13 de junio 2024 - 16:44hs

Borgo Egnazia. Fasano. Pueblo del sur de Italia sobre el Adriático. Región de Apulia. Los miembros del G-7 nunca eligen mal (ver foto). Desde hoy se darán cita allí con Giorgia Meloni como anfitriona, la presidenta italiana y gran triunfadora del 9J con casi 29% de los votos para su partido de ultraderecha. Pero en ese enclave idílico, el tema impostergable será Ucrania y la discusión, ríspida.

Antes de la gran cumbre de paz del fin de semana en Suiza con unas 90 naciones convocadas, Europa y EE.UU. todavía tienen que "pulir" cuestiones técnicas relativas al mecanismo financiero que posibilitará extender más ayuda a Ucrania. En realidad, necesitan ponerse de acuerdo.

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Se trata de u$s 50.000 millones que provendrán de los activos rusos congelados como sanción desde la invasión del 2022 que hasta ahora acumulaban intereses en silencio y con total discreción.

Pero después de algo más de tres años de guerra, todos empezaron a reparar en ese dinero. Era una provocación abierta a Vladimir Putin y nadie lo ignoraba. El Kremlin, de hecho, no tardó en replicar y dijo que habría consecuencias imprevisibles y que tarde o temprano “deberán devolver lo que robaron”.

Hace ya una década que el grupo expulsó a Rusia para representar hoy al 44% de la economía mundial. Muy aislado en esta cruzada, intenta además desarmar ese eje de resistencia China-Rusia que no se quiebra fácilmente.

Pero son unos u$s 280.000 millones en fondos del banco central ruso, inmovilizados en su gran mayoría en Europa. Y se estima que generan entre 3.000 y 5.000 euros anuales en intereses.

El plan de la UE, una batalla perdida ante el G-7

Hacia fines de mayo, y después de dilatadas deliberaciones, la UE llegó a un acuerdo.

Utilizaría esos activos congelados: 90% del rendimiento que se obtenga de los fondos se destinaría a asistencia militar para Ucrania y el 10% restante a ayuda de otro tipo.

Las estimaciones indicaban que para el 2027 se generarían retornos acumulados por 15.000-20.000 millones de euros. Las ganancias eran excepcionales realmente por los intereses que se aplicaban. Ucrania recibiría este apoyo en dos entregas anuales. La primera, ya en julio.

Pero aún con lo costoso que es alcanzar consensos en el bloque, rápidamente el plan pareció quedar desplazado.

Primero el propio ministro de Relaciones Exteriores ucraniano se mostró crítico al aclarar que no buscaban beneficiarse de los intereses sino hacerse con los activos. Y sugirió que era el momento de empezar a hablar de una confiscación de los fondos.

Por otro lado, la secretaria del Tesoro de EE.UU., Janet Yellen, comenzó a hacer lobby entre las potencias del G7 impulsando la alternativa de usar las ganancias de esos activos como colateral o garantía para respaldar un crédito a gran escala.

La batalla ya estaba perdida.

Las diferencias técnicas y la urgencia del crédito a Ucrania

El presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Olaf Scholz van a Apulia dispuestos a confrontar al presidente estadounidense Joe Biden. Europa no está dispuesta a actuar como garante del préstamo. Pequeño detalle.

La distancia que empezó a separarlos al principio amenazó con la posibilidad de abandonar Italia sin un apretón de manos, después con cerrar el acuerdo peligrosamente cerca de las elecciones americanas.

Y finalmente, es evidente que prefirieron no correr riesgos y el anuncio oficial incluyó como horizonte la materialización del crédito recién para fin de año.

EE.UU. esperaba que el encuentro fuera la postal de Occidente unido en apoyo de Ucrania, pero se respira más un clima de creciente irritación europea.

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“Lo que Washington está proponiendo es, nosotros, EE.UU., tomamos el préstamo, Europa asume todo el riesgo y paga los intereses y nosotros usamos el dinero para un fondo EE.UU.-Ucrania”, dijo un diplomático europeo de alto nivel a Bloomberg. “Podemos ser estúpidos pero no somos tan estúpidos”.

