13 de julio de 2023 23:00 hs

No fue la sutil baja en el índice de inflación que todavía golpea en los tres dígitos interanuales.

Tampoco el desembolso del Fondo Monetario Internacional que demora en concretarse a la espera de especulaciones de tipo políticas que imperan en el organismo.

Algo intangible pero notorio atravesó al peronismo como un rayo y le devolvió la esperanza de convertirse competitivos en las próximas elecciones presidenciales de octubre.

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El espacio oficialista se percibía perdidoso, no descartaba una derrota humillante que los arrinconase a ejercer el poder solo en la Provincia de Buenos Aires, con suerte, peleaba espacios en las listas para refugiarse en las cámaras y tener poder de fuego en el Poder Legislativo, el Ejecutivo estaba lejos, casi convencido y sin disimulo que los próximos cuatro años no sería para ellos.

Sin Cristina Fernández de Kirchner (CFK) en el ring, sin herederos de ese liderazgo carismático, sin hombres o mujeres que “enamoren” al electorado en medio de una crisis económica brutal y sin poder apelar a la romántica figura de la líder del movimiento, sólo tenían que apretar los dientes, disimular, aparecer lo menos posible y analizar, cosa que estaban haciendo, cómo recibir el golpe.

No se puede soslayar que a último momento el sector del kirchnerismo paladar negro buscó despegarse de la errática y débil gestión del presidente Alberto Fernández. “Manejó a su antojo la política económica sin escucharnos y a la vista están los resultados. Este no fue el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner sino el de Alberto Fernández” decían en voz alta figuras cercanas a la vicepresidenta como la economista Fernanda Vallejos o el secretario general de la Central de Trabajadores Argentina Hugo Yasky. No solo no enamoraban, sino que por Alberto Fernández comenzaba a expresarse un profundo desamor y enojo. Por su gestión, y por donde los había llevado.

La propia Mayra Mendoza, mujer fuerte al frente de la intendencia de uno de los distritos clave y cuadro político de Máximo Kirchner advirtió: "Previo a que el bloque kirchnerista no acompañara un nuevo ¨sometimiento¨ al FMI le veníamos advirtiendo al presidente que ese no era el camino”.

Sin embargo, como dijo el expresidente Mauricio Macri en una entrevista con Jorge Lanata en junio de 2018 “pasaron cosas”. Lo decía en ese momento para justificar la crisis económica que terminó con la renuncia del presidente del Banco Central.

Al peronismo también le “pasaron cosas”. A diferencia de Macri hoy utilizan irónicos la frase para intentar explicar los vientos optimistas surgidos a partir de la elección controvertida, desprolija y a contra reloj del ministro de Economía Sergio Massa como candidato a presidente de Unidad, sin primarias molestas que pongan en duda su liderazgo. Eso lo fastidiaba, cuenta su círculo más cercano. Y eso lo subsanó. Quería ser él y así será. A pesar de la propia CFK que no pudo con su genio y expresó en uno de sus últimos actos públicos que le hubiese gustado como candidato el ministro Wado de Pedro, un hijo de la generación diezmada.

Pero las cosas que pasaron tienen más que ver con desavenencias en la oposición que en logros del gobierno sobre última hora. Como si se hubiese tratado de expertos en Aikido, ese arte oriental que convierte la fuerza del enemigo en propia, el oficialismo no desaprovechó los errores cometidos en Juntos por el Cambio y en La Libertad Avanza (la irrupción del llamado anarco liberalismo encabezado por Javier Milei) para asegurarse un lugar en el podio del que por momentos creyó realmente quedar afuera.

La alianza opositora se enredó en internas intestinas a las que sus propios electores estaban desacostumbrados. Y que en medio de un clima caldeado y violento estuvo lejos de ser bienvenido. Horacio Rodríguez Larreta, jefe de Gobierno porteño y candidato natural hasta la aparición de Patricia Bullrich, evita entrar en el barro y las provocaciones de su contrincante en la interna. Eso lo deja en una tremenda encerrona: ¿Es conciliador y entiende los tiempos políticos de una Argentina agotada de peleas miserables entre la dirigencia política o simplemente es débil? La debilidad hoy es mala palabra: las crisis requieren soluciones concretas y por supuesto, alguien detrás con la audacia, la convicción y la entereza para poder tomarlas. Por eso, la última campaña audiovisual de Larreta apunta justamente a eso y vuelve sobre convertir las debilidades en fortalezas. Capitaliza una enfermedad crónica que lo acompaña hace años llamada “temblor esencial” que le afecta el pulso al punto de tomar un vaso de agua con ambas manos para no volcarse, y la expone en términos de personalidad política. “Decidieron cerrar escuelas y llamarnos asesinos”, dice Larreta a cámara respecto de la posición del oficialismo en la pandemia. “Decidimos abrirlas. Ah, pero no me tiembla el pulso” dice, mientras se lo muestra reabriendo los establecimientos educativos en Capital Federal. Larreta convierte las críticas en un activo a capitalizar. ¿Débil quién? Le habla a los propios, al oficialismo y por supuesto a Patricia Bullrich que no solo insiste en que “no se sale sin coraje, no se sale con tibios sino con mucha decisión”, en un tiro por elevación a su contrincante en la interna. Además de tratarlo de indigno y buscar una reacción violenta que su oponente ya le dijo, no le va a dar. “Como en el tango, para pelear se necesitan dos”, dijo Larreta. Y no cuenten conmigo para eso.

