12 de julio de 2026 8:39 hs

Las promesas de las grandes compañías tecnológicas sobre “energía limpia”, emisiones netas cero y compromisos fijados para 2030 o 2040 encontraron un freno inesperado en la inteligencia artificial (IA). La vertiginosa carrera por el desarrollo de esta tecnología exige tanta infraestructura y consumo eléctrico que cuadrar el balance climático con las promesas hechas hace apenas unos años se convirtió en un objetivo poco posible de alcanzar.

Los objetivos climáticos de gigantes tecnológicos como Google, Amazon y Microsoft se están viendo comprometidos por la frenética construcción de infraestructura para el desarrollo de la inteligencia artificial.

De emisiones cero a "proyectos ambiciosos"

En sus recientes informes anuales de sostenibilidad, Google y Amazon mostraron un aumento vertiginoso de sus emisiones de gases de efecto invernadero; un repunte impulsado directamente por el auge de los centros de datos de IA, el creciente consumo de electricidad y, en el caso del gigante del e-commerce, el combustible utilizado para sus redes de distribución.

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Hace seis años, Google confiaba en que para 2030 alimentaría todas sus operaciones con electricidad libre de carbono, como la energía eólica o solar, y lograría mitigar por completo su huella de contaminación. Según su último informe de sostenibilidad, las emisiones totales de la compañía se dispararon un 82% desde 2019, registrando un alza del 18% solo el último año, lo que compromete su promesa previa de reducir sus emisiones a la mitad para finales de la década.

Si bien el gigante tecnológico destacó algunos avances sectoriales en materia ambiental, reconoció abiertamente el dilema que supone abastecer las altas necesidades energéticas e hídricas de la IA. “La huella ambiental de los centros de datos que impulsan la IA está creciendo, lo que crea un doble desafío: gestionar ese impacto y, al mismo tiempo, construir infraestructura para satisfacer la creciente demanda y aprovechar todo el potencial de la tecnología”, detalla el documento.

Ahora, la firma define sus objetivos de mitigación como "proyectos ambiciosos contra el cambio climático", un término corporativo que utiliza para referirse a proyectos especulativos que podrían o no materializarse.

En total, Google emitió 18,8 millones de toneladas equivalentes de CO2 el año pasado, por sus centros de datos, sus oficinas y, sobre todo, por la fabricación de chips y servidores y la construcción de nuevos centros. El consumo de electricidad de Google es casi tanto como el de un país como Grecia.

Por su parte, Amazon había anunciado en 2019 su compromiso para alcanzar cero emisiones netas de carbono de cara a 2040. Sin embargo, los indicadores de la compañía tomaron el rumbo inverso: sus emisiones globales se incrementaron un 58% desde entonces, registrando un alza del 16% solo en el último año.

En total, la compañía generó 80,85 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, un volumen derivado tanto de sus operaciones de computación en la nube como de su infraestructura de almacenamiento, flota logística y envíos globales. Dentro de este balance, las emisiones vinculadas específicamente a la construcción de centros de datos de Amazon aumentaron más de un 40% en un año, consolidándose como la categoría de mayor crecimiento.

Una tendencia que afecta a todo el sector

Esta tendencia afecta a todo el sector. Microsoft, que publicará su informe de sostenibilidad en las próximas semanas, parece mostrar el mismo patrón. El informe de sostenibilidad de Microsoft correspondiente a 2025 ya había documentado un aumento del 23% en sus emisiones en comparación con su año base, 2020. La inversión de la compañía en infraestructura de IA se expandió desde el último informe, por lo que se espera que los balances de 2026 muestren un incremento similar o incluso mayor.

La compañía, que sigue aspirando a eliminar más carbono del que genera para 2030, ahora describe este esfuerzo más como una maratón, que como una carrera de velocidad.

Google, Amazon y Microsoft se consolidaron como líderes climáticos del sector tecnológico durante la década anterior, impulsados por una era en la que los inversores priorizaban los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza). En esa línea, cada una de estas corporaciones fijó ambiciosos objetivos de emisiones netas cero y desplegó multimillonarias inversiones en proyectos de energía eólica y solar.

Las empresas todavía mantienen objetivos climáticos importantes. De hecho, Google afirmó haber firmado en 2025 un volumen récord de contratos de energía descarbonizada, mientras que Amazon se posicionó como el mayor comprador mundial de energías renovables por sexto año consecutivo.

Sin embargo, la actual carrera por el dominio de la inteligencia artificial reconfiguró las prioridades del mercado: hoy, el precio de sus acciones depende de su capacidad para integrar la IA, que requiere energía. El afán por capturar enormes volúmenes de energía para sostener la IA terminó sobrepasando sus propios compromisos ambientales.

El gas como energía clave

Según estimaciones gubernamentales, los centros de datos consumieron alrededor del 4,6% del total de la electricidad en Estados Unidos durante 2024, una proporción que podría casi triplicarse de cara a 2028. En sintonía, algunos analistas predicen que el consumo eléctrico nacional se incrementará hasta un 20% en la próxima década, impulsado principalmente por la expansión de estos centros.

Tanto Google como Amazon y Microsoft tuvieron que recurrir a los combustibles fósiles para garantizar energía adicional a sus centros de datos de IA, firmando contratos para el suministro de enormes cantidades de electricidad generada a partir de gas en Texas, Indiana y Luisiana.

Las empresas utilizan cualquier tipo de energía que puedan para seguir siendo competitivas y cada vez más el gas natural esta siendo la respuesta. Esta matriz, compuesta mayoritariamente por metano, un potente gas de efecto invernadero, aleja a las empresas de sus metas ambientales.

Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), el gas natural representó en 2024 más del 40% de la electricidad que abasteció a los centros de datos en Estados Unidos, mientras que el carbón suministró el 30% a nivel global. Lejos de desacelerarse, esta tendencia parece cobrar cada vez más fuerza. Las firmas de servicios públicos ya proyectan la construcción de plantas de gas natural en todo el país para responder a la demanda de estas instalaciones, al mismo tiempo que algunas tecnológicas planean edificar centrales de generación propia in situ exclusivamente para dar potencia a sus servidores.

Aunque algunas de estas nuevas centrales de gas sustituirán a las plantas de carbón, que son más contaminantes, amortizar su inversión inicial requiere un plazo aproximado de 30 años. Esto implica retrasar la transición global hacia energías limpias y renovables, en un momento en que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que es improbable que los países con mayores niveles de emisión logren cumplir sus propios objetivos de reducción de gases de efecto invernadero.

Los compromisos ambientales asumidos por las empresas antes de que la carrera por la inteligencia artificial se convirtiera en la prioridad absoluta hoy se ven cuesta arriba. Si bien la expansión de los centros de datos ya representaba un reto, su evolución solía proyectarse bajo una lógica gradual. Ahora, la IA impone un ritmo vertiginoso: entrenar modelos, desplegarlos en productos masivos y responder consultas a gran escala exige una capacidad de cómputo que se dispara día a día. Lo que antes parecía una hoja de ruta compleja pero manejable, hoy se enfrenta a una dinámica completamente diferente.

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