25 de mayo de 2026 10:07 hs

La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero fue una bomba que sacudió el panorama político español, y cuyas esquirlas se han esparcido en múltiples direcciones, dejando un tendal de posibles heridos.

La noticia ha tenido dos aspectos clave en su cobertura.

El primero es el plano judicial, producto de una imputación que aparenta contar con sólidas pruebas contra el expresidente, acusado de ser el presunto cabecilla de una red de tráfico de influencias vinculada al rescate de 53 millones de euros a la aerolínea Plus Ultra.

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La investigación comenzó a partir de alertas llegadas desde Francia y Suiza ante un intento de blanqueo de dinero procedente de Venezuela, lo que vincularía la operativa investigada a los lazos políticos y comerciales que el expresidente mantenía con el gobierno de Nicolás Maduro.

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Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero.

Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero.

Zapatero y Sánchez, compra uno y se lleva dos

El segundo plano en que la noticia fue tratada es, naturalmente, el interno: cómo afecta esto al gobierno, a Pedro Sánchez y al PSOE en un futuro electoral todavía hipotético.

Los efectos en este terreno son demasiado tempranos para pronosticar, pero el golpe recibido es significativo.

Vale la pena, entonces, repasar la figura de Zapatero y preguntarse: ¿cómo llegó hasta acá? Tras completar su primera legislatura como presidente, Zapatero no logró terminar la segunda etapa y debió convocar elecciones anticipadas.

España atravesaba una crisis económica que los socialistas no podían resolver ni siquiera admitir. En ese contexto, Zapatero ensayó una estrategia que luego sería imitada por Sánchez: colocar la cuestión valórica en el centro de la agenda política y ganar tiempo.

Rodríguez Zapatero terminó su mandato con la imagen pública por los suelos. En ese marco, y recién con el paso del tiempo, encontró un lugar donde recomponer una carrera política que, a diferencia de la de sus antecesores, no tenía ningún peso específico ni nada que ofrecer en España.

Al terminar sus gobiernos, Felipe González y José María Aznar fueron recibidos con los brazos abiertos por fundaciones de izquierda y derecha, por empresas y universidades, porque conservaban prestigio, sobre todo, entre los suyos.

Hasta Mariano Rajoy tenía un destino que exhibir: volver a su discreta vida de burócrata.

Pero Zapatero no tenía adónde ir. Era un expresidente relativamente joven y sin nadie dispuesto a adoptarlo, financiarlo o darle una tribuna. En esa soledad, descubrió que era bienvenido en América Latina.

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Rodríguez Zapatero descubre América

Entre los líderes de la izquierda latinoamericana, el pasado como presidente en España era, paradójicamente, muy valioso. Con sus nuevos amigos no interesaba la pésima gestión económica. Además, pertenecer al PSOE agregaba valor a las reuniones de la poderosa izquierda regional.

Ese capital le sumó peso en lo que fue el primer espacio de articulación de exmandatarios de izquierda, el Grupo de Puebla. Su nombre se pronunciaba con respeto en el CLACSO, el Foro de São Paulo y Telesur, y luego se expandió con los gobiernos afines al chavismo.

Desde ese lugar, Rodríguez Zapatero logró recomponer una carrera política que parecía definitivamente terminada. El paso del tiempo también le ayudó: hoy han transcurrido más de quince años del final de su gobierno, y lo que vino después tampoco ha sido memorable.

Con Pedro Sánchez en el poder, la polarización de la sociedad española —como clima de época, pero alentada desde el propio gobierno— terminó de operar como un efecto amnistía de los errores "de los nuestros".

Desde entonces, la ultraderecha pasó a ser la culpable de todos los males terrenales, y cualquier oposición a ella quedó automáticamente reivindicada. Hasta la presidencia de Rodríguez Zapatero.

Y este es el tercer escenario que abre la Operación Tíbet, uno que ha tenido menos repercusión pero que puede ser mucho más relevante: el plano internacional. Un golpe más a la izquierda latinoamericana que llegó al poder con el chavismo en las primeras décadas del siglo XXI.

