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Unos 8.000 uruguayos están inscriptos para dar una prueba que les acredite el ciclo básico con la ayuda —o el tirón de orejas— de la inteligencia artificial. Es la puesta en práctica de un proyecto que lleva más de un año de ensayos, de programación, de conocimiento de ingenieros y otros expertos locales, y de una complicidad entre la ANEP y Ceibal para que la tecnología esté al servicio —lo que no significa sustitución— del humano.

Enseguida empiezan las dudas: ¿cuáles son los beneficios? ¿Cuándo termina decidiendo la máquina por sí sola? ¿Cómo se garantiza el resguardo de datos personales? ¿Es la antesala del fin de los correctores y tutores?

Entonces vale la pena hacer un poco de historia. Hay una frase que repiten varias maestras y caló en el imaginario uruguayo: “José Pedro Varela dijo que la educación debía ser laica, gratuita y obligatoria”. Más allá de la discusión histórica —por ejemplo el informe Palomeque es anterior a Varela—, pasaron más de 130 años para que en Uruguay esa obligatoriedad sea hasta el término del bachillerato.

Eso —sumada a cierta selectividad y desmotivación que expulsa a estudiantes— hace que haya unos 350.000 uruguayos mayores de 21 años que, aunque acreditaron la escuela, jamás completaron siquiera el ciclo básico liceal (la educación básica integrada, como le llaman ahora).

Ante tamaño agujero en el nivel educativo alcanzado —y sabiendo que muchos de quienes abandonaron quizás ya tienen las habilidades básicas porque las adquirieron en la universidad de la vida porque seis de cada diez dejaron el liceo o la UTU por trabajo— comenzaron a funcionar las pruebas de acreditación de educación media básica.

Los inscriptos en la nueva edición —esos cerca de 8.000— son los que pueden marcar el (buen) uso de la tecnología de moda.

¿Por qué? Es una prueba que tiene tres partes. Dos de ellas ya las corrige la máquina (incluso sin inteligencia artificial generativa) porque son preguntas de múltiple opción y solo hay que contabilizar las respuestas correctas. Esto vale para la comprensión lectora (incluso hace poco se usó una nota de El Observador sobre la que los postulantes tenían que responder) y aplica para matemáticas con un ejemplo sencillo:

“Dos jóvenes están planificando su mudanza a otro departamento y averiguan precios para trasladar sus pertenencias. La distancia de la casa actual a la nueva es de 150 kilómetros. Según sus requerimientos, una empresa de mudanza les cobra $ 100 por km recorrido más un gasto fijo de $ 3.000. ¿Cuánto les cobra esta empresa para la mudanza? A) $ 3.100 B) $ 3.250 C) $ 15.000 D) $ 18.000”.

La parte más desafiante de la corrección es la tercera: la escritura. Muchas veces se le da al estudiante una temática con algo de explicación (por ejemplo cuando se aprobó la ley de donación de órganos) y se les pide la redacción de una columna de opinión de más de 100 palabras. No se juzga la postura argumental, sino que haya argumentos, organización en párrafos, la ortografía y 15 ítems específicos que los correctores toman como tabla para ver quién alcanza la suficiencia.

La ingeniera Isabel Amigo, la gerente de Gestión de la Innovación de Ceibal, recuerda que al comienzo el proyecto de que la inteligencia artificial sea capaz de corregir con el nivel de un corrector humano no fue sencillo. Hubo que adquirir un sofrware uruguayo, generar un contrato con OpenaAI (empresa detrás del popular ChatGPT), para que de manera privada y sin que la compañía estadounidense pueda hacer uso de la información, se fuera entrenando a que la máquina sea capaz de incorporar los 15 ítems de la corrección como un docente profesional.

“Hubo que probar distintos modelos de lenguaje, hubo validación con técnicos y calibración incluyendo ensayos con resultados de pruebas de años anteriores”, comenta la ingeniera que dice que este desafío no es tecnológico, sino multidisciplinar porque entra mucho lo pedagógico, lo formativo.

Hubo un momento en que las correcciones igualaron a los humanos que habían leído esas pruebas viejas.

Pero como se quiere que la IA funcione como un asistente o supervisor, Adrián Silveira, coordinador de Evaluación de Aprendizajes de la ANEP reconoce que “al menos en un comienzo se quiere ir por la línea más conservadora”.

¿Qué significa? Cuando un estudiante ya seguro perdió la prueba (porque tiene nota de insuficiencia en matemáticas o lectura), la IA puede hacer un buena devolución sobre la parte de escritura.

Otra opción es como una tercera mirada. Muchas veces en los fallos dudosos el texto es chequeado por dos correctores. En el 70% de los casos terminan coincidiendo. Pero bien podría agregarse la IA como supervisor.

“La inteligencia artificial no le va a dar la acreditación ni se la va a quitar a nadie de los que se presenten a dar la prueba el próximo 13 de junio, sino que es un asistente más y que entre sus atributos está la optimización de la evaluación”, dice Silveira.

La IA, con la lectura de resultado puede dar una descripción más focalizada en cada estudiante en escribirles por qué no lograron la suficiencia en un área y cómo mejorar. Es muy difícil que un humano esté escribiendo 8.000 retroalimentaciones distintas. En cambio la IA sí es buena en eso.

Y si se quiere una parte más humana, también oficia de tutor cuando el estudiante se prepara para la prueba. Solos los inscriptos tienen acceso a esta prestación que les permite entrenar la escritura y que la IA les dé la devolución como si fuera la prueba real. Les advierte si tiene que mejorar en la conjugación verbal, en el uso de tildes o en qué.

La ingeniera Amigo recuerda: “Los datos no quedan almacenados y Ceibal no accede siquiera a los datos del alumno cuando se pasan desde la ANEP, sino que se conectan con un número identificador (ID) y luego es el área educativa que sabe a quién corresponde”.

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