Entre rufianes y pragmáticos: la izquierda española en su laberinto
El llamado de Gabriel Rufián a un pragmatismo sin "purezas" y el reciente relanzamiento de Sumar han desnudado la fragilidad de un bloque que prioriza salvar sus estructuras antes que renovar su proyecto.
24 de febrero 2026 - 8:32hs
Los dirigentes de la izquierda española Gabriel Rufián, Yolanda Díaz, Antonio Maillo y Ione Belarra.
La izquierda española se asemeja hoy a la Nao Victoria —aquella embarcación que en el siglo XVI, comandada por Elcano, completó la primera vuelta al mundo—, pero con una diferencia trágica: ya no busca descubrir nuevos horizontes, sino simplemente mantenerse a flote.
Tras el naufragio electoral en Aragón, el presente no se define por una crisis de navegación, sino por el intento de consolidar un colectivo de supervivencia. La izquierda renunció a representar intereses sociales diversos para centrarse en blindar sus propias estructuras partidarias.
Esta urgencia se escenificó en dos actos recientes.
Por un lado, Gabriel Rufián lanzó un llamado al pragmatismo descarnado para no regalar la gobernabilidad a la derecha, bajo una premisa que suena a rendición preventiva: “Menos pureza y más cabeza”.
Por otro, el acto "Un paso al frente" buscó relanzar la marca Sumar junto a Izquierda Unida y Más Madrid; un esfuerzo por proyectar una cohesión electoral a la izquierda del PSOE que, a la vista de los resultados, carece hoy de vitalidad en las urnas.
Pablo Iglesias, fundador de Podemos, y su esposa, la diputada Irene Montero.
Podemos ya no puede
La respuesta de Podemos ante el relanzamiento de Sumar y el pragmatismo de Rufián ha sido un repliegue en su propio monasterio ideológico.
Para el entorno de Pablo Iglesias, cualquier llamado a la unidad se lee hoy como una satelización irreversible al servicio del PSOE.
Al ignorar a Sumar y calificar de "irrealizable" la propuesta de Rufián, Podemos reafirma su nueva identidad: una fuerza de resistencia antisistema que adopta un radicalismo estético con fuertes reminiscencias del chavismo.
Esta actitud no es un error de cálculo, sino una declaración de pureza que encuentra en la soledad y el rechazo al pactismo su último refugio de legitimidad. Es su forma de diferenciarse de una oferta política extensa en el flanco izquierdo, pero electoralmente anémica.
Lejos de renovar las expectativas sociales que alguna vez generaron, los podemitas parecen haber hecho las paces con su propia decadencia para centrarse en la disputa por un "voto de nicho" que ya ni siquiera aspira a quedar cerca del 10% de los votos.
Esta táctica mezquina —de resultar exitosa— les permitirá asegurar un puñado de escaños, fundamentales para que la estructura no colapse ante el avance de alternativas igualmente izquierdistas, pero más transversales y cercanas al sanchismo.
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Gabriel Rufián, diputado de Izquierda Catalana.
¿Y las ideas?
Lo cierto es que detrás de los últimos llamados a la unidad ideológica o plurinacional no hay un programa de gobierno ni una visión de futuro compartida. Pero a esta altura de los acontecimientos en la España gobernada por Pedro Sánchez, eso no debería extrañar a nadie.
Lo que ofreció la izquierda la semana que pasó apenas fue un proyecto de pacto burocrático diseñado para evitar que la irrelevancia electoral liquide las estructuras de unos dirigentes que ya no saben sobrevivir fuera del presupuesto público.
Esta ceguera voluntaria ha impedido cualquier debate serio sobre los efectos de haber llevado hasta sus últimas consecuencias un ideario que amalgamó el puritanismo identitario, el nacionalismo excluyente con toques del populismo latinoamericano.
Esta combinación —sumada al apoyo a un gobierno impopular y manchado por la corrupción ligada a la tragedia y al protagonismo de personajes kitsch— ha terminado por alienar a los sectores que antes formaban la base natural del progresismo e incluso del centro político.
La conducción de la izquierda ha optado por ignorar el divorcio cultural entre sus prioridades de laboratorio y la realidad material de los ciudadanos, donde las políticas de nicho se perciben, a menudo, como una excentricidad de élite intelectualizada.
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La pedagogía moral
Esta resistencia al cambio —en grupos que hasta hace poco sintonizaban con los reclamos populares— nace de una mutación profunda: la izquierda ha sustituido la gestión de demandas materiales por una pedagogía moral intensa, cuando no obligatoria.
Ya no aspiran a representar al trabajador en sus urgencias cotidianas —salario, vivienda o inseguridad—, sino a fiscalizar al ciudadano en sus valores personales y conductas públicas. El votante ya no es un soberano al que rendir cuentas, sino un alumno al que hay que reeducar.
Esta soberbia explica la ausencia de autocrítica tras las derrotas. Bajo esta lógica, el fracaso nunca es de la gestión o de los liderazgos, sino de un electorado que “no ha entendido” el mensaje o que es, simplemente, una víctima desinformada de las fake news.
Finalmente, el sistema completa su blindaje mediante la patologización de la disidencia: quien difiere del consenso progresista —especialmente los jóvenes que habitan el entorno digital— es tratado como un enfermo infectado por el algoritmo.
La propuesta del presidente del gobierno español —entusiastamente apoyada por todas las formaciones de la izquierda— de restringir el acceso a redes sociales para menores bajo el pretexto de la salud mental es la culminación de este proceso.
Con ella, Sánchez les ahorra la tarea de preguntarse por qué han perdido su atractivo, prefiriendo tratar la crítica como una patología social antes que reconocerla como el síntoma de su propio agotamiento ideológico.
La tragedia de este naufragio no es la pérdida de escaños, sino la renuncia definitiva a la seducción, la argumentación, la autocrítica y la rendición de cuentas.
Al transformar la rebeldía juvenil en un problema clínico y el descontento social en un síntoma de ignorancia, la izquierda ha roto amarras con el presente y quemado los puentes con el futuro.