A 1.600 metros sobre el nivel del mar, en el frío abril de Mérida, a Julieta Velásquez (41) sus vecinos la miran con asombro cada vez que ceba un mate, se lleva la bombilla a la boca y pone cara de felicidad absoluta a medida que se le calienta el esófago. Retornó a Venezuela hace solo cuatro meses —después de siete años residiendo en Uruguay— y la yerba se le está acabando. No así sus ganas de seguir con ese hábito que adquirió en Montevideo, donde su hijo vivió más de la mitad de los años que tiene.
—Mamá: ¿yo soy uruguayo o venezolano?
La pregunta inocente del pequeño que acaba de iniciar el liceo, y al que sus compañeros de clase llaman “El Uruguayo”, a Julieta le da ternura y siempre le devuelve una misma respuesta:
—Sos de los dos, ta. En tu corazón cabe espacio para Uruguay y Venezuela.
A Julieta se le pegó el modismo ta. Otra adquisición desde que esta licenciada en Idiomas Modernos decidió mudarse a Uruguay tras la escasez que atravesaba Venezuela. Primero fue a Colombia y otros familiares que estaban en Montevideo la convencieron de que viaje al que consideraba entonces (y dice que sigue considerando ahora) “la mejor opción entre los países de América Latina”.
Pese a tamaño afecto, el 9 de diciembre de 2025, ni bien su hijo acabó sexto grado de escuela y faltaba casi un mes para que fuera capturado Nicolás Maduro, optó por retornar a Mérida, en medio de Los Andes venezolanos.
No fue la única. El último año, por primera vez desde que empezó el éxodo masivo de venezolanos, de Uruguay se fue más gente de esa nacionalidad de la que entró.
Julieta tuvo sus razones.
¿Por qué volverse a Venezuela?
Julieta no se queja. Jamás pudo revalidar su título universitario en Uruguay porque había salido de Venezuela cuando el caos era tal que le impidió hacerse de todos los papeles y sellitos. Pero sus conocimientos de inglés le permitieron trabajar en oficinas para empresas estadounidenses y su salario era mayor a la media de otros compatriotas suyos que cuidan enfermos, adultos mayores o hacen de delivery pese a, en muchos casos, estar sobrecalificados para la tarea.
En Uruguay estaba cómoda. Su hijo se había adaptado bien a la escuela, se hizo una barra de amigos con los que aún hoy conversa a la distancia, no sufrió ninguna xenofobia como le aconteció a conocidos suyos en otros países y los uruguayos le parecieron (y parecen) “seres geniales, personas increíbles”.
Pero la madre de Julieta, quien iba saltando por distintos países en los que estaban desperdigados sus hijos, retornó a Venezuela. Esa falta se hizo notar.
—Mi hijo ya estaba en sexto de escuela, en esa edad en la que los padres buscan la paulatina independencia del niño, y yo sentía que trabajaba todo el día y apenas le podía seguir su diario vivir. Pasaba 11 horas o más fuera de mi casa.
Con Julieta “poco presente” y la falta de apoyo de la abuela que había retornado, "El Uruguayo" (para seguir con el apodo del niño) empezó a angustiarse, a manifestar ciertas inseguridades.
—Encima sufrí una úlcera y ahí se sintió más que nunca la falta de compañía, de los afectos más cercanos —dice Julieta intentando explicar su decisión hasta que llega al detonante: la economía.
En 2025 Venezuela mejoró un poco, en los supermercados se conseguía alimentos, el turismo interno subió y sobre todo podía dejar de pagar un alquiler (una de las complicaciones más frecuentes para los inmigrantes recientes) para retornar a su casa propia.
No le dio más vueltas, consiguió los papeles necesarios y voló a Mérida. Enseguida anotó a "El Uruguayo" en la educación media, porque el año lectivo allí había empezado en setiembre, y, prueba mediante que salvó con éxito, su hijo ingresó a la enseñanza formal.
¿La captura de Maduro cambió la situación?
En la madrugada del 2 para el 3 de enero, Julieta saltó de la cama con un susto bárbaro. Eran las dos y media de la noche cuando sonó su teléfono celular. Era un llamado de su hermana desde Estados Unidos.
—¿Viste lo que está pasando? ¿Lo viste? Decime que lo viste.
Estados Unidos había intervenido en Caracas y capturado a Maduro. Julieta no lo sabía, solo dormía.
Las horas y primeros días que le siguieron fueron de emociones encontradas y contenidas. Julieta mide las palabras hasta que le encuentra un término: “Lo que cambió fue el ánimo”. Hubo quienes se animaron a salir más a las calles. Pero a la vez estaba la incertidumbre de qué iba o va a pasar. ¿Habría represalias militares? ¿Se corre el riesgo de manifestarse con algarabía o, por el contrario, con desdicha? “En los rostros lo notabas, pero sin decirse demasiado”.
Desde entonces Julieta ha recibido decenas de consultas sobre lo mismo: “¿Ya es momento para volverse a Venezuela?”.
Su respuesta no tiene respuesta. “Miedo sigue habiendo, el dólar sube, el salario mínimo no da para nada, no hubo un cambio económico desde entonces o que la llegada de empresas extrajeras esté demostrando una suba del empleo que permita mantener una calidad de vida. La gente siempre piensa en lo político, y más allá que aquí sigue estando el chavismo en el poder, sobre todo no está el cambio económico que es el que le permite a muchos de los que emigraron volver a sus casas que dejaron abandonadas”, cuenta Julieta antes de pasar a un ejemplo concreto y familiar.
Su hermano es médico y vive en Uruguay. “Ni loco se vuelve ahora a Venezuela si en Uruguay ha triunfado, trabaja de lo que estudió, tiene toda su familia allí, un buen pasar, un país en que no es necesario siquiera discutir sobre libertades”.
En los informes de la plataforma de seguimiento de la población venezolana (R4V) en Uruguay, nueve de cada diez encuestados habían dicho en los últimos años (y previo a la captura de Maduro) que “algún miembro de la familia sufriría un riesgo en caso de retornar a Venezuela”.
Si bien los datos afinados de las entradas y salidas de venezolanos a Uruguay no están cerrados, fuentes de la Dirección Nacional de Migración adelantaron que no se espera un cambio brusco en la tendencia migratoria ni un retorno masivo en el corto plazo.