Pero, aun así, es evidente que existe un fuerte conflicto interno que puede tener derivaciones inesperadas. Diversas facciones se disputan con dureza el poder como consecuencia del vacío dejado por la eliminación de importantes miembros de la cúpula militar, religiosa y de inteligencia.
Con la muerte del ayatolá Alí Jamenei, se abrió una brecha política que no se ha logrado cerrar. Por el contrario, existen facciones que negocian todo entre extremos muy opuestos, que van desde el pragmatismo de supervivencia al radicalismo ideológico.
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Mojtaba Jamenei, el hijo del ayatollah muerto, y las dudas sobre su estado de salud.
Quién es quién en Irán
En la superficie, la arquitectura institucional se sostiene sobre una competencia entre varios cuerpos del Estado. La Presidencia formal, a cargo del moderado Masoud Pezeshkian, está limitada a una cáscara administrativa, encargada de la gestión de una economía asfixiada.
Al tope de la pirámide del poder estaban los ayatolás, aunque hoy se encuentran sumidos en su propia crisis. Tras el deceso del líder supremo, asumió el cargo su hijo Mojtaba Jamenei, pero su persistente ausencia pública alimenta versiones encontradas sobre su verdadero estado de salud.
Por esto, Mojtaba ocupa el cargo sin validarlo con acciones concretas. Solo transmite mensajes escritos que nunca ha leído en público.
Mientras, el mundo clerical está partido entre quienes aceptan la derrota militar y quienes quieren seguir peleando hasta las últimas consecuencias.
El tercero en discordia es la Guardia Revolucionaria.
La Guardia es la verdadera fuerza armada y el poder real en tiempos de guerra. Pero este cuerpo trasciende lo estrictamente bélico y es el garante del orden interno y la influencia regional, además de gestionar importantes negocios.
Con la conducción política fragmentada, los organismos de seguridad y defensa llenaron parte del vacío. El Consejo Supremo de Seguridad Nacional dejó de cumplir un rol secundario para convertirse en un espacio donde se procesan muchas de las decisiones de fondo.
Esto ocurre en buena medida porque es el único ámbito donde los distintos sectores en pugna se encuentran en la misma mesa. Aun así, ese foro no es neutral: los mandos de la Guardia Revolucionaria operan allí con un peso que el resto de los actores no puede equilibrar.
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Los Super Revolucionarios
En ese marco, el crecimiento de grupos extremos es una de las novedades del momento.
El caso más importante es el de Mahdi Mirbaqiri, un clérigo que nunca había ocupado cargos gubernamentales y que es el líder de Jebhe-ye Paydari o Frente de la Resistencia.
Poco antes de que estallara el conflicto bélico, Mirbaqiri apareció en la TV oficial para declarar, con una frialdad estremecedora, que el exterminio de la mitad de los habitantes del planeta sería un costo aceptable con tal de alcanzar sus metas ideológicas.
El Frente de la Resistencia —al que la prensa occidental bautizó como los "Super Revolucionarios"— se reivindica como el custodio del espíritu original de la revolución de 1979. Además, la defensa de una confrontación total contra Occidente lo ha convertido en un predilecto de Moscú.
Pero el colapso de la cúpula y la lógica dispersión del poder les abrió una ventana que supieron aprovechar: ganaron presencia en el parlamento hasta conformar un bloque con peso propio, y tomaron el control de los medios estatales con una agresividad que ninguna otra facción igualó.
Su dominio se ha extendido en la estructura del poder, donde incluso han colocado mandos militares y figuras religiosas en puestos clave. Esto les asegura influir en los cuerpos armados con una interpretación mística del combate y contra cualquier acuerdo por el Estrecho de Ormuz.
Sin embargo, hasta el estallido del conflicto con Estados Unidos, eran una corriente con poca gravitación en las decisiones del Estado. Aunque hoy es una figura de peso su poder sigue manifestándose desde las sombras.
Su peso popular es difícil de calibrar con precisión, aunque el desempeño de su candidato en las elecciones presidenciales de 2024 habla por sí solo: Saeed Jalili obtuvo 13 millones de votos en el balotaje, pese la derrota frente a Pezeshkian, lo que sugiere una base electoral nada despreciable.
Esa gravitación les valió un lugar en la delegación negociadora con Estados Unidos, que no dudaron en usar para sabotear el proceso desde adentro. Su intransigencia produjo algo que pocas fuerzas políticas logran por sí solas: darle cohesión a sus enemigos.
Así ocurrió que grupos sin agenda, historia ni intereses compartidos hallaran en el rechazo al Frente de la Resistencia un renovado punto de contacto, y esa convergencia inesperada abrió márgenes que la política iraní no tenía desde hacía tiempo.
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Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
¿Cuánto peor, mejor?
Si bien el objetivo de Trump era un cambio de régimen donde los sectores democráticos -o al menos una alternativa moderada- tomaran el poder del Estado iraní, el aumento de la influencia de los radicales no es necesariamente una mala noticia para los intereses norteamericanos.
La presencia de los "Super Revolucionarios" en el marco de un Estado militarmente imposibilitado de sostener ataques —más allá de algún lanzamiento esporádico de misiles—, puede funcionar como una herramienta para mantener en alerta a los países de la región (y a la opinión pública norteamericana).
Desde que asumió el poder, Donald Trump ha buscado que sus aliados –europeos o árabes- acepten mayor responsabilidad en temas de defensa, seguridad y financiamiento. Con palabras y amenazas no ha resultado fácil lograrlo. Quizás una dosis de radicalismo islámico sea más efectiva.
El problema de estos grupos es que nunca pueden ser manejados con total previsibilidad y control. Ya hay mucha experiencia en que la lógica de la "resistencia eterna" y el fervor místico desbordan cualquier cálculo racional de las cancillerías extranjeras. Irán mismo es un ejemplo de ello.
Resolver —o administrar— Irán es un paso previo para que Washington pueda volcar su atención hacia donde realmente la tiene puesta: China, país donde Trump realizará una histórica visita en los próximos días que seguramente tendrá fuertes repercusiones en el futuro inmediato.
En el nuevo tablero, un Irán militarmente roto, pero ideológicamente incendiario podría ser, paradójicamente, la pieza más útil para justificar un nuevo orden regional bajo el signo de la alerta permanente.