A finales de 2025, el panorama de los medios digitales en el Río de la Plata se vio sacudido por una anomalía. En medio de un clima de alta tensión sociopolítica y debates complejos sobre el financiamiento de la ciencia, el video más visto en las pantallas de la región no era un escándalo político, ni el último fenómeno de la cultura pop. Era un submarino. Específicamente, una transmisión en vivo del buque Falkor (too) explorando las profundidades del cañón submarino de Mar del Plata, donde científicos locales iluminaban el abismo del Atlántico Sur.
El streaming alcanzó la cifra de 17.5 millones de vistas. En una entrega de premios al entretenimiento digital semanas después, cuando los científicos subieron al escenario, el público joven no aplaudió con timidez; coreó "CONICET, CONICET" como si se tratara de estrellas de rock.
Mientras la industria vio el fenómeno suceder, El Observador entendió que estaban ante algo mucho más profundo: una audiencia huérfana. Un público masivo que, fatigado por el ruido de la polarización y el entretenimiento efímero, buscaba desesperadamente el rigor, el contexto y, sobre todo, la capacidad de asombro.
El verdadero desafío estratégico comenzaba ahí: ¿cómo transformar esa fascinación transitoria por una extraña criatura marina a 200 metros de profundidad en una propuesta editorial permanente? ¿Cómo competir en la era del Zero-Click y el scroll infinito?
La respuesta fue una declaración de guerra creativa que acaba de ser premiada. El Observador logró el tercer puesto en los INMA Global Media Awards 2026 en la categoría "Mejor Uso de Redes Sociales", compartiendo el podio con gigantes de la industria como The Financial Times (Reino Unido) y VG (Noruega), tras competir contra más de 960 postulaciones de 46 países.
La estrategia: traducir el abismo al lenguaje humano
Para lograrlo, la redacción se despojó de la frialdad del lenguaje académico y aplicó una narrativa "humano a humano" (H2H). Si la audiencia se había enamorado de la "estrella de mar caminante" o del calamar fotografiado a 264 metros durante la expedición Uruguay SUB200, El Observador decidió convertir a esas especies en los protagonistas de su propia historia.
La innovación más audaz fue una genialidad de arraigo local: el álbum de figuritas. Utilizando la nostalgia colectiva y la cultura del juego de la región, el medio lanzó la campaña "Las estrellas del fondo del mar en stickers". Especies exóticas y datos biológicos se transformaron en cromos coleccionables directamente en la portada del sitio web y en Instagram.
Para derribar las barreras de acceso, se implementó una política estricta de subtitulado en el 100% de los videos —pensando en el usuario que consume contenido en silencio en el transporte público o que por razones de accesibilidad auditiva solo puede consumir visualmente— y se mantuvo un modelo de apertura total, libre de muros de pago, entendiendo la divulgación científica como un servicio público esencial.
La estética de las redes sociales hackeó la propia arquitectura del diario: la portada tradicional se rediseñó para integrar carruseles interactivos similares a los de Instagram. La ciencia se volvió ágil, escaneable y profundamente visual, demostrando que el rigor no tiene por qué ser aburrido.
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De la anomalía viral al cambio estructural
Los jueces de la International News Media Association (INMA) no solo premiaron la audacia poética del proyecto, sino un impacto numérico. Sin embargo, el desenlace más relevante de este viaje de exploración no ocurrió en el océano, sino dentro de la propia sala de redacción. La respuesta de la comunidad fue tan contundente que El Observador tomó la decisión de institucionalizar una sección permanente de Ciencia en redes sociales.
Lo que comenzó con una estrella de mar en el fondo del Atlántico Sur ha redefinido la balanza editorial del medio. Hoy, esa misma arquitectura visual y narrativa se está utilizando para liderar el debate cívico en temas complejos y urgentes de la agenda social, como el impacto de la inteligencia artificial en la salud mental, los dilemas éticos de la Ley de Eutanasia y los misterios de la neurociencia.
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Los que estuvieron tras bambalinas
Detrás de todo esto se encuentra un equipo interdisciplinario que creyó que se podía batallar contra los algoritmos armados de creatividad:
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En la primera línea digital (Redes): Ana Belén Fangio, Tania Rodríguez Colman, Mara Brauchok Mattos, Julieta Safi, Ivo Eguizabal, Bautista Bagliani, Fiorella Chiaravalloti Giusti.
En la traducción visual (Diseño): Lucila Mundani Vegega, Agustina Chait Alonso, Sofia Garcia Katz, Lucía Swiatlo.
En la arquitectura de la experiencia (Producto): Felix Ramallo, Agustina Monti, Federica Bordaberry.