Lejos quedan ya las promesas de una generación de políticos: Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez y José Mujica han muerto. Cristina Kirchner y Nicolás Maduro, presos; Rafael Correa, exiliado para eludir a la justicia; Evo Morales, acusado de diversos delitos, cada uno más grave que el anterior.

El único que permanece con aspiraciones vigentes es un octogenario Lula, que además ya estuvo preso y que enfrenta una compleja y trascendente elección presidencial en pocos meses contra el hijo de Jair Bolsonaro, renacido en las encuestas. Muy poco para tanta épica prefabricada.

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José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro

José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro

Hacerse la América

El auge de estos gobiernos de izquierda estuvo directamente vinculado a un ciclo récord en el precio de los commodities, petroleros, de la agroindustria o ambos. Eso dotó a un experimento ideológico de recursos sin precedentes, que utilizaron para construir una sólida base política.

Las ideas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe se articularon con las tradiciones más clásicas del pensamiento latinoamericano: nacionalismo, antiimperialismo, peronismo, castrismo, y también el impulso de una corriente jesuita que por primera vez lograba entronar a un Papa latinoamericano.

Todas estas ideas resultaron de gran utilidad para la izquierda europea, huérfana de referencias ideológicas tras la caída del Muro de Berlín. Las huestes de Pablo Iglesias y Podemos fueron los primeros en entender la conveniencia de acercarse a ese mundo.

Esas izquierdas latinoamericanas utilizaron sus cuantiosos recursos para construir una institucionalidad ligada a sus proyectos políticos y financiar aliados en todo el mundo. La permanencia en el poder, por cualquier medio, era el objetivo central. La nueva izquierda tenía los genes de la vieja izquierda de la Guerra Fría.

Esto incluyó reiterar los relatos históricos románticos, la fuerte expansión en el mundo académico, la distribución de dinero entre nuevas clientelas, la consolidación de aparatos paralelos al Estado y los vínculos con el mundo intelectual, cultural y artístico para legitimar sus peores vicios políticos.

Rodríguez Zapatero llevó este vínculo a su máxima expresión. Entendió que el equilibrio de poder entre las izquierdas latinoamericanas y europeas ya no se sostenía desde el viejo continente, ni por programa ideológico ni por acceso a los recursos materiales, como había ocurrido en el siglo XX.

Sus nuevos amigos tenían necesidades que él podía satisfacer y mucho dinero para invertir. Rodríguez Zapatero hizo su trabajo beneficiado por una Unión Europea que dio mil vueltas antes de intentar frenar el autoritarismo chavista, y cuya burocracia seguía admirando y financiando a Cuba.

Estos aliados bolivarianos le granjearon a Zapatero –paradójicamente- renovados contactos en España. Su figura volvió a revivir, primero a la sombra de Pedro Sánchez y luego como su mentor. Y también se consolidó más allá de la política, en el mundo de los medios y los negocios.

Sobre todo, gracias al lavado de imagen que le dio una red de gente sin PRISA para los derechos humanos, pero con mucha rapidez para hacer buenos negocios. Aunque nada es para siempre.

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¿Triste y solitario final?

Hoy, con Venezuela en el limbo del gobierno de Delcy Rodríguez, Cuba en medio de una crisis sin retorno, la imputación de Rodríguez Zapatero y la segunda extradición de Alex Saab a Estados Unidos, ¿casualmente simultáneos?, se acelera el fin de un ciclo de la izquierda latinoamericana.

Empieza a demolerse el último reducto que sostenía el experimento de la que fue bautizada pomposamente como la izquierda del siglo XXI: el manejo opaco de pingües recursos y sus redes de influencia. Y Rodríguez Zapatero está en ese barco que se parece demasiado a un Titanic político.

La cosa se pone difícil para el expresidente. Con un juez mirándolo de frente y Estados Unidos recabando información sobre las redes ilegales de financiamiento, todo indica que Rodríguez Zapatero está a un paso de quedarse solo otra vez.

El problema de las redes construidas alrededor del poder no es cómo funcionan cuando gobiernan, sino el ruido que hacen cuando caen.

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