6 de noviembre de 2026 5:00 hs

El papamóvil avanza por las calles de Montevideo. A su paso hay banderas, celulares levantados, personas que se persignan y otras que simplemente observan. Algunos llegaron desde el interior para ver de cerca a León XIV. Otros se acercaron por curiosidad, por el acontecimiento histórico o porque, aunque no participen de ninguna iglesia, reconocen en la figura del papa algo que trasciende lo estrictamente religioso.

En la Plaza Independencia, el pontífice se encuentra con un país que tiene una particularidad difícil de encontrar en el resto de América Latina. Es una sociedad que recibe con honores a la máxima autoridad de la Iglesia Católica, pero en la que la religión ocupa un lugar relativamente pequeño en la vida cotidiana de buena parte de sus habitantes.

La paradoja no es nueva. Uruguay convirtió la Semana Santa en Semana de Turismo, la Navidad en Día de la Familia y hace más de un siglo separó constitucionalmente a la Iglesia del Estado. Pero ahora hay datos que permiten medir con mayor precisión qué lugar ocupa la fe en la vida de los uruguayos y, sobre todo, cómo ha cambiado esa relación.

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El Observador accedió a los resultados aún no publicados del Barómetro de las Américas, un estudio regional que permite comparar la importancia que las personas le asignan a la religión. La última medición uruguaya, correspondiente al último año, deja una primera fotografía contundente: casi la mitad de los habitantes considera que la religión tiene poca o ninguna importancia en su vida. No importa de qué religión se esté preguntando.

Lo más interesante está en la evolución: porque si bien no hay grandes variaciones entre las mitades, sí hay un aumento del “poco” importante en desmedro del “nada” relevante. Y una caída del “muy” importante dándole un crecimiento al “algo” significativo. Eso abre una pista: en Uruguay son menos de la mitad los que logran encasillarse en una religión concreta, pero son más los que admiten tener alguna religiosidad aunque por fuera de las instituciones. El que prende una vela por las dudas, el que limpia una casa con palo santo, el que no come carne el Viernes Santo por tradición.

Es una distribución que distingue a Uruguay de América Latina y entre ellos de los otros países que visitará León XIV. En Perú, el 86,31% considera que la religión es muy o algo importante. En Argentina, de acuerdo con la medición, esa proporción llega al 63,56%. Uruguay queda casi 34 puntos porcentuales por debajo de Perú y 11 por debajo de Argentina.

La diferencia es particularmente llamativa si se tiene en cuenta que se trata de países que comparten buena parte de su historia, sus tradiciones y sus raíces culturales.

Creer sin pertenecer a una iglesia

Una investigación anterior de El Observador, basada en la Encuesta de Generaciones y Género y en más de 7.000 entrevistados, había mostrado que casi la mitad de los uruguayos no se identifica con ninguna religión.

Pero eso no significa que todos sean ateos o agnósticos. En Montevideo y la costa sureste, los ateos, agnósticos y creyