24 de octubre de 2026 23:00 hs

París ardió.

Finalmente, las profecías y advertencias que venían lanzándose en la prensa y las redes sociales parecieron corporizarse en una violencia exhibida con lujo de detalles ante los ojos sorprendidos del mundo entero.

Para algunos, todo fue consecuencia de la represión.

Para otros, de una conspiración islámica organizada y planificada. También se atribuyó a la crisis económica.

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Sin embargo, lo ocurrido responde a múltiples causas y ninguna, por sí sola, alcanza para explicarlo.

El primer elemento que debe señalarse, y sin el cual resulta imposible comprender la situación actual, es la proximidad de las elecciones presidenciales. La primera vuelta se celebrará en abril de 2027, dentro de menos de seis meses, y todos los partidos tienen la mirada puesta en esa fecha.

El segundo es la falta de liderazgo político que transmite el Palacio del Elíseo. Emmanuel Macron se aproxima al final de su mandato sin posibilidad de una nueva reelección consecutiva y en una situación de extrema debilidad.

Macron, una sombra ya pronto será

El presidente francés no solo ha perdido buena parte de su ascendiente social, sino que carece de mayorías parlamentarias que le permitan impulsar sus iniciativas o responder demandas sociales. Incluso ha recurrido a mecanismos constitucionales excepcionales para aprobar el presupuesto.

El mandatario francés conserva mayor influencia fuera del país que dentro de sus fronteras, donde ninguna encuesta le otorga más del 20 % de imagen positiva. Ni siquiera ha logrado ordenar su sucesión, a pesar del poco tiempo que resta para la primera vuelta electoral.

Si bien Gabriel Attal, dirigente del partido oficialista, aparece como uno de los candidatos, Édouard Philippe, también ex primer ministro de Macron, ha lanzado su candidatura. Ninguno de los dos se destaca en las encuestas y el respaldo explícito del presidente tampoco los favorecería demasiado.

Ante la pérdida de protagonismo interno, Macron buscó recuperar centralidad política en el único terreno donde todavía disponía de cierto margen de maniobra: fuera de las fronteras francesas. De allí su confrontación con Donald Trump, especialmente por el futuro de la OTAN.

Esta estrategia también se reflejó en su creciente activismo contra Israel y en sus intentos de involucrarse -casi siempre con resultados nulos- en regiones de Medio Oriente y el norte de África donde Francia conservaba cierta influencia, como Libia.

Sin embargo, esa apuesta no alcanzó para mejorar su imagen ante una sociedad desgastada por años de crisis y que ya no reconoce en su presidente la capacidad de ofrecer soluciones.

Mar de fondo

La cuestión electoral es apenas la superficie sobre la que se manifiestan problemas más profundos.

Frente a un Estado inmovilizado, una élite cada vez más aislada de la vida social y demandas cruzadas de diversos sectores, Francia se ha convertido en una sociedad de extremos.

Al “extremo centro” de Macron se suman una derecha dura encabezada por Marine Le Pen y una ultraizquierda liderada por Jean-Luc Mélenchon. También persisten movimientos de protesta como los chalecos amarillos, surgidos contra la pérdida de poder adquisitivo y las élites políticas.

En la vida sindical, estudiantil y social también actúan grupos ultraizquierdistas, organizados y con recursos propios. A ello se suma la intervención solapada de Rusia e Irán, que encuentran en un conflicto sin reglas oportunidades para promover sus intereses y profundizar el caos.

El deterioro de las finanzas públicas, con una deuda excesiva, un déficit crónico y un crecimiento débil, agrava las dificultades para sostener un Estado de bienestar cada vez más ineficiente. La presión económica alimenta el descontento de trabajadores, jubilados y clases medias.

Todo ello se desarrolla sobre una base de pobreza y marginalidad donde el descontento acumulado facilita que sectores marginales y grupos vinculados al islamismo radicalizado intervengan en los conflictos para perseguir sus propios objetivos.

Buena parte de los análisis ha colocado la cuestión islámica en el centro de la violencia, atribuyéndola a un proceso supuestamente irreversible provocado por la inmigración o, incluso, a una conspiración de grupos religiosos que pretenden hacerse con el control de Francia.

Esa interpretación, que presenta el proceso como verticalizado e irreversible, resulta un tanto exagerada. No significa que el islamismo radical esté ausente del conflicto, sino que constituye uno de los diversos factores que intervienen en él y no la explicación de todos los demás.

Francia abordó la cuestión inmigratoria con una combinación de falta de planificación y culpa woke. El objetivo era incorporar a esos sectores a redes clientelares y aprovecharlos como mano de obra barata y de bajo costo político.

A ello se sumó un desinterés por la suerte de millones de inmigrantes que eran arrumbados en zonas cada vez más marginales. Sectores de la izquierda respaldaron estas políticas en nombre de nobles ideales, pero con el propósito de convertirlos en una fuente de poder electoral.

El resultado fue la conformación de grandes concentraciones de población marginada y, sobre todo, el fracaso de una integración real. Después de varias generaciones, el Estado francés los ha incorporado a su territorio, pero no les ha garantizado bienestar ni expectativas de progreso.

Así, al resentimiento que algunos arrastraban de sus propias experiencias nacionales se añadió la frustración frente a un país que los recibía, pero que no les ofrecía perspectivas concretas de mejora, ni para ellos ni para sus hijos.

Esa situación es aprovechada tanto por países como Irán y sus grupos aliados, que cuentan con activas redes de influencia, como por organizaciones islamistas radicales que encuentran en esos espacios de marginalidad un terreno favorable para el reclutamiento y la movilización.

Allí se desdibujan las fronteras entre marginalidad social, militancia radicalizada y prácticas terroristas. Esos sectores pueden convertirse en mano de obra disponible para distintas formas de violencia, como las que se observaron durante las noches parisinas y que se reiteraron en la manifestación masiva de este sábado.

Francia está ardiendo porque sus extremos son muy fuertes, pero sobre todo porque su élite política se ha vuelto incapaz de gobernar.

Una dirigencia extractiva, frívola y rodeada de privilegios, mientras amplios sectores de la población atraviesan crisis cada vez más profundas.

Una élite que parece haber olvidado que la Revolución Francesa comenzó cuando quienes mandaban dejaron de escuchar a quienes debían obedecerlos.

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