Esa noche la tierra resquebrajada de tanta sequía por fin se empapó.
El lunes, Sebastián Eirin (40) hizo lo que hace desde 2018. Fue a buscar la máquina excavadora a un predio en Suárez, esperó escoltas de la Intendencia de Canelones, subió la máquina a una chata y llegó hasta el Batallón. Paralizó la ruta 85 y con movimientos a la vista desordenados subió la pala, movió la banda transportadora, bajó la pala, adelantó, giró, giró para el otro lado, subió la pala, bajó la pala, y el aparato tocó suelo. Y después, otra vez, ya en tierra, otro tanto de movimientos para entrar la excavadora al predio.
—Yo te bajo el tacho acá, al lado tuyo, así —dice para intentar describir su nivel de precisión.
Lo que quiere decir, en realidad, es que al enorme animal de 20 toneladas, si quiere, lo hace bailar en puntas de pie.
20240602 Sebastián Irin, maquinista en el Batallón 14. (7).jpg
Foto: Inés Guimaraens
Su sonrisa lo muestra con la seguridad del que se sabe bueno, aunque le cueste decirlo.
Por eso discrepa en algo: la historia no pudo ser otra. La historia iba a ser, de forma determinante, la que fue. No había manera de que ese cráneo se le escapara de la pala. No había forma de que una distracción hiciera que un huesito se fuera en un terrón al desperdicio. No había forma de que Amelia Sanjurjo, lo que quedaba de ella, no saliera del silencio sepultado.
En ese momento era un cráneo, los huesos, el esqueleto completo. Llevó casi un año saber que la que estaba ahí era Amelia Sanjurjo, la Pocha, la militante comunista que vendía libros y que cursaba las primeras semanas de un embarazo, que el miércoles 2 de noviembre de 1977 había desaparecido.
No hay distracción. El trabajo es mecánico, sí. Es rutinario, sí. Es monótono, sí. Pero es el que Eirin mejor sabe hacer. Adentro de la cabina de la máquina no hay celular, mensajes, ni cumbia que lo saque de foco. Abajo, siempre tiene, al lado del tacho –como le dice a la pala que levanta, extiende y vuelve a bajar con su brazo mecánico– al menos a dos antropólogos o tres que miran al detalle cada extracción. Y él, desde arriba, como un faro cenital, tiene una vista privilegiada. En todo este tiempo dieron vuelta, dice, millones de metros de tierra.
—¿Millones?
—Sí, millones. Te puedo asegurar que no se les pasa una moneda.
Habla del Grupo de Investigación de Arqueología Forense (GIAF), liderado por la coordinadora Alicia Lusiardo. Su metodología, dice, hace que sea imposible que se les escapen restos. Remueven todo predio, terrón por terrón. Los que operan máquinas son él y el sirio Nasr Alkasem, que llegó como refugiado en 2014.
En búsquedas anteriores, que lideraba el antropólogo José López Mazz, la estrategia era excavar lugares específicos, que dejaba el espacio con lamparones descubiertos y lamparones intactos. Así se encontraron los restos de Ubagesner Chávez Sosa y de Fernando Miranda. En el Batallón 14, específicamente, los restos de Julio Castro, y los de Ricardo Blanco. El último hallazgo había sido en 2019, con la identificación de Eduardo Bleier.
En casi cuatro años de trabajo antes de que aparecieran los huesos de Amelia Sanjurjo, en el Batallón 14 Eirin ya había sacado troncos grandes, herraduras, alambrados. Hasta cápsulas de balas. Pero a una persona, nunca.
Ni siquiera encuentra las palabras para contar lo que vivió desde el 6 de junio del año pasado.
—Encontraste el tesoro de las Masilotti —le dijo ese día alguien, que ni sabe quién.
—Es como los hombres que caminaron en la Luna, un paso gigantesco —le envió en un audio un integrante de los Familiares de Detenidos Desaparecidos.
Ese día su celular era un mensaje atrás de otro. Fue mucho más que el tesoro de las Masilotti. Ni se compara con caminar la Luna.
1699395920212.webp
La comunicadora Iliana Da Silva sostiene el cartel con el rostro de la desaparecida Amelia Sanjurjo.
Imágenes del Silencio
“Soy hombre de máquinas, de fierros, no estoy acostumbrado a entrevistas”, se excusa un rato después, en un mensaje escrito por Whatsapp. En esa entrevista, en la puerta del Batallón 14, no llenaba el silencio cuando se le pedía que lo contara de nuevo. Los lentes de sol aviadores le disimulaban la emoción.
“Disculpá que a veces me tranque un poco al hablar, recuerdo ese momento y te juro que lo veo”, completa después, otra vez por escrito.
El 5 de junio de 2023, Eirin había notado que la tierra que iba removiendo, palada a palada, era diferente. ¿Cómo, diferente? Terrones de piedras grandes, pelotudas. Había que sacarlas.
Al otro día, el audio que le mandó a un compañero de trabajo en la Intendencia de Canelones sonó en miles de celulares.
“Tengo un nudo en la garganta que no me deja hablar. Hemos estado excavando incansablemente. Metro a metro, todo este campo. Y bueno, hoy se dio. Por fin se dio”.
Sebastian Eirin - maquinista del Batallón 14
Al final, dice: “Se junta todo, no sé cómo explicarte, felicidad, emoción, es impagable. Lo que se siente es único, qué querés que te diga”.
El maquinista que ahora estaba dando con los restos del sexto desaparecido en dictadura empezó a trabajar en la Intendencia de Canelones hace 15 años. Primero como mecánico vial. Pero su objetivo era llegar a las máquinas.
Las máquinas, dice, son lo de él. Aprendió a manejarlas mientras las usaba: empezó limpiando cañadas y terrenos.
En 2018 tuvo su primer trabajo con el GIAF, cuando escarbó en un predio de Neptunia. Hasta entonces el tema de los desaparecidos era para Eirin algo que estaba ahí, pero que no conocía demasiado. “Hoy no lo bajás de ninguna manera de la máquina, la emoción le partió el alma”, comentó sobre Eirin el precandidato frenteamplista Yamandú Orsi en una lentejada este domingo en el club Laureles, cuando salió el tema de la búsqueda en el Batallón 14.
El trabajo en el terreno, que sigue de lunes a viernes, también están colaborando funcionarios del área de Necrópolis, que tienen que desmalezar parte del campo.
El maquinista, con la experiencia del último año, empezó a preparar la máquina para estar más armado en caso de nuevos hallazgos. Le puso focos que iluminen mejor, porque el predio en donde están dando vuelta la tierra en este momento no es de fácil acceso y, si pasa algo, se hace más difícil instalar campamento y generadores que lleven luz.
Pasó un año desde que encontraron a Amelia Sanjurjo y las máquinas prácticamente no pararon. Otros miles y miles de metros de tierra fueron removidos, sin nuevos rastros.
La pregunta era si, en algún momento, Eirin sentía que el trabajo ya había sido suficiente. Porque encontrar a un desaparecido era como dar con el tesoro de las hermanas Masilotti, o como caminar la Luna. La respuesta, sin embargo, fue la de quien piensa que es mucho más que eso, porque donde encontraron a tres, tienen que encontrar a más:
—Yo vengo cada día con más ganas, de encontrar más gente.