Sin una decisión clara respecto de como diferenciarse sin afectar al electorado que pueda fugarse en busca de otras alternativas (Massa en el caso de Larreta, Milei en el caso de Bullrich) los asesores senior y los pocos a los que ambos escuchan, proponen una foto de unidad que lleve algo de tranquilidad. La foto. Juntos. ¿O no es Juntos por el cambio?

Mientras tanto el oficialismo aprovecha. Y toma de rehén una fecha patria como el 9 de julio y utiliza el día de la independencia como lanzamiento de campaña, esta vez sí, con un candidato de Unidad.  Y el domingo pasado en Saliqueló Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner que no se hablaban ni se veían se dejaron fotografiar sonrientes junto a Sergio Massa, el hombre que espera que eso de que el peronismo unido jamás será vencido tenga algo de cierto.

Mientras tanto, al fenómeno Milei se le fue la campaña anti casta de las manos, se volvió el centro de la polémica frente a denuncias que exponían manejos, al menos vidriosos en el fund raising: venta de cargos, aprietes en el armado de las listas, hasta pedidos de dinero para encontrarse con el candidato. SI la casta rancia es sucia y deshonesta, su campaña no es otra cosa que más de lo mismo. El, que venía a cambiar el statu quo de la política nacional. Ante la proliferación de denuncias que involucraban al candidato y a su entorno, su hermana Karina Milei y su hombre de confianza Carlos Kicuchi la justicia decidió actuar. El fiscal federal con competencia electoral Ramiro González abrió una investigación preliminar.

Milei reaccionó confundido. Primero celebró que en sede judicial se desenmascare a los mentirosos. No pasó. Los testigos no sólo ratificaron sus dichos, sino que además aportaron pruebas. Empezando por quien vio nacer el movimiento y luego fue eyectado, Carlos Maslaton. Entonces, cuando vio que la investigación avanzaba, desató su furia contra el fiscal. Nota al margen, le tocó un fiscal difícil para atacar: de bajísimo perfil, pocos le conocen la cara, no es fanático de los medios e inicia investigaciones si considera que tienen algún asidero. Y ahí fue Milei, a quejarse al jefe de los fiscales en una nota algo vergonzante donde se victimiza y acusa a la justicia de ser parte de la campaña, de hacer una excursión de pesca, de no tener nada y al fiscal de extralimitarse. ¿Cómo? Es una campaña electoral sobre la que se hicieron denuncias y Gonzales es el fiscal con competencia electoral. Ante este escenario, Milei volvió a su primera posición: festejar que la justicia investigue. Mientras sus adversarios políticos que en algún momento creyeron que este señor con ideas absurdas y acting estudiado podía dejar afuera a las dos grandes coaliciones en una elección que CFK calificó de tres tercios. En su momento, que no es este.

Todos estos elementos hicieron que, después de una sucesión de actos desprolijos que expusieron innecesariamente a leales del peronismo como Daniel Scioli embajador en Brasil o Wado de Pedro, el niño mimado, la campaña empezara de nuevo. Un 9 de julio. Con Massa como candidato de síntesis. Inaugurando el gasoducto Néstor Kirchner que podría incrementar la circulación de un bien escaso como el gas en más de un 25%.

Lo que podrá haber sido uno de los puntos indiscutidos de un acuerdo político macro con proyección a la construcción de un país pensado a largo plazo, generó la profundización de la grieta con cruces feroces entre Macri y CFK.

Todo le sirve al peronismo. Todo. Mostrarse haciendo lo que dicen -debatible- que el macrismo no hizo, también.

Por eso se los escucha distintos, en los despachos, los pasillos, los cafés off the record o en los medios. Confiados. “Recuperamos las ganas de ganar”, dijo el ministro de Obras Públicas Gabriel Katopodis. “Esta formula de Unidad generó la magia que habíamos perdido”, expresó el canciller Santiago Cafiero.

Si ese renovado optimismo se trasladará a la calle y, por ende, a las urnas es la pregunta del millón. Si las cosas que pasaron pesaran más que todas las que no pasaron en los cuatro años de deslucida gestión de Alberto Fernández. Si esas sonrisas peronistas cada vez menos forzadas se instalaran en las caras de un electorado todavía incómodo a la hora de votar a Sergio Massa, hombre que hasta que imperó la necesidad con cara de hereje, fue uno de los grandes enemigos de Cristina Fernández de Kirchner, la conductora indiscutible del movimiento.

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