6 de noviembre de 2026 5:00 hs

Tras su paso por Uruguay, el papa León XIV se irá con unos cuantos regalos en la bodega de su avión. Entre esos obsequios habrá una pintura, obra del artista y docente Leandro Gómez Guerrero, que le será entregada al líder de la Iglesia Católica este sábado en su visita a la Universidad Católica, una de sus actividades oficiales en su paso por el país.

La obra se titula La conversión de San Agustín y es un óleo sobre tela de 40 por 50 centímetros, tamaño pensado para que no sea una carga desmedida y para que pueda, si es de su agrado, tener como destino el entorno cotidiano del papa, en algún espacio como sus habitaciones en el Vaticano.

Que el eje de la obra sea ese santo que repartió su vida entre el norte de África (la actual Argelia, en su época parte del Imperio Romano) e Italia se debe a que el Sumo Pontífice pertenece a la orden agustina. Es, de hecho, el primer papa de esa orden en la historia.

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Gómez recibió la propuesta en mayo de este año de parte del rector de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), Julio Fernández Techera. “Me contactó en cuanto la visita del papa fue una posibilidad concreta. Ni siquiera estaba confirmada. Me dijo que le gustaría obsequiarle una obra de arte, y que fuera sobre San Agustín”, contó el artista visual a El Observador.

El autor de la obra, que es además director de la carrera de Artes Visuales en la Universidad, fue el responsable del diseño y la realización de 13 óleos en la Capilla de la UCU, un proceso que le llevó tres años de trabajo. “Tuve mucha confianza y libertad de parte del rector para encarar obras de esta temática que es en la que yo me muevo, el arte sacro. E intuyo que esa colaboración previa fue la razón por la que me plantearon esta obra, porque podrían haber llamado a cualquiera”, comentó.

Gómez, que dejó la publicidad para dedicarse al arte y “transmitir el mensaje de esa manera”, se lanzó entonces a investigar a San Agustín y a repasar cómo se lo suele representar en obras de arte.

Toma y lee

Una rápida búsqueda en internet confirma la explicación de Gómez sobre las imágenes habituales de San Agustín: un anciano, barbudo, canoso, por lo general sentado ante un libro, leyendo o escribiendo con su pluma, vestido de obispo.

Eso tiene que ver con que es habitualmente presentado como un doctor de la Iglesia, y en el final de su vida. Y así fueron las primeras referencias que Gómez buscó para su obra. Hasta que en conversación con el rector de la universidad, se planteó la posibilidad de hacer un recorrido más parecido al de la capilla, y generar una representación que sin perder la conexión con la tradición del arte sacro, fuera algo más contemporánea.

“Me gustó la idea de ir a la juventud de San Agustín y me pareció interesante representar el instante después de su conversión, que sucede a los 32 años. Ese segundo después de la revelación”, contó el artista.

La inspiración estuvo en un pasaje de las Confesiones escritas por el santo donde describe ese momento. “Hasta entonces no lo había leído y me encontré con un texto extraordinario. Es muy inspirador, pero él además lo cuenta de una forma muy coloquial”, agregó.

San Agustín siente ese llamado mientras está con un amigo, Alipio, en un jardín en Milán. Si bien es un proceso que ya viene madurando gracias a su vínculo con el obispo Ambrosio, que le hace cuestionarse la vida que lleva hasta ese momento, el santo relata que llega al punto de quiebre en esa disyuntiva entre quedarse en la comodidad de su camino recorrido hasta ese punto o dar el salto de forma súbita.

Debajo de una higuera, el futuro santo convulsiona y llora desconsolado. En esa angustia, escucha la voz de unos niños que le cantan “toma y lee”. Agustín abre la Biblia que tiene consigo y lee un fragmento de las cartas de San Pablo que le hacen tomar la decisión de convertirse.

De ahí la colección de objetos, símbolos y elementos de esta obra: algunos son habituales en los retratos de San Agustín, como el corazón en llamas que representa “el impacto que siente gracias a la palabra de Dios, y ese corazón ardiente de fe, conocimiento y ganas de purificar”.

El corazón en cuestión está atravesado por una flecha, junto al libro que sostiene el santo en sus manos. Ese conjunto (corazón flechado y libro) son el símbolo de la orden agustina, y parte del escudo de León XIV.

Desde la Edad Media, cada Sumo pontífice tiene su propio escudo heráldico, en el que incluye símbolos vinculados a su trayectoria sacerdotal y a las intenciones que trae a su papado. De allí viene ese símbolo en el óleo, así como la presencia de la frase latina “In illo uno unum”, que se traduce como “En el único Cristo somos uno”.

“Quería vincularlo con lo que León definió para su papado, por eso tomé esos elementos de su escudo”, explicó Gómez. El San Agustín de su obra, frente a la higuera, tiene un dedo marcando el libro que sostiene, indicando el despertar de su fe, mientras la otra mano está en gesto de bendición, “señalando que la recibe e inmediatamente ya la comparte”.

En su mejilla cae una lágrima, el llanto de angustia y pánico convertido en llanto de emoción, mientras que su mirada se dirige a la luz que entra a la imagen. “Fue un desafío el cómo contar esa luz de seguridad, esa luz divina”.

Detrás de la obra

El proceso de trabajo en la obra incluyó una producción fotográfica hecha en la Universidad con un estudiante de la carrera de Artes Visuales, Federico de Souza, como modelo. “Eso también tiene que ver con esto de que tuviera una cara más contemporánea. Después es relativo, capaz alguien mira la obra y siente que es una cara renacentista”, consideró Gómez.

Las 80 fotos tomadas como referencia fueron la base para el momento de la pintura, que el artista trabajó en un atelier armado en su casa. “Hubo tiempo para trabajar y ningún apuro en empezar. Lo hice disfrutando cada pincelada, y fue un ejercicio de fe y de paciencia el llegar a la forma final”, señaló.

Durante el trabajo con De Souza, Gómez le dijo una frase que después se la repitió a sí mismo durante todo el proceso: “concentrémonos en San Agustín, olvidémonos del papa”.

“Me lo dije muchas veces, porque te saca el foco y hasta te puede paralizar la duda, la cuestión de si vas a llegar a tiempo con la obra. Hay artistas que yo veo su trabajo y digo ‘no les cuesta nada, lo hacen de taquito’, pero para mí siempre es una aventura”, apuntó el pintor.

A lo largo de sus semanas de trabajo, Gómez siguió leyendo a San Agustín. “Para mí es importante ‘rezar’ la obra, entrar en contacto con quién estoy retratando y que se haga presente. Tengo que sentir eso y que está a gusto. El arte sacro es conectar con esa persona, con su vivencia, y transmitirlo en la tela”.

De ahí también que la obra tenga su firma detrás y no esté visible. “El protagonista es el mensaje, yo soy un vehículo. Si firmo rompo el clima”.

Gómez también optó por preservar la exposición de la obra hasta estos últimos días, cuando el regalo se hizo público. Además, se está trabajando en un pequeño documental que se terminará de filmar con la entrega de la pintura a León XIV.

“En esta época donde todo es inmediato, esta época de Gran Hermano donde todo está expuesto y parece que hay que contar todo, haber podido disfrutar el proceso y recién ahora poder compartirlo, es importante. Y es además un proceso muy humano, que la inteligencia artificial no puede replicar, y eso se conecta con la encíclica de este papa, la Magnifica Humanitas”.

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