El malestar en relación al plan estadounidense radica en que los europeos, en tanto únicos garantes, tendrían que responder por el préstamo en caso de que algo saliera mal.

Por caso, qué ocurriría si el gobierno amigo de Rusia, Hungría, decide vetar la prolongación de las sanciones contra el Kremlin, que se renuevan en los papeles cada seis meses.

O bien si los activos rusos en cuestión dejan de rendir lo suficiente para afrontar los pagos o son devueltos a Rusia en un eventual acuerdo de paz. Todos riesgos plausibles.

EE.UU. sugiere, por ejemplo, que para reducir la carga de riesgo financiero, los países europeos la repartan de acuerdo a la proporción de activos rusos que cada uno posee.

EE.UU. no quiere que el crédito pese sobre el contribuyente

Mientras tanto, aducen los europeos, las compañías de EE.UU. pueden beneficiarse potencialmente mucho más de los contratos de la reconstrucción ucraniana que derivarían de esa inyección de dinero.

Es cierto que necesitan encontrarse en algún lugar en el medio pronto. El tiempo corre no sólo por la urgencia obvia que impone la guerra sino porque no hay certeza de que una administración Trump fuera a apoyar la iniciativa.

Al menos, ésa es la narrativa que venía alimentando el lobby de Biden para que los europeos terminen cediendo.

Según Washington, garantizar el préstamo con dinero del ciudadano estadounidense implicaría pasar por el Congreso para ratificar el acuerdo, lo que chocaría con la oposición republicana y los expondría a extender el proceso hasta el período electoral, algo que buscan evitar a toda costa.

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Los europeos, algo confundidos, sacan en limpio que los estadounidenses se muestran empáticos con sus cuestionamientos pero renuentes a cualquier fórmula que involucre el aporte del contribuyente americano.

Fuentes cercanas decían hace poco que un plan en condiciones de ser implementado quedaría para el otoño. Quedó para finales de año. Uno se pregunta si quedará Ucrania para entonces.

Todos quieren contratos en la Ucrania post- invasión

Si Washington es la encargada del fondo que reparte el préstamo, las empresas del país están en una posición privilegiada para beneficiarse de la situación.

Los europeos, a la defensiva, sienten que los toman por pueriles y piden discutir las condiciones más en detalle. Hoy se considera la posibilidad de emitir el crédito a través de una institución como el Banco Mundial o un instrumento ad hoc.

Y se negocian puntillosamente los términos para evitar que las empresas europeas estén en desventaja en la puja por los contratos que vendrán de la mano de la recuperación.

Europa llegó a exasperarse y sugerir hacerlo sola y a su manera.

En el calor de la discusión, Europa propuso ir por su cuenta, con su propio crédito, sin EE.UU. ni el G7. Después de todo, el grueso de los fondos están en la UE.

Entre los diplomáticos muchos creen que esta salida no es más que una forma de poner presión a EE.UU, pero parece ser que efectivamente estarían dispuestos a hacerlo.

Al fin y al cabo, por su cuenta podrían obtener 50.000 millones de euros, ya que en Europa hay por lo menos 200.000 millones de euros en fondos rusos. Como colateral, la UE recurriría su presupuesto de 7 años de 1,2 billones de euros.

La idea venía ganando adeptos en la medida en que no requiere unanimidad entre los Estados miembros.

Pero pronto surgieron las voces que hicieron notar la pésima imagen que daría Occidente. Una cuestión de “óptica”. Ya bastante aislado está el G-7 en su esfuerzo por ayudar a Ucrania.

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Con Rusia duplicando su gasto en defensa, en la OTAN se mantiene estable, y en muchos países, por debajo del 2% del PBI (ver gráfico).

Reforzar el presupuesto militar será otro tema en la agenda, mientras disfrutan un poco de los atardeceres ocre de Apulia y Meloni trata de disimular frente a Macron lo exaltada que aún debe estar por los resultados del 9J más allá de las calamidades domésticas.

Temas:

G-7 Meloni (UE) EE.UU. crédito Ucrania Putin invasión Rusia

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