6 de noviembre de 2026 5:00 hs

Si uno pregunta por la casa de Angélica Ferreira en Marconi, los vecinos saben de quien se trata. “Sí, Angélica, la señora que reparte bizcochos, vive ahí, vengan que los acompaño. Es el pasaje de los tiros y está complicado”.

En el “pasaje de los tiros” hace dos días hubo una balacera entre dos bandas del barrio. Angélica, de 77 años, abre el portón de su casa con una sonrisa y saluda a su vecina. En el correr de la mañana, los saludos a Angélica se repetirán. Todo aquel —joven o viejo— que pasa por su casa o se la cruza en el pasaje, para y saluda, le da un beso o le dirige un “Angélica, ¿cómo anda?”.

A veces, cuando está más complicado, se cruza con alguno armado, pero también la saluda. “Pasan con el revolver en la mano y ‘Angélica, ¿cómo anda?’. ‘Bien mijo’, respondo, ¿qué puedo hacer?”, narra, levantando los hombros.

Más noticias

A Angélica, en el barrio la respetan. “Somos respetados, porque a veces los gurises andan medios bravos ahí y yo les paro el carro viste, de una. Y no soy más que otra. A veces hasta miedo me doy, porque no pienso. Porque yo sé que están en cualquiera, pero hasta el día de hoy, a Dios gracias, todavía la Angélica es la Angélica. Yo no me meto con nadie, nadie se mete conmigo, y les digo, también, no se metan con los míos. Se meten con los míos, mala suerte”, señala y agrega que, cuando hay balaceras, lo primero es llamar a los suyos para que se queden adentro.

A Angélica, en el barrio la respetan, pero sobre todo la quieren, como ella quiere al barrio. Por eso, enfatiza, no se le pasa por la cabeza la idea de irse de ahí.

“Será que de gurisa vivo acá, aparte de todo eso, a todos mis hijos los tuve acá y me llevo bien con todo el mundo. Soy feliz, yo salgo a la puerta, viene un gurí, me saluda y a mí me llena. Porque es lo único que me voy a llevar, lo que me dio la gente, el barrio”, dice Angélica.

Ella llegó al Marconi con cinco años, y salvo un breve período en el que se tuvo que ir con sus padres porque dejaron a una persona en su casa y se las vendió. Pero volvió y no se fue más. Su casa actual se la vendió la suegra del Canario Luna: “Me dijo: ‘Angelita, ¿querés la casa?’ le dije ‘sí’ y me dijo ‘bueno, 25 pesos’. De aquel momento, claro, 50 o 60 años atrás”.

Y al barrio un día llegó un cura, uno distinto a los otros, según lo describe. Uno sobre el que hablará el sábado, en Casavalle, en un testimonio grabado que verá el papa León XIV en su visita a la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en el barrio Borro.

“Cacho vino al barrio, estaba en (la parroquia de la calle) Possolo y vino traído por Dora Paredes, una señora que vivía en el pasaje A. Lo trajo acá, empezó a trabajar, tenía un merendero y le daba de comer a los gurises. Cuando lo vi el primer día dije ‘ta, un cura más’. Y después empezamos una amistad, pero de esas amistades que no se pueden terminar jamás”, narra.

Esa amistad, que Angélica lleva con “orgullo” y “honor”, los llevó a compartir el día a día del Padre Cacho en el barrio, a sentarse en una piedra frente a la casa del sacerdote en bulevar Aparicio Saravia y a contarse la vida: “Me contaba un montón de cosas, las preocupaciones que tenía, que Fulano o Mengano estaban mal; él quería arreglar el mundo".

View this post on Instagram

“(Al padre Cacho) lo judearon mucho, muchísimo. Le pegaron. Inclusive tengo un poema, que no lo tengo acá, que dice: ‘Fue golpeado, pisoteado, lo aceptó como Jesús, llevó con mucha paciencia esa tan pesada cruz’. Porque no le decía a nadie”, recuerda y añade: “Yo lo vi llorar a Cacho cuando a un botija acá del barrio, otro lo había matado. Eso era para él un sufrimiento tremendo”.

“Fue secuestrado, golpeado. Después, con los años, pidieron perdón, a la gente que estábamos con Cacho”, dice, con tristeza. Angélica forma parte de un grupo de gente, la comunidad Memoria Viva del Padre Cacho, que a 34 años de su muerte, buscan mantener vivo el legado del sacerdote, considerado oficialmente por la Iglesia Católica como “siervo de Dios”, el primer paso del largo camino hacia ser canonizado.

Pero para ella, “Cacho es más que un hombre, es un santo, lo santifiquen o no”. Sin importar lo que disponga el papa León, o cualquier otro. Porque para ella, el sacerdote fue un antes y un después en la vida del barrio. Cuando falleció, dice que “lamentablemente se perdió todo” en esas calles.

“Cuando Cacho se fue, cambió mucho, en todo sentido. Acá nacía un gurí, estaba Cacho para bautizarlo. Una persona estaba enferma, estaba Cacho para darle el remedio. Moría alguien, Cacho le daba la bendición. Fue santo en vida y seguirá siéndolo. Lo digo yo y muchas personas, que somos pocas las que quedamos, porque ya partió hace 30 y pico de años”, asevera Ferreira.

Al lado de la casa de Angélica, por el pasaje, hay un mural con el rostro del cura, que pintó en homenaje “un chiquilín que vivía en el barrio”.

“La vida sigue luchando, para no morir”, reza la pared, donde el rostro amable del padre Cacho está coronado por un aureola. A dos metros, en la calle, un casquillo de escopeta de calibre 12, del último tiroteo que ocurrió hace dos días, frente a la mirada atenta del cura.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos