Esta vez no. Esta vez la Policía y los periodistas no llegaron a Casavalle por el asesinato de un joven a manos de un motociclista, o por el robo de un encapuchado a un comercio. Esta vez los policías cortaron las calles para que miles de vecinos pudieran llegar a la parroquia del Borro y ser, al menos por un rato, el centro de la atención de la Iglesia Católica. Esta vez los periodistas fueron a contar la otra cara de la moneda, la de las obras de la iglesia que buscan un futuro más próspero para la Cuenca de Casavalle, el punto más pobre y violento de Uruguay.

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Desde temprano las familias, los religiosos y los educadores de los centros católicos de la zona llegaron al escenario montado frente a la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Adelante de la valla, portando sus pulseras, decenas de niños que van a catequesis se sentaron en el pasto, al lado de las ancianas que son cuidadas por las Misioneras de la Caridad.

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En las sillas oficiales, no solo había autoridades políticas y religiosas. En este evento los vecinos sí se pudieron sentar adelante. Referentes barriales, catequistas y hasta los cuatro jóvenes del Inisa que hicieron con sus manos la cruz de madera que se ubicó arriba del papa en el escenario.

Jóvenes que realizaron la cruz que se ubicó en el escenario en Casavalle.

El evento se presentaba como un “encuentro con la realidad social” y lo primero que hizo el papa fue, justamente, presenciar uno de los dramas sociales que afrontan los vecinos. El cardenal Daniel Sturla y el párroco de la zona, Pablo Coimbra, lo guiaron por el proyecto Familias de Guadalupe, un complejo de 12 viviendas al que se mudarán vecinos cercanos a la parroquia. No solo se trata de salir de los “ranchos”, se trata de “vivir en comunidad”, había explicado meses atrás Coimbra a El Observador.

Luego León caminó por las calles del barrio, saludó a familias que estaban en la puerta de sus hogares y se subió al escenario, para recibir la bienvenida de los vecinos, que coreaban: “León, amigo, el barrio está contigo”.

Orgulloso, Sturla enumeró las obras de la iglesia en la zona y recordó al Padre Cacho. Ruben Isidro Alonso fue un sacerdote que se instaló en Plácido Ellauri para vivir y predicar junto a los vecinos de la zona. Fue conocido como el “cura de los cantegriles” y murió en el barrio en 1992.

Coimbra, que debió esperar para empezar su discurso pues los vecinos le cantaron Feliz Cumpleaños, se refirió al rol central de los excluidos en la iglesia: "En la iglesia no nos sentimos al margen, estamos en el corazón mismo de ella. Acá la iglesia se encuentra con Cristo que sufre y con Cristo que redime”.

El momento más emotivo de la tarde llegó con los tres testimonios de vecinos de la zona.

Angélica Ferreira, de Plácido Ellauri, habló de su “amigo entrañable”, el Padre Cacho. La mujer contó cómo Cacho “eligió hacerse vecino” y construir su “humilde ranchito de chapa y cartón en medio de la basura” y cómo enseñó a los vecinos a “trabajar juntos, a reconocer su dignidad y defenderla y a confiar en Dios”.

“Nos enseñó que Cristo se sienta en nuestra mesa, habla nuestro idioma y viaja en el carrito del clasificador. Devolvió la dignidad a quienes la sociedad había vuelto invisibles. Por eso, Santo Padre, le manifiesto el anhelo de muchos: que Cacho sea proclamado Santo de las periferias y faro de esperanza para los descartados”, dijo Angélica, despertando la mayor ovación de la tarde.

Y si Angélica ablandó a los vecinos, Katherine Silva dio el golpe final para que los presentes se emocionaran en sus asientos.

Vecina del Marconi, contó que a sus ocho años se debió hacer cargo de su madre no vidente, que fue víctima de abuso y violencia y que a los 15 años quedó en la calle.

“Pasé por momentos oscuros. Tomé decisiones que me hicieron daño. Y cuando creía tener una familia, con una hija de meses, volví a sufrir violencia y casi pierdo la vida. Durante mucho tiempo viví llena de ira, de miedo y tristeza, enojada con todos, conmigo misma y con Dios. No podía quererme ni querer a mi hija. Incluso pensé en dejarla, pero hoy sé que Dios me detuvo”, narró.

Luego, empezó a hablar de Tacurú: “Busqué un trabajo y encontré una familia que me acercó a Dios. Llegué rota. Y con paciencia y amor me ayudaron a pegarme pedacito a pedacito. Hoy puedo abrazar a mi hija, jugar con ella y sentirme madre. No todo está solucionado, sigo en la lucha, pero tengo en mi corazón paz y tranquilidad. Esta experiencia de Dios me impulsa a ser luz para los demás".

Alan Bertaco contó cómo el liceo Jubilar posibilitó que terminara sus estudios y como, pese a un diagnóstico desesperanzador, su hijo Bruno sobrevivió al nacimiento y a sus primeros días de vida. Junto a su pareja, subieron al escenario y fueron recibidos por el pontífice.

Finalmente, el papa tomó la palabra y centró su atención “en los numerosos casos de inseguridad y de violencia que lamentablemente amenazan la paz” en esa zona de la ciudad. Destacó las organizaciones que trabajan en el lugar, con el “ejemplo luminoso del Padre Cacho” y pidió que la sociedad no mire “con indiferencia”.

“No podemos pasar de largo cuando sabemos que hay niños en Uruguay que no van a la escuela por miedo a no volver. No podemos acallar nuestra conciencia cuando constatamos que una madre no tiene los medios para alimentar a sus hijos. No podemos ignorar que en nuestro entorno hay mucha gente que sufre, que está sola y es vulnerable. Un hijo de este país, tan rico en recursos, no debería irse a dormir sin comer, ni debería renunciar a recibir una educación y un futuro dignos debido a la inseguridad que reina en las calles. Mucho menos debería sufrir violencia hasta el extremo de llegar a perder la vida. Tenemos que trabajar unidos: la Iglesia, la comunidad civil y el Estado. Necesitamos despertar de nuestras inercias y abogar por el bien común”, lanzó.

Terminado el discurso, el papa dialogó un par de minutos con ancianas y personas con discapacidad, bendijo la parroquia y se retiró escoltado por su personal de seguridad y la Policía. En la multitud, volvió el ruido y empezaron a juntarse las sillas. Un grupo de niños de la parroquia se acercó a un adolescente del barrio que vestía traje. Era uno de los beneficiarios del plan Familias de Guadalupe y había estado con León XIV minutos antes en su futura casa. "¡Dejame tocarte la mano! ¡Tocaste al Papa!", le gritaron.

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