Los patrulleros que llegan al amanecer ya conocen la escena de memoria —también los rostros— y entre ellos circula una broma repetida: dicen que son un “servicio de despertador”. Después viene el resto del ritual cotidiano: los baldazos con hipoclorito, las escobas empujando restos de cartón y frazadas, los dueños tirando de las correas para evitar que sus perros husmeen alguna migaja perdida entre las baldosas.
La postal se multiplica en distintos rincones de Montevideo. Se repite en el Pabellón de la Música del Parque Rodó, en los alrededores del Club de Golf de Punta Carretas, en terminal Goes, junto al Mercado Cordón. En pleno Parque Batlle, donde llegó a constatarse un campamento con presencia de gallinas. También en Joanicó, frente a una subestación de UTE, donde una persona lleva más de una década acampando en el mismo lugar. La Intendencia de Montevideo tiene cada uno de esos puntos identificado al detalle. Y cada mes retira unas 80 toneladas de “basura”.
Lo que algunos descartan —muchas veces por compasión y otras tantas por una mala gestión de los residuos— es el hogar que otros improvisan.
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Los reclamos se acumulan desde hace años en la Defensoría de Vecinas y Vecinos. Llegan desde Juan Carlos Gómez, en Ciudad Vieja; desde La Paz casi Libertador; desde edificios cuyos habitantes aprendieron a dormir con interrupciones. Hablan de madrugadas quebradas por gritos y peleas, de discusiones que estallan debajo de los balcones cuando todavía no amaneció. También del miedo: las puntas improvisadas, los fierros afilados, las corridas a las seis de la tarde para disputar un lugar en un refugio. Y de esas marcas pequeñas pero persistentes del deterioro cotidiano: el olor a orín impregnado en los árboles de la esquina, las veredas convertidas en baño, la sensación de que el barrio dejó de pertenecerles del todo.
En Constituyente y Magallanes, el centro de atención 24 horas hace tiempo trabaja al límite. Cada noche llegan personas buscando techo, abrigo o un plato de comida, y muchas veces ya no queda espacio. Entonces la calle vuelve a ser la única opción. El frío, el hambre y la abstinencia empujan a algunos a estados de desesperación o euforia. A veces la descarga ocurre contra el primer blanco disponible: el vidrio de un auto estacionado, un comercio, cualquier cosa que pueda romperse o venderse. Toda moneda cuenta. También cualquier forma de sacar la rabia hacia afuera.
La Plaza Seregni, símbolo de la recuperación urbana y de una nueva centralidad montevideana, cambia de rostro. Hay días en que parece un campamento improvisado: carpas sujetas con cuerdas, nailons colgando entre árboles, ropa húmeda secándose al sol, restos negros de fogatas encendidas para pasar el frío. “Desde ahí hasta Tres Cruces empezó a consolidarse una zona con mucha presencia de personas en situación de calle, por la circulación de ómnibus, por los recursos disponibles y porque muchos llegan desde el interior”, explica el defensor vecinal Daniel Arbulo. En el último año móvil le subieron 25% las denuncias.
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En los días posteriores a la declaración de alerta por frío, muchas de estas escenas parecen correrse de la superficie urbana, como si la ciudad lograra por un momento reorganizar su propio paisaje. El traslado de personas en situación de calle a centros de evacuación —incluso en contra de su voluntad— introduce una lógica de emergencia que modifica, al menos en apariencia, la presencia visible del problema en las calles.
El Sistema Nacional de Emergencias comienza entonces a emitir partes diarios con una cadencia que recuerda a otros tiempos recientes: ya no se informan contagios ni fallecimientos por COIVD-19, sino personas asistidas, traslados efectuados y una geografía básica que separa Montevideo del interior. La estadística sustituye, por momentos, la escena.
Pero esa reorganización es apenas temporal. Durante la duración del invierno, parte de lo que ocurre en veredas, plazas y esquinas parece retirarse del campo visual cotidiano. No desaparece: se desplaza, se administra, se contiene. Y aun así, persiste. Porque detrás de cada reporte y cada operativo, el problema —o los problemas— siguen ahí, creciendo en silencio, esperando a volver a hacerse visibles cuando suba la temperatura o cambie el parte oficial.
“La situación de calle es el rostro de otros problemas: de la economía, la pobreza, la seguridad, la convivencia, las drogas, la salud mental y el quiebre de vínculos familiares. Por eso, y por la jerarquización política y mediática del tema que hace que esté en la agenda, poco a poco se va colocando como un problema identificado en sí mismo”, había explicado el sociólogo Sebastián Aguiar, del núcleo interdisciplinario sobre situación de calle de la Udelar, quien colaboró en la elaboración de una de las encuestas de El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos (UMAD), y el estadístico Juan Pablo Ferreira (docente del Instituto de Estadística).
Aquel sondeo reveló que el 77% de los montevideanos perciben que la situación de calle es uno de los principales problemas. En el interior el porcentaje desciende a 61%, una cifra igualmente “alta” y que la directora de Gestión Territorial del Mides, Mercedes Clara, definió como “un fenómeno que dejó de ser metropolitano”.
