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Los esqueletos no tienen rostro. Carecen de mirada, de sonrisa. Y salvo que se le pregunte a un entendido —de esos que saben diferenciar a un hombre de una mujer por la anchura del hueso sacro—, todos parecen calcados. Pero los restos óseos encontrados esta semana en el batallón 14 de Uruguay son la excepción. A su paso dejaron el rastro visible de la crueldad.

Un año, un mes y veintipocos días después del hallazgo de los huesos de Amelia Sanjurjo, volvió a reabrirse la portera noreste del predio militar para que los familiares de detenidos desaparecidos en la dictadura aprecien de cerca un nuevo descubrimiento.

Marcharon en camionetas y un ómnibus de Coetc durante menos de cinco minutos, descendieron, caminaron otros 200 metros por el monte de robles podados, circularon al costado del arroyo Meirelles devenido en cementerio clandestino, y se frenaron delante de la trinchera 892 justo antes de una cinta que anunciaba “¡pare!”. Fue entonces que vieron —por primera vez desde que se vienen desenterrando a quienes el terrorismo de Estado hizo desaparecer— un cuerpo que guardaba la forma humana a la que estamos acostumbrados a reconocer.

Restos hallados en el Batallón 14 el 30 de julio de 2024

Restos hallados en el Batallón 14 el 30 de julio de 2024

Era tanta la cal (óxido de calcio) que los perpetradores habían arrojado encima del cadáver —con el objetivo de acelerar el proceso de descomposición de los tejidos blandos— que la figura humana quedó impresa, como un molde. Conservó la silueta perfecta del rostro, los hombros un tanto caídos, la espalda estampada en un polvo blanco solidificado. Se podía ver un humano a la perfección.

Los arqueólogos y antropólogos que trabajaron en la recuperación del esqueleto —desde el hallazgo a las 13.05 horas del martes 30 de julio de 2024—, retiraron parte de ese molde como quien abre una carpeta. La jefa del equipo, Alicia Lusiardo, explicó: “El cuerpo fue tirado bocabajo, en dirección sur a norte”.

Estaba semidesnudo. Junto al húmero (el hueso más largo del brazo) quedó pegada una tela que parece ser la manga de una camisa. Otro retazo fue encontrado a la altura del cuello. Recién las pruebas de laboratorio, bajo la luz artificial y no los reflejos de la intemperie en un veranillo de agosto, permitirán determinar si ambas partes son de una misma prenda. No se encontró nada parecido a un pantalón, ni ropa interior (como había sucedido con Fernando Miranda).

El cráneo estaba quebrado. ¿La razón? Por ahora es incierta. Puede haber sido fruto de torturas. Puede haber sido cuando le arrojaron una losa encima del cadáver (como para dificultar el hallazgo). Puede haber sido una bala cuyo proyectil recién se podrá detectar en las pruebas de rayos X. Puede haber sido el movimiento de la retroexcavadora cuando sacudió la tierra en dirección cruzada (este a oeste).

Sucede que los antropólogos manejan una máxima: las conclusiones no se sacan en el terreno. En breve —“a la mayor brevedad posible”, al decir de Lusiardo— podrán determinar el sexo, la estatura, una posible edad. Pero eso debe hacerse en las condiciones óptimas: luego de haber zarandeado los sedimentos, luego de despegar la cal del hueso, luego de un descanso que permita mirar con calidad.

“Van a seguir apareciendo”

Embed - El rastro de la crueldad en el batallón 14: un cuerpo cuya silueta quedó impresa en la cal

En el batallón 14 hay silencio. Demasiado. Su ubicación a mitad de camino entre áreas urbanizadas y rurales, la falta de viento que ni siquiera agita la copa de los árboles, y la escaza labor de los militares que allí trabajan, amplifica el mínimo bullicio.

Pasa la camioneta de un obrero. Levanta el punto y grita: “¡Vamo´ arriba que van a seguir apareciendo”.

Los familiares también lo creen. Los investigadores coinciden. El batallón 14 es señalado como sitio de enterramiento clandestino. A diferencia del batallón 13, en cuyo predio había un centro de tortura, en el 14 no se conoce un establecimiento como tal. A priori —con la escasa información disponible— funcionó directo como cementerio destinado a esconder los cuerpos.

Es probable que esos otros esqueletos no estén muy lejos. Sanjurjo estaba a una cuadra y media del nuevo hallazgo. Ricardo Blanco y Julio Castro a menos de dos, pasando el arroyo. Y por si fuera todavía más contundente: la excavación parcial en el año 2009 pasó a solo dos metros (un hombre alto acostado).

Antes —léase en aquellas pesquisas de 2009— los antropólogos seguían la hipótesis de una operación zanahoria: los cuerpos habían sido desenterrados y vueltos a enterrar en otro sitio. Entonces se basaron en los señalamientos de los testimonios y el movimiento de tierra.

Aquella hipótesis resultó ser una farsa, dijo Ignacio Errandonea, familiar de uno de los desaparecidos que aún se buscan. “Los militares siguen mintiendo, han mentido toda la vida (…) A las Fuerzas Armadas les pagamos nosotros los sueldos, se les debe exigir información”.

Ignacio Errandonea en el ingreso al Batallón 14

Ignacio Errandonea, de Familiares de Detenidos Desaparecidos, en el ingreso al Batallón 14, luego del encuentro de nuevos restos el 30 de julio de 2024

Ahora —léase desde que el equipo lo comanda Lusiardo— los investigadores excavan centímetro por centímetro. El plano de más de 30 hectáreas se divide en trincheras de diez metros por diez.

Es una metodología que tiene la ventaja de la exhaustividad, pero la desventaja del tiempo que insume. Para los familiares no hay duda: todo sería más fácil si hablaran lo que tienen que hablar. Si los militares se proponen "terminar con este calvario de una vez por todas".

Pero como el obrero de la camioneta, su esperanza —la misma que le dice que ese rostro estampado en la cal puede ser el de su familiar, o el hijo de su amiga, o el hermano de su compañero de lucha, o…— sigue intacta: “Los vamos a encontrar uno por uno. A todos”.

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Batallón 14 Dictadura Desaparecidos

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