantar Bandera tiene la firma (y la dirección) de Federico Silva, que se inspiró en un cruce de influencias concretas: la lectura de Historia de la sensibilidad en el Uruguay de José Pedro Barrán, y el hallazgo de una foto antigua de un niño disfrazado de forzudo en carnaval. Con el texto que salió de allí, Silva ganó el premio Onetti 2024 en la categoría dramaturgia, y la obra posterior pudo desarrollarse gracias al marco del Programa de Residencia Artística de la Sala Lazaroff, escenario en el que posteriormente se transformó en un pequeño hit: las funciones se agotaron, el boca a boca hizo su efecto y los premios no tardaron en acompañar, una vez que la temporada terminó. Para los Podestá, premio que entrega el Colectivo de Críticos Independientes, fue el Mejor espectáculo, tuvo la Mejor dirección y el Mejor Elenco, entre otros.
Todos los premios tienen sentido cuando los tres protagonistas toman la escena y el absurdo se adueña de la puesta. Plantar Bandera tiene una cualidad curiosa: trae el aire encerrado de tiempos pretéritos en su fraseo, en los vínculos melodramáticos de sus personajes, y al mismo tiempo juega con un ritmo humorístico muy aceitado que le permite a sus actores lucirse en tres personajes cargados de histrionismo e ironía.
Ese lucimiento, y Néstor Guzzini lo tiene claro, viene de un trabajo duro en los ensayos: el tono de esta comedia criolla no admite fisuras en el timing ni las incomodidades.
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“Hay una memoria del cuerpo y del ritmo que está, después sí es muy importante volver a ensayar un poco más de lo que supuestamente sería necesario, porque hay un tema de precisión que cualquier obra exige. Y este tipo de comedia, que se basa sobre todo en el ritmo, tal vez si no lo respetás capaz que funciona igual, pero vos podés sentir que perdiste un poco de ritmo y eso te va a hacer sentir un poco incómodo. Te saca un poco de entusiasmo”, explica el actor de 52 años a El Observador.
Desde hace ya varios años, Guzzini ostenta una chapa pesada: ser el único que le pelea a César Troncoso la “representación” como el actor uruguayo más habitual en las pantallas de este y del otro lado del Plata. Su trabajo en películas y series es abundante y está en constante expansión. En la entrevista que lo reúne con El Observador en un café del Centro menciona, durante la charla, no menos de cuatro proyectos que lo tienen actualmente involucrado, entre ellos una película, El milagro del Surubí, así como unos cuantos que o bien se acaban de estrenar o tienen pendiente la fecha para dentro de poco.
Por fuera de ese trabajo detrás de la cámara, de todos modos, asoma el teatro. De inicios en la mítica Antimurga BCG junto a Jorge Esmoris, Guzzini no abandonó un rubro que admite que lo llena y le permite vincularse con sus personajes a un nivel que el cine o las series no tanto, y dice que aprendió a alternar con precisión. Su derrotero escénico y el vínculo con Federico Silva, con quien había hecho la obra Recuerdos de Niza, lo llevó hasta Plantar Bandera, cuyo éxito todavía relojea con sorpresa.
“Nos fue bien porque, más allá de todo lo que agregan las actuaciones, el histrionismo y lo demás, el texto tiene una textura y una resonancia muy impresionante. Tiene una sonoridad y una cadencia que está muy bien”, dice.
“Para nosotros fue una gran alegría (su repercusión). Esta es una apuesta de Federico, pero hay un trabajo bastante artesanal de parte de los cuatro. Teníamos el desafío de la Sala Lazaroff, que es hermosa pero está un poco por fuera del circuito. A veces la gente es muy cómoda y por no moverse no llega. Pero después te das cuenta de que tenés 700 ómnibus que te dejan al lado. Pero funcionó mucho el boca a boca, que es primordial. Por suerte pudimos hacer este formato de temporada, porque a veces las propuestas de hacer cinco funciones juntas te matan, porque no te alcanza el tiempo para que la gente se entere. Cuando se enteró, no estás más. Y esta no es una obra que haga participar al público, pero funciona como el público del circo criollo.”
Ese circo está representado en el escenario por un par de elementos: algunas sillas, un biombo y no mucho más. Esa depuración es suficiente para construir visualmente esta historia de un niño forzudo un poco crecido de más, una madre adivina y un campeón de zapateo jubilado.
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“Al histrionismo que tenemos acá lo terminamos adjudicando a la descendencia italiana, pero en realidad acá, antes de eso, ya había una comedia criolla. El desafío fue reflejarla, y también la inocencia de estos personajes, cómo se adaptan a su ambiente, cómo están en movimiento. Pero la obra no es una función de circo criollo. Pasa el tiempo, transcurren, viajan, se desplazan. Estos artistas van modificando el espectáculo de acuerdo a los lugares que llegan. Tampoco tenían mucho tiempo de lamentarse de la cuestión económica, tenían que seguir”, cuenta Guzzini.
Para él, lo más difícil de la obra es que el espectador acepte la convención de que es el hijo del personaje de Moscatelli, con quien trabajó en dos proyectos anteriores, la serie Todos detrás de Momo y la película Alelí, pero en los que fueron pareja.
“Creo que más allá de que la obra guste más o menos, no hay un momento en que no se crea esa convención”, dice. “Y me parece que es porque el juego es sincero, ¿viste? Para mí la comedia está dada en cómo se ve mi personaje, ese niño forzudo. Que no quedara ni muy forzado, ni que sea natural. Lo que pasó con Carla es que la energía de los ensayos, la energía de la madre, me indicó mucho el camino. Ahí se definió la relación.”
“La obra maneja mucho el absurdo. Pone a un gordito de 52 años como hijo de Carla y vestido como niño forzudo que en realidad ya no es niño, y la misma obra lo dice, y tenés a un campeón de zapateo que ya no zapatea. Los tres son parte de un circo que es casi una celebración del fracaso, pero en el que están siempre buscando el éxito”.
El éxito es tal vez esquivo para los personajes, pero no lo fue para la obra. Ahora Plantar Bandera quiere repetir. Tiene una nueva temporada y una sala más grande para probar otra vez que es uno de los mejores espectáculos que se vieron en Montevideo en el último año.
Cuándo verla
La obra estará en cartel desde este sábado 11 al domingo 3 de mayo en el Teatro Alianza. Los sábados va a las 20.30 y los domingos a las 19.30. Las entradas están a la venta en RedTickets.