Pero no es necesaria una encuesta, ni un censo nuevo para darse cuenta que, sin soluciones a los problemas de base, la bola de nieve será cada vez más grande aunque se la tape por un tiempo. Los datos administrativos lo muestran:
También lo corroboran las llamadas a la Intendencia de Montevideo: en solo cuatro meses de este 2026 superó la demanda de todo el año 2023 entero y así se distribuyó por municipio:
Y hasta lo que realiza la Policía en el operativo calle previo a la declaración del Plan Invierno y de la alerta por frío: del 1 de enero al 23 de abril de 2026 fueron trasladadas 1.531 personas en situación de calle. La inmensa mayoría fueron hombres (1217). Hubo 14 detenciones (por desacato o negativa). Y solo la policía juntó más de 51.527 kilos de residuos, al retirar unos 720 “campamentos improvisados”.
La preocupación por el crecimiento ha llegado al Ministerio de Economía que, teniendo una frazada (fiscal) cada vez más corta, necesita saber cómo evolucionará el tema y cómo redistribuir recursos en la próxima Rendición de Cuentas. La primera conclusión a la que llegaron los técnicos del gobierno es simple: por más fenómeno mundial, si no se tocan los problemas de base la población que vive en la calle seguirá al alza y, sobre todo, se hará notar en aquel núcleo más duro que se niega a ir a refugios, en jóvenes, con algún antecedente penal, con algún consumo problemático de drogas.
En la calle con la frazada cada vez más corta
¿Qué lleva a una persona a dormir el banco destartalado de una plaza o bajo el techo de un bar en plena vereda en pendiente? La mayoría de los “sin techo” son jóvenes, adictos a las drogas y estuvieron presos. Es lo que está en el imaginario y en ese “núcleo duro” que se niega a ir a los refugios. Pero el sociólogo Aguiar fue enfático: “Entre los más de las 13.000 personas distintas que pasaron por los refugios del Mides el último año, muchos de ellos son personas que transitan un rato la ciudad, lo mejor vestidos que pueden, con sus mochilitas y que no entran en ese imaginario”. Su mayor problema es “ruptura de lazos familiares”.
La literatura científica lo está estudiando, por ahora, a modo de preguntas: ¿Estamos ante una nueva etapa de la humanidad? ¿Es una etapa en la que por un lado se está cada vez más solo en la hiperconexión? ¿Es una etapa en la que emerge aquello más primitivo y tribal?
Parte de la sociedad uruguaya lo reflexiona. En la encuesta de El Observador y los académicos de la Udelar fueron más los que consideraron que es necesario trata a las personas en calle con “más humanidad” (78% a favor) que aquellos que pidieron más mano dura (37%).
Pero un dato que todavía no había sido divulgado, del mismo sondeo, muestra cómo el problema base queda desdibujado en la convivencia. “¿A las personas y comerciantes que ponen pinchos para que las personas en situación de calle no se sienten o duerman ahí habría que sancionarlas?”. Siete de cada diez uruguayos están “poco o nada de acuerdo con la frase”.
La Policía y el área de convivencia de la Intendencia de Montevideo tienen una misma misión: la libre circulación y goce de los espacios públicos.
El prosecretario de la IMM, Diego Olivera, se explaya:
“Uno de los fenómenos más notorios es el deterioro sostenido de parques, plazas y espacios públicos de alta circulación. En distintos puntos de la ciudad se generan asentamientos precarios o ocupaciones reiteradas que terminan afectando el uso colectivo del espacio: rotura de mobiliario urbano, acumulación de residuos, daños en áreas verdes y dificultades para el mantenimiento cotidiano por parte de los servicios de la Intendencia.
También recibimos con frecuencia planteos vecinales vinculados a intranquilidad y miedo. Muchas veces no se trata únicamente de la ocupación del espacio en sí, sino de dinámicas asociadas: episodios de violencia entre personas en situación de calle por disputas territoriales, gritos, peleas, amenazas o situaciones de fuerte conflictividad en horarios nocturnos.
A esto se suman problemas reiterados de higiene y salubridad: malos olores, acumulación de basura en torno a contenedores, residuos provenientes de “afincamientos” y utilización inadecuada de espacios públicos para necesidades básicas. En algunos casos, además, aparecen consumos problemáticos de drogas en la vía pública y situaciones vinculadas al microtráfico, que complejizan aún más la convivencia y requieren coordinación permanente con el Ministerio del Interior y otros organismos.
Son situaciones muy delicadas porque conviven, por un lado, personas atravesando niveles extremos de exclusión y vulnerabilidad social, y por otro, vecinos que sienten que determinados espacios públicos dejan de ser utilizables o seguros para la convivencia cotidiana”.
Es algo que fue creciendo tan lento que el propio número dos de la Policía Nacional, Alfredo Clavijo, lo dijo la semana pasada en la radio Del Sol: “Es inentendible que se piense que se solucionaron los problemas de situación de calle por hacer cumplir la ley de Faltas. Los sacamos de la calle, pero luego hay una responsabilidad de política pública. En Uruguay no nos fuimos dando cuenta que se fue incrementando la gente en la calle. Las diferentes crisis nos fueron haciendo aceptar que hay gente que no se la puede resolver”.