27 de octubre de 2025 11:17 hs

Sanae Takaichi ha sido elegida como la 104.ª primera ministra de Japón.

Su vida, marcada por decisiones poco convencionales, explica en parte por qué se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo político más alto del país.

En la universidad estudió Administración de Empresas, pero su pasión por la música la llevó a tocar la batería en varias bandas, incluso en una de heavy metal, género que aún considera entre sus favoritos especialmente con Black Sabbath, Iron Maiden y Deep Purple.

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Apenas graduada, viajó a Estados Unidos, lo cual no era común en su entorno, para trabajar en el Congreso norteamericano como asistente de una congresista demócrata.

Su objetivo era conocer cómo pensaban sus legisladores y qué visión tenían sobre Japón.

De regreso a Japón, fue presentadora de TV, fundó una empresa tecnológica y luego inició su carrera política.

Dejó su pasión por las motos, aunque sigue siendo aficionada al turf y al fútbol, en especial al Gamba Osaka, equipo de la liga japonesa dirigido por el español Dani Poyatos.

Su vida personal también rompe con la ortodoxia. Se casó con otro diputado, algo inusual en Japón, y aunque no tuvo hijos, adoptó a los de su marido.

Tras divorciarse y volver a casarse con él en 2021, su esposo se convirtió en el “Primer Caballero” de la historia japonesa.

Lejos de ser una outsider, Takaichi conoce a fondo la trama del poder. Ha sido diputada, varias veces ministra, ocupó cargos partidarios clave y fue dos veces candidata a liderar el Partido Liberal Democrático (PLD), en el gobierno casi ininterrumpido desde 1955.

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De las Abenomics al modelo Takaichi

Takaichi fue discípula política de uno de los últimos grandes líderes del Japón contemporáneo, el asesinado primer ministro Shinzo Abe lo que la coloca en el ala derecha del PLD. Por eso, la primera ministra apoya las llamadas Abenomics.

Así se conocen las políticas de expansión monetaria consideradas heterodoxas, que —entonces y ahora— generan inquietud en los mercados habituados a la ortodoxia japonesa tradicional, centrada en el control del gasto y la estabilidad monetaria.

En lo ideológico, Takaichi combina conservadurismo social con un marcado nacionalismo.

Practica un revisionismo histórico que la ha llevado a relativizar los crímenes del ejército japonés en China y Corea durante la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, esa parte de su discurso se ha moderado en los últimos tiempos por las exigencias de la coyuntura geopolítica actual, y ya ha enviado gestos de acercamiento hacia Corea del Sur, aunque no hacia China.

Pese a los profundos cambios sociales producidos tras la Segunda Guerra Mundial, las desigualdades entre hombres y mujeres siguen siendo profundas en el Japón actual, sobre todo, en el ámbito político.

Pese a las críticas de la prensa progresista europea, el feminismo no figura entre las prioridades de la líder japonesa.

Takaichi no se considera feminista y se opone al matrimonio igualitario, a que las mujeres casadas conserven su apellido y a que puedan acceder a la sucesión imperial.

La formación de su gabinete refleja esa orientación: solo dos de los 19 ministerios están encabezados por mujeres, aunque una de ellas ocupa el importante cargo de ministra de Economía.

Admiradora de Margaret Thatcher, la mandataria ha dicho que aspira a ser “la dama de hierro japonesa”. La comparación anticipa un liderazgo firme y reformista, pero también resistencias. El tradicional mundo corporativo nipón no muestra demasiadas intenciones de cambiar.

Como la ex primera ministra británica, Takaichi enfrenta una compleja situación económica y política, y necesitará toda su astucia —y algo de fortuna— para salir airosa.

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El ascenso al poder y el desafío de gobernar

Las circunstancias que rodearon su designación ya revelan su pragmatismo.

Desde hace más de 25 años, el PLD gobierna en coalición con el partido Komeito, vinculado al budismo pacifista. Pero Takaichi impulsa —como antes lo hiciera su mentor Abe— la revisión de la Constitución de 1947.

Esto implica el deseo de levantar la prohibición que impide a Japón declarar la guerra o mantener fuerzas armadas ofensivas. En la actualidad, el país solo dispone de –poderosas- Fuerzas de Autodefensa.

Debido a la posición militarista de Takaichi, los socios del Komeito se negaron a continuar en la alianza, algo clave en un sistema parlamentario, donde se requiere una mayoría de diputados para designar al primer ministro.

En una jugada audaz, Takaichi rompió el histórico marco de alianzas y decidió gobernar en minoría, a solo dos votos de la mayoría. Con el apoyo de un pequeño partido regional de Osaka y un hábil manejo interno de facciones de otros partidos, logró ser designada primera ministra.

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Un país en crisis y un final abierto

Takaichi asume el poder en un contexto de grandes dificultades.

Japón enfrenta una crisis económica sostenida en problemas estructurales: el envejecimiento acelerado de su población, la escasez de mano de obra, la inflación creciente y una productividad estancada.

A esto se suman desafíos sociales como el aumento de la desigualdad, la falta de relevo generacional en la agricultura —con la producción de arroz en caída— y la resistencia a la inmigración, pese a que el país necesita trabajadores extranjeros.

Al mismo tiempo, su partido enfrenta escándalos de corrupción y pérdida de popularidad.

Para preservar la unidad en un partido faccioso, Takaichi incorporó a sus antiguos rivales al gabinete. Pero su liderazgo dependerá de estabilizar la economía y recuperar la confianza pública.

Con afinidad ideológica hacia Donald Trump, quien prepara una pronta visita a Tokio, se prevé un fortalecimiento del vínculo con Estados Unidos. La relación recuerda, en cierto modo, al tándem Thatcher-Reagan en los años ochenta: dos aliados estratégicos en una coyuntura global marcada por tensiones crecientes.

El reloj de Takaichi ya comenzó a correr. Su desafío será superar la sombra de su mentor y estar a la altura del modelo de firmeza que representa Thatcher.

Si no lo logra, su paso por el poder será breve y olvidable. Y el futuro de Japón quedará, una vez más, en manos de su pasado.

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