13 de mayo de 2026 8:03 hs

El conflicto en Irán ya dejó de ser un shock geopolítico para convertirse en un problema económico concreto: el petróleo empieza a funcionar como un impuesto global, con impacto directo sobre precios, consumo y crecimiento. En el centro de la tensión está el Estrecho de Ormuz, donde las interrupciones en el tránsito de crudo están alterando uno de los principales corredores petroleros del mundo y generando un impacto que podría extenderse en el tiempo.

Desde Saudi Aramco (compañía estatal de petróleo de Arabia Saudita, considerada la mayor productora de petróleo del mundo) advirtieron que, si esta situación se prolonga durante las próximas semanas, el mercado internacional podría demorar hasta 2027 en recuperar niveles de estabilidad. La señal la dio su CEO, Amin Nasser, durante una llamada con analistas tras la presentación de resultados trimestrales, donde describió el escenario como una disrupción sin precedentes y alertó sobre el impacto que ya tiene el bloqueo en los flujos comerciales de petróleo. “Cuanto más tiempo continúen las interrupciones del suministro, incluso por unas pocas semanas más, más tardará el comercio petrolero en reequilibrarse y estabilizarse”, afirmó.

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Una disrupción sin precedentes en el comercio de crudo

Los datos empiezan a dimensionar la magnitud del problema. El mercado pierde actualmente cerca de 100 millones de barriles de crudo por semana como consecuencia de las restricciones en Ormuz. En paralelo, el tránsito marítimo cayó de unos 70 buques diarios antes del conflicto a apenas entre 2 y 5 embarcaciones por día.

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Este escenario ya abre interrogantes sobre inflación, costos logísticos y abastecimiento de combustibles en distintos mercados, en un contexto donde los precios acompañan la tensión: el Brent cerró el lunes en 104,58 dólares por barril, tras haber tocado un máximo intradiario de 126 dólares semanas atrás, acumulando una suba del 83% en lo que va del año, mientras que el WTI se ubicó en 98,35 dólares.

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El petróleo como costo económico para Estados Unidos

En ese marco, el impacto para la economía estadounidense no se limita al frente militar: el costo energético ya implica una pérdida de miles de millones de dólares.

De acuerdo con el modelo US-AFFORD de Greenline Insights, elaborado con datos de la Administración de Información de Energía (EIA), los precios del petróleo se ubican actualmente un 106% por encima de las proyecciones previas al inicio de las hostilidades. Este desvío funciona en los hechos como un impuesto regresivo sobre el consumo, porque encarece un insumo básico que no tiene sustituto inmediato, deteriorando el poder adquisitivo de los hogares y condicionando tanto el crecimiento del PBI como la solidez del mercado laboral de cara al cierre de 2026.

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Un “impuesto” sobre el consumo

La interrupción de la oferta derivó en lo que los analistas definen como un “running tab”: una medición del gasto incremental que la economía estadounidense viene absorbiendo desde el 27 de febrero de 2026. El cálculo compara los precios spot del Brent con el escenario base de 58 dólares por barril proyectado en el Short-Term Energy Outlook (STEO) de febrero. Bajo ese criterio, el costo adicional acumulado ya alcanza los 84.926.794.559 dólares, una desviación significativa respecto de las expectativas previas a la guerra y un reflejo directo de la prima de riesgo geopolítico incorporada en los precios.

El gasto invisible: cómo se acumula el costo energético

Las proyecciones, basadas en la actualización de abril del STEO, indican que el impacto seguirá escalando si el conflicto se prolonga. Para 2026, se estima un gasto adicional de 285.000 millones de dólares en consumo de petróleo respecto del escenario base. En paralelo, el precio promedio esperado para el año fue corregido de 58 a 96 dólares por barril. El modelo además asume una demanda inelástica en el corto plazo, es decir, que el consumo se mantendrá prácticamente sin cambios pese al aumento de precios, en línea con la dependencia estructural de la energía en sectores clave.

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Estas cifras reflejan una contracción sistémica: la disminución del consumo en la economía general reduce la demanda de mano de obra, provocando una reacción en cadena que afecta la estabilidad del empleo a nivel nacional.

El impacto en los hogares

El traslado de estos costos a la economía real ya se hace visible en los hogares. Se calcula que el encarecimiento del crudo implicará un aumento anual de 1.555 dólares por familia, resultado tanto del impacto directo en los precios de la gasolina y el diésel como del efecto indirecto vía inflación, producto del encarecimiento logístico a lo largo de toda la cadena de suministro.

De la energía al empleo: el efecto sobre la economía real

A nivel macroeconómico, el efecto es más profundo. El desvío de recursos hacia un mayor gasto energético reduce la capacidad de consumo en otros sectores, afectando la actividad de más de 500 industrias relevadas por el modelo. La consecuencia es una contracción sistémica: menor demanda agregada, presión sobre la rentabilidad empresaria y un deterioro en el mercado laboral, con impacto directo sobre la estabilidad del empleo en Estados Unidos.

En otras palabras, el costo de la guerra ya no se mide solo en el frente militar, sino en la capacidad de crecimiento de la economía estadounidense.

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