23 de mayo de 2026 8:56 hs

Con el objetivo de impulsar un cambio en Cuba y desplegar la visión de Estados Unidos de ejercer dominio en América Latina, la administración de Donald Trump aplica al régimen de La Habana la estrategia que utilizó para alinear a Venezuela bajo su órbita: asfixia económica, incentivos para negociar y una acusación penal contra Raúl Castro que, como ocurrió con Nicolás Maduro, podría convertirse en el preludio de una intervención militar.

En un mensaje difundido el pasado 20 de mayo, con motivo del día de la independencia de Cuba, Trump afirmó que "la acusación y destitución de Maduro enviaron un mensaje claro a sus aliados socialistas en La Habana: este es nuestro hemisferio y quienes lo desestabilicen y amenacen a Estados Unidos tendrán que asumir las consecuencias".

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Raúl Castro

Raúl Castro

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No obstante, en el caso de la isla existen particularidades que dificultan la posibilidad de quebrar al régimen comunista y colocar en su lugar a una figura equivalente a Delcy Rodríguez en Venezuela, quien aceptó el tutelaje de la Casa Blanca y, para continuar en el poder, acordó introducir de manera progresiva cambios económicos y políticos.

Aparte de las dudas sobre la posibilidad de replicar en La Habana la operación relámpago de Caracas —y de que la imagen de Raúl Castro, de 94 años, esposado no tendría el mismo impacto que la captura de Maduro— existen diferencias de fondo entre Venezuela y Cuba, un régimen que acumula 67 años en el poder.

Oscar Grandío, historiador y politólogo, autor del libro Mejor no me callo, notas ante una transición en Cuba, explica que en La Habana “el régimen es monolítico, sin facciones dentro de la cúpula de poder como en Venezuela, lo que permitió contemplar salidas negociadas que preservaran a las élites alguna forma de impunidad o transición blanda”.

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Añade que “se trata de un régimen totalitario controlado por la familia Castro, que no está dispuesto a negociar su salida pese a que el colapso es más profundo. El cambio de régimen no es una posibilidad: es la dirección inevitable de lo que está ocurriendo. No hay margen de reforma. La única variable es cuándo y cómo”.

A pesar de su avanzada edad y de haber dejado la presidencia en 2018, cuando delegó esa función en Miguel Díaz-Canel, Raúl Castro sigue tomando las grandes decisiones. Distintos medios han reportado que su nieto, Raúl Rodríguez Castro, ha sido el interlocutor de Cuba en las negociaciones con Washington, iniciadas hace dos meses, según lo admitió el propio Díaz-Canel.

Durante 59 años los hermanos Castro, Fidel y Raúl, ocuparon la presidencia. Sergio Ángel, profesor e investigador del Programa Cuba de la Universidad Sergio Arboleda de Colombia, advierte que “sería muy difícil hablar de un cambio en el poder si sale Díaz-Canel y asume alguien de la familia Castro, como el nieto de Raúl Castro y eso hace más difícil la posibilidad de una transición”.

Raúl Guillermo Rodríguez Castro con su abuelo Raúl Castro. 1
Raúl Rodríguez Castro con su abuelo Raúl Castro

Raúl Rodríguez Castro con su abuelo Raúl Castro

La escalada

Al igual que en Venezuela, el guion incluye un cerco destinado a golpear la estabilidad y forzar concesiones. Los cargos contra Raúl Castro representan el último eslabón de una ofensiva que ha colocado al régimen cubano frente a su peor momento en décadas.

Washington amenazó con imponer aranceles a los países que vendan petróleo a la isla, provocando una severa escasez de combustible que se traduce en apagones prolongados y en el desplome del turismo, la principal fuente de divisas. En paralelo llegó la sanción contra Gaesa, el conglomerado en manos de los militares que controla buena parte de la economía cubana. La medida restringe sus transacciones con entidades financieras y compañías extranjeras, reduciendo de manera drástica su capacidad de maniobra.

El Departamento del Tesoro otorgó un plazo que vence el 5 de junio para que las compañías extranjeras pongan fin a sus relaciones comerciales con Gaesa o se expongan a que sus negocios en Estados Unidos se vean afectados. Navieras como la alemana Hapag-Lloyd y la francesa CMA, que operan con Cuba, podrían suspender sus servicios, lo que agravaría la crisis en un país que importa más de la mitad de los alimentos que consume.

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La Habana

La Habana

En este contexto, la canadiense Sherritt —socia de empresas cubanas en plantas de níquel, cobalto y gas que aportan divisas y electricidad— decidió poner fin a sus operaciones en la isla, propinando un golpe extra a la economía.

Una semana después, el 14 de mayo, el director de la CIA, John Ratcliffe, aterrizó en La Habana para reunirse con Raúl Rodríguez Castro, el ministro del Interior Lázaro Álvarez, y el jefe de los servicios de espionaje. La negociación no parece haber marchado por buen camino: el 18 de mayo el departamento del Tesoro amplió las sanciones a miembros del gobierno cubano y a distintas organizaciones, entre ellas, el servicio de inteligencia.

Dos días después el secretario de Estado, Marco Rubio, publicó un video llamando a los cubanos a alinearse con Washington: “El presidente Trump ofrece una nueva relación entre Estados Unidos y Cuba”, dijo Rubio, quien subrayó que "la verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible ni alimentos es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares”.

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Cuenta regresiva

Si bien se ha planteado la posibilidad de que el régimen cubano gane tiempo en negociaciones que no conduzcan a un cambio mayor, sino a gestos limitados como alguna apertura económica o la liberación de presos políticos, el efecto de las sanciones —y el que comenzará a sentirse en las próximas semanas— apunta a que la situación actual no puede prolongarse demasiado.

Oscar Grandío indica que “con las reservas de petróleo agotadas y sin posibilidad de reabastecerse —el propio ministro de Energía lo confirmó en televisión estatal—, los apagones de hasta 25 horas, las navieras y la minera retiradas, el turismo paralizado y Gaesa sancionada, el régimen no tiene meses: tiene semanas antes de que el colapso de los servicios básicos alcance un punto de quiebre absoluto”.

Sergio Ángel advierte que la proximidad del verano en Cuba, con sus altas temperaturas y las fallas de electricidad, anticipa un período crítico. “La situación actual abre las puertas a uno de los veranos más complejos para el régimen cubano”, señala, y agrega que la posibilidad de nuevas protestas está latente.

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El 14 de mayo más de una docena de barrios de La Habana estallaron en protestas. Los cubanos hicieron sonar cacerolas y quemaron basura en las calles en rechazo a los prolongados cortes de energía y al deterioro de las condiciones de vida.

Grandío advierte que “inevitablemente las protestas aumentarán en intensidad y masividad. Existe una correlación directa y documentada entre los apagones y la intensidad de las protestas en Cuba desde 2021”. Y añade: “El hambre y la oscuridad son los mejores organizadores políticos”.

Una ola de protestas abriría un frente interno a la presión de Estados Unidos y elevaría el costo de no alcanzar un acuerdo con la administración Trump. Aunque las diferencias con Venezuela sugieren que el guion es difícil de replicar y el desenlace sigue incierto, por primera vez comienza a ser visible una grieta en el muro del régimen cubano.

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