17 de mayo 2024
19 de marzo 2024 - 6:14hs

La noticia de la semana pasada fue que el presidente Javier Milei sufrió una severa derrota parlamentaria, de la cual incluso sería responsable, por desleal o por la carencia de habilidades políticas, su propia vicepresidente Victoria Villarruel.

Los medios de comunicación no pararon de señalar el distanciamiento entre ambos dirigentes, incluso, un conocido diario argentino, lanzó la hipótesis de una renuncia anticipada del mandatario libertario.

Con el triunfo de Milei en las elecciones presidenciales de diciembre pasado, la situación política argentina no solo cobró mayor intensidad interna, sino también repercusión global, y comenzó a ser minuciosamente observada por la prensa internacional, especialmente por la europea,y minuciosamente por la prensa española.

Más noticias

En este punto, Argentina y su presidente, con sus discursos en el exterior, por lo que twittea y retwittea, por lo que hace y no hace, por sus triunfos y sus derrotas, es una presencia sometida a escrutinio permanente. Lo mismo ocurre dentro del país.

Es conocido el ardor que los argentinos ponen en su vida política cotidiana presente (y aún más en la pasada).

En todo momento las discusiones, los debates, la actividad parlamentaria, las apariciones públicas del presidente o de algún líder opositor están teñidas de dramatismo; y parece que cada instante fuera clave y único para la historia y el futuro de la república rioplatense.

La paradoja permite ver un país que una y otra vez se escinde en bandos irreconciliables por la sanción de una u otra ley que, luego, como todas las leyes en el país, será de cumplimiento ambiguo u opcional.

La pasión legislativa y un país al margen de la ley son las dos caras de una Argentina que trata hoy de dar vuelta la página de 20 años decadentes, pero que aún no puede moverse del mismo lugar que transita con ímpetu y exaltación una y otra vez. 

Este tremendismo se ve en todos los ámbitos de la política, la cultura, el arte, la prensa y entre élites religiosas, empresarias y sindicales.

Sin embargo, también hay que señalar que está bastante apartado de la vida común de las personas, más preocupadas por la supervivencia, los precios que no paran de subir y el crimen, callejero u organizado, que tampoco deja de crecer. 

Lo que más irrita a los argentinos es que sus preocupaciones son las mismas desde hace décadas, aunque todo se aceleró con la pandemia y la cuarentena excesiva tan mal manejada por el gobierno de Alberto y Cristina Fernández.

A eso le siguió la sistemática destrucción de cualquier parámetro de normalidad macroeconómica, la inédita ausencia de gestión del anterior presidente y la vice, que superó todos los récords cuando el candidato a presidente peronista y ministro de Economía, Sergio Massa, derrochó dos puntos del PBI en la campaña electoral que finalmente perdió.

La grieta en Argentina, una explicación todo terreno

Muchas veces, entre los analistas europeos, se intenta explicar la polarización del país sudamericano por cuestiones propias del carácter de las personas, apelando al estereotipo del personaje latino y sus formas pasionales de expresión en todos los rubros de la vida social.

Sin embargo, si esto fuera así, las mismas formas y resultados tendrían que aparecer en toda América Latina y en algunos países más. 

Sin embargo, la polarización es un dato que se ha expandido nuevamente de la mano del siglo XXI y en diferentes regiones del planeta. 

Si bien los países latinoamericanos tienen problemas, a veces muy graves, lo llamativo es que Argentina es el país de América del Sur que peores indicadores sociales y económicos ha mostrado (junto aVenezuela) en casi todos los aspectos que se quiera medir en los últimos 40 años, excepto en los futbolísticos.

Esos 40 años coinciden con el retorno de la democracia y, por lo tanto, gran parte de la población no puede dejar de establecer esa correlación negativa. 

El rechazo del Senado a un decreto presidencial volvió a reavivar el sube y baja emocional de la política argentina. 

Un día parece que Milei es el nuevo líder que cambiará la historia, pero al día siguiente está a punto de irse a su casa y renunciar a la presidencia. 

Este es el problema central que afronta hoy el país.

Los sectores dominantes de la política tradicional argentina no pueden pensar la crisis como una película en la que causas y consecuencias, decisiones y resultados son un continuo relacionado de unas con otras.

Cada día es un volver a nacer y todo lo malo que vive el país es “Javier Milei hora cero”.

Lo anterior es un recuerdo borroso y con responsabilidades muy específicas. 

Al mismo tiempo el gobierno ha mostrado más voluntad que habilidad política y conocimiento en la ciencia de la gestión y administración del gobierno.

La calidad de outsider de gran parte del núcleo central del presidente fue una ventaja inalcanzable para las elecciones, pero se está convirtiendo en un peso a la hora de gobernar. 

Un enorme sector social vinculado a la política y al mundo corporativo argentino no quiere cambiar nada que afecte sus intereses.

El gobierno dice querer cambiar todo, pero no sabe cómo. 

¿Todo cambia pero nada cambia? 

A pesar de que los argentinos creen que se juegan el destino nacional cada 15 días, el país hace más de 200 años que está ahí. Pero cada vez peor.

 

Fernando Pedrosa es investigador y profesor de la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires. 

 

Temas:

España argentina Javier Milei

Seguí leyendo

Más noticias

Más noticias