Uno de ellos se retoma cada tarde de septiembre, cuando suena el último timbre y, al otro lado de la verja, espera alguien con algo en la mano: un bocadillo, una fruta o una galleta.
La merienda no es solo una comida: es la primera frase de una conversación que empieza siempre igual, "¿qué tal el día?", y que se prolonga durante toda la infancia. Es, también, una de las primeras lecciones de gastronomía que recibimos sin saberlo: comer no es solo alimentarse, es reencuentro y compañía.
La liturgia del bocata mixto o el de pasta de cacao y avellanas.
En España, la merienda es una institución con derecho propio, uno de los cinco actos diarios que conforman el hábito alimentario nacional. Y tiene su elegido. El pan con crema untable de cacao y avellanas, sin más ceremonia.
Es el clásico de los clásicos, esa merienda que ningún postre de autor, por más creativo que sea, ha logrado superar. Funciona porque no pretende impresionar a nadie: solo quiere llegar a tiempo.
A su lado, la chocolatada, que desde los años cuarenta tiene hasta himno propio o el eterno bocata en sus más variadas formas, y no nos olvidamos de las galletas rotas o casi molidas por el trajinar del día, después de haber soportado algún pelotazo o revoleo por los aires.
Lo más importante, sin indagamos en la historia, es que casi todos tienen algún recuerdo impreciso o vago de lo que se merendaba, pero podemos afirmar que absolutamente todos si recuerdan, quién se lo daba. La merienda es por lo tanto memoria afectiva disfrazada de azúcares, hidratos de carbono y comidas prohibidas.
Un derecho adquirido que ningún niño en España está dispuesto a negociar.
Este acto tiene a su alrededor todo un recetario de nostalgia. Desde el pan con aceite, sal y azúcar, lo tradicional de otras épocas, a las frutas cortadas en trozos, pasando por la magdalena, el suizo -un tradicional bollo de tipo brioche espolvoreado con azúcar glas o en grano por encima-, la napolitana de chocolate -un bollo relleno de cacao-, el trozo de bizcocho de la abuela que quedó de la visita del domingos o el paquete de galletas clásico.
Y no nos olvidaremos de los mini fuet con picos. Meriendas de una sencillez extrema que saben a gloria porque no necesitan nada más y sobre todo porque son de una persistencia histórica innegociable.
La guerra de chocolatadas, las untables y la bollería industrial.
Con el tiempo, la industria atenta, le puso música y marcas a la merienda española.
El Cola Cao, que desde mediados de los años cuarenta acompaña las tardes con leche y hasta un himno propio que varias generaciones se saben de memoria. Su eterno rival, el Nesquik, dividió patios enteros en dos bandos irreconciliables, como todo lo importante en este país.
Y luego llegó, a finales de los sesenta, la Nocilla, para desatar guerras domésticas entre los hermanos por el último resto del frasco, y su propio duelo nacional frente a la histórica Nutella.
A comienzos de los ochenta se sumaron los Bollycao, Phoskitos, Tigretones, Bonys o Pantera Rosa. Puro azúcar envuelto en plástico de colores que ninguna madre ni dieta sana aprueba, pero que los niños sueñan con encontrar a la salida del cole. Es zona liberada.
Del bocata aplastado, a la merienda especial.
Pero si un formato reina sobre todos, ese es el bocadillo.
El bocata de chorizo, de jamón, de queso o de lo que haya en casa, ese mismo que viaja aplastado en el fondo de la mochila entre libros y lápices, es misteriosamente, el más rico de todos. Así, con el pan un poco estropeado, deforme y el relleno caliente después de haber cabalgado toda la jornada entre los útiles.
En medio de tanta cosa alejada de las recomendaciones nutricionales, siempre hay una madre librando su batalla quijotesca. Un recipiente con la fruta de temporada, una manzana, una banana o unas uvas, son las municiones de esa heroica batalla silenciosa.
Y de ahí en adelante, la merienda ha sabido crecer sin perder el alma. Para los días de fiesta, el chocolate en taza con churros o porras, una institución capaz de reunir a todas las generaciones alrededor de una propuesta aceitosa. Y en su versión más sofisticada, las meriendas de obrador, los cacaos artesanos y las bollerías de autor que reivindican, con producto de calidad, aquel gesto de toda la vida.
De lo más humilde a lo más elaborado, la merienda cabe entera en la escala de la gastronomía española.
Lo que de verdad se merienda
En el fondo, la merienda nunca fue una cuestión de menú. Fue, y sigue siendo, una cuestión de compañía, de reencuentro. La abuela que guarda el chocolate "para cuando vuelvas", la madre que unta el pan sin que se lo pidan, el padre que aparece en la puerta del colegio con el bocadillo envuelto en un papel de plata - aluminio-.
Dar de merendar a la salida del colegio no es sólo calmar el hambre: es decir sin palabras "estoy aquí, te esperaba, como siempre". Por eso la merienda resiste a las modas, o a los snacks industriales. Su ingrediente principal no está en el envase, sino en la mano que lo alcanza.
Y quizá eso sea lo mejor de la vuelta al cole, y que no está escrito en ningún cuaderno. La sensación de saber que hay alguien esperándonos a la salida, con algo rico que llevarnos a la boca. Y sobre todo la certeza de que, mientras haya quien nos guarde la merienda, nunca estaremos solos.
Llegan las clases, ¡vamos a por ello!