1 de junio de 2026 13:58 hs

El golpe judicial a José Luis Rodríguez Zapatero impactó en la línea de flotación del barco socialista que conduce Pedro Sánchez. Una nave cuyo rumbo ya estaba cuestionado por muchas de sus políticas y por las acusaciones de corrupción contra exfuncionarios y familiares.

La trama que empieza a revelarse solo preanuncia malas noticias. Puede verse incluso en la prensa más entusiasta con el Gobierno socialista, donde las afirmaciones tajantes han sido reemplazadas por condicionales que empiezan a otorgar crédito a las pruebas presentadas.

Los próximos meses serán cruciales: habrá que ver si Pedro Sánchez logra resistir. El líder socialista es experto en la materia. Aún es pronto para saber cuánta información adicional llegará al conocimiento público y cuál será el límite que la ciudadanía no estará dispuesta a tolerar.

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Lo cierto es que Sánchez necesitará toda la ayuda que pueda conseguir. Y, por cómo vienen las cosas, parece mucho más probable que esa ayuda llegue más de afuera que desde adentro.

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Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero.

Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero.

Sánchez no te enganches

Pedro Sánchez está deseando que Donald Trump provoque alguna otra crisis, que Irán ataque el estrecho de Ormuz, que Rusia, Israel, Arabia Saudita o algún otro genere un hecho lo suficientemente conmocionante para que la opinión pública nacional se olvide un poco de la política local.

Que eso ocurra es difícil, aunque no imposible. Pero el mundo tampoco estaría siendo tan amigable con los socialistas españoles. De hecho, una parte sustancial de la crisis política llega de sus relaciones con Venezuela.

Pero, no todas son malas noticias desde el exterior. Pedro Sánchez busca un respiro si se dieran algunos resultados en elecciones que se celebrarán próximamente. Aunque se le complica en Colombia, que realizó la primera vuelta de sus presidenciales este domingo con un resultado muy alentador para Abelardo de la Espriella, el candidato de la derecha dura que se referencia en Trump, Bukele y Javier Milei.

El domingo próximo llegará el balotaje en Perú, una disputa encarnizada en el que que Sánchez apuesta a la victoria de su tocayo izquierdista, Roberto Sánchez, cuando las encuestas le asignan una ventaja muy estrecha a la derechista Keiko Fujimori.

Pero la mayor expectativa de Sánchez viene de Brasil, que votará en octubre, con Lula aspirando a una nueva reelección. Un eventual triunfo de la izquierda latinoamericana podría reactivar algún espacio de coordinación progresista iberoamericano liquidado tras la caída de Nicolás Maduro.

En Europa, Pedro Sánchez tuvo una buena noticia con la derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría. Pero el continente sigue dando señales de poca reacción. Hace unos días un dron ruso impactó en un edificio en Rumania y la Unión Europea solo pudo arrojar a cambio adjetivos y sustantivos.

Justamente por eso, los reclamos por mayores inversiones en la defensa común no van a poder evadirse con excusas o relatos románticos y progresistas. Mucho menos si Sánchez quiere seguir contando con la protección de Bruselas.

Todo indica que, en lo sucesivo, Europa va a reclamar más de lo que él quiere proveer.

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Pedro Sánchez, Lula Da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum confluyen en una cumbre global en Barcelona.

Pedro Sánchez, Lula Da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum confluyen en una cumbre global en Barcelona.

Todo se juega en noviembre

La lista de quienes no quieren a Trump es enorme desde antes de que ganara su primera presidencia, y es mucho más larga desde que asumió la segunda. Por eso Sánchez, y medio mundo más, están mirando con suma atención qué va a pasar en Estados Unidos en noviembre.

Ahí podría aparecer una bocanada de aire fresco para muchos líderes de izquierda y sobre todo para una Europa que no sabe cómo responder a las constantes demandas de Trump. Es que, en este momento, la situación interna es la peor para el presidente republicano.

