1 de agosto de 2024 5:00 hs

La retroexcavadora dio la tercera palada sobre la misma trinchera. Era un pasaje suave, como peinando el fondo a unos dos metros de profundidad. De pronto salió a la superficie un polvo blancuzco y los primeros huesos cervicales. La maquinaria se detuvo. Los antropólogos sabían que estaban ante la confirmación del modus operandi: el enterramiento primario de un detenido y desaparecido durante la dictadura, con signos de haber sido torturado, y cuyo cuerpo los represores intentaron desintegrar bañándolo de óxido de calcio o cal.

El hallazgo, unos minutos pasados el mediodía de este martes, empieza a confirmar que el batallón 14, al sur de Canelones, ofició de cementerio clandestino. Y es probable que en las cerca de 18 hectáreas que aún restan excavar “hayan otros cadáveres”. Así lo entiende Wilder Tayler, director de la Institución Nacional de Derechos Humanos responsable de la búsqueda.

Porque a la información de que allí hubo enterramientos —incluyendo el dato que recibió el gobierno de Tabaré Vázquez en 2005 sobre el paradero de los restos de María Claudia García de Gelman y que llevó a la medida cautelar del predio—, el descubrimiento de este martes es el cuarto en el lugar. La fosa está a menos de dos cuadras del sitio de Amelia Sanjurjo (encontrada en 2023), Julio Castro (2011) y Ricardo Blanco (2012).

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“Cada vez queda más al descubierto que se trató de un plan sistemático”, dice el historiador Álvaro Rico, uno de los primeros referentes en el análisis de la documentación. De hecho, los antropólogos forenses ya hablan de similitudes más que de diferencias: el nuevo cuerpo encontrado tenía tanta cal encima que se armó una especie de molde y planchada, idéntica a la observada en el caso Sanjurjo.

La cal, que desintegra más rápido los tejidos blandos, conserva mejor los huesos. Y en ese sentido, el macabro método para hacer desaparecer, acabó siendo clave para la aparición.

Al cierre de esta edición, los investigadores todavía no habían podido rescatar la completitud del esqueleto. Por la posición en que fue arrojado el cuerpo, y por el ángulo en que la retroexcavadora “halló” los primeros indicios, todavía no se había podido encontrar parte de los huesos de las piernas (sí un fémur).

Junto a los huesos ya encontrados, aparecieron dos pedazos de tela que pudieron haber sido parte de una vestimenta. El color, ahora convertido en marrón por el paso de tiempo bajo tierra, fue imposible precisar en el campo y los investigadores lo llevarán a la mesa del laboratorio para su exanimación.

¿De quién son los restos?

Cada vez que la tierra habla —mientras quienes saben la respuesta callan—, empiezan las especulaciones. Los familiares esperan con ansias que esos restos sean de su ser querido que buscan hace décadas. La sociedad intenta ponerle nombre a los huesos. Quizás sea alguno de los casos más emblemáticos. Quizás no.

Pero este cuarto hallazgo en el batallón 14 —siguiendo la lógica de un plan sistemático del que habla el historiador Rico— podría confirmar una hipótesis: la coincidencia temporal y del centro de detención de los allí enterrados.

No es matemática. Son pocos casos como para sacar conclusiones. Parte de la información es imprecisa, desgastada por el paso del tiempo, y enmarcada en un terrorismo de Estado que impide descartar traslados internacionales, datos empotrados adrede para engañar o lógicas que escapan a toda lógica.

Pero entre los tres hallazgos de restos anteriores, cuyas identidades fueron confirmadas, hay patrones que se repiten: fueron detenidos (o detenidas) entre mediados de 1977 y la primera etapa de 1978. Los testimonios (y algunas listas) refieren a que estuvieron recluidos en La Tablada o La Casona.

De la lista de 197 desaparecidos en dictadura que maneja la Secretaría de Derechos Humanos, 78 que todavía no fueron encontrados habían sido detenidos en esas fechas que coinciden con la hipótesis. De ellos, 70 son de nacionalidad uruguaya. A su vez, diez fueron detenidos en Uruguay (cinco de nacionalidad argentina y cinco uruguaya). Y son tres hombres los que se sabe que pasaron por La Tablada.

La historiadora Fabiana Larrobla coincide en la existencia de un plan sistemático y es categórica al decir que no debe hacerse especulaciones de nombres, al menos en esta instancia. La hipótesis de los investigadores sirve—como cualquier premisa que se fija la ciencia— para guiar parte de la investigación y comprender mejor el fenómeno.

Es una hipótesis similar a la que se maneja respecto a la primera etapa de la Operación Morgan contra el Partido Comunista, con detenciones entre 1975 y 1976, cuyo lugar de detención clandestino fue el infierno 300 Carlos, y algunos de los restos aparecieron en el batallón 13 (que queda en Montevideo, cerca del cementerio del Norte donde estudian la posibilidad de que hayan otros sepultados como NN).

La evidencia —para la cual falta más de un mes si se tienen en cuenta la extracción del material genético y el cruce de bases en el laboratorio de Córdoba— confirmará o refutará esta premisa. Y aun si la confirmase, no significa que en el batallón 14 estén enterrados solo los desaparecidos que se ajustan a estos patrones.

Sucede que muy cerca de los recientes restos encontrados pasa el arroyo Meirelles. Algunos testimonios señalan que allí fueron enterrados los 23 detenidos desaparecidos trasladados desde Argentina en el segundo vuelo, en octubre de 1976.

La Historia —con mayúscula, como la disciplina— sigue escribiéndose.

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