Solo un 33% de los estadounidenses aprueba la gestión presidencial, frente a un 60% que la rechaza. Las encuestas muestran descontento con sus políticas internacionales, pero sobre todo con la economía.

Las disidencias políticas empiezan a aflorar incluso en las propias filas republicanas. Uno de los emprendimientos editoriales más influyentes en la élite de Estados Unidos, The Free Press, se preguntaba hace unos días: "¿Está Donald Trump cansado de ganar?"

El artículo centraba el problema en un dilema concreto: si bien Trump no quiere perder las elecciones de medio término, tampoco parece estar dispuesto a ganarlas a cualquier costo si eso implicara erosionar su autoridad o renunciar a sus objetivos políticos.

El ejemplo es ilustrativo. En la primaria republicana para una banca en el Senado por Texas, Trump respaldó al fiscal Ken Paxton -acusado de corrupción, pero incondicional del presidente- por encima del senador John Cornyn, quien había mantenido roces con Trump.

Paxton obtuvo más del 62% de los votos y derrotó cómodamente a Cornyn. El apoyo de Trump fue decisivo para ganar la primaria, pero las encuestas muestran que ese respaldo no alcanzaría para derrotar a los candidatos demócratas. Trump necesita más que los propios.

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La sombra de un impeachment

Las midterms de noviembre podrían arrojar resultados diversos: una posibilidad es que los demócratas ganen la mayoría en la Cámara de Representantes, para lo cual les basta con sumar una banca más de las que tienen. En un escenario favorable, incluso podrían disputar el Senado.

Si Trump perdiera ambas cámaras, se abriría la sombra de un impeachment. O quizás los demócratas prefieran someterlo a dos años de agonía antes que dejar a JD Vance a cargo de la presidencia, ya que eso podría ser peligroso para sus planes de recuperar el poder en 2028.

Para muchos una derrota de Trump sería una gran noticia. Pero queda en pie una pregunta incómoda. ¿Cómo se comportará ese mismo hombre a la defensiva?

Estos años vimos a un Trump empoderado y triunfante: en 2024 ganó las elecciones con una victoria contundente tanto en el Colegio Electoral como en el voto popular, algo que no lograba un candidato republicano desde hacía veinte años.

Ideológicamente, su regreso representó un golpe al wokismo encarnado por Joe Biden, y lo proyectó como un actor decisivo en el panorama global. Perder el Congreso no sería solo una derrota electoral: sería la señal de que el cambio prometido podría quedar a mitad de camino.

Un Trump sin la legitimidad que otorga una victoria electoral y con una causa mal herida sería una novedad. Además, con dos años por delante y con los actores nacionales e internacionales olfateando su creciente debilidad y el inevitable fin del mandato sin reelección.

¿Cómo será su relación con candidatos como Marco Rubio y J.D. Vance, que hoy le son obedientes? Sobre todo, cuando sientan que la terquedad de Trump pone en juego sus propias aspiraciones para 2028. ¿Cómo reaccionará el resto del partido, incluidos los jueces?

Por eso, para todos los que hoy aspiran a verlo morder el polvo —y para Pedro Sánchez, que cree que podría respirar más tranquilo si es que el socialista se mantiene en el poder hasta noviembre—, una derrota de Trump no necesariamente sería una gran noticia.

Es difícil predecir el futuro, pero más difícil imaginar a un Trump que se rinda, abandone sus pretensiones y acepte sin más el camino hacia el matadero. No resulta descabellado pensar que una derrota acentuaría su visión personalista —ya descarnada— y el temor a un futuro judicial.

Su última caída la encajó sin tiempo en el reloj y derivó en el intento de toma del Capitolio. Esta vez, el escenario de una larga convivencia institucional abre un territorio completamente impredecible.

Mientras Pedro Sánchez intenta retrasar lo inevitable, Trump pelea por no hundirse en casa.

Dos líderes en apuros, dos países que preparan facturas pendientes, un tablero global que no perdona y unas elecciones de medio término que podrían cambiarlo todo, para bien o para mal.

No falta tanto para saber el final de la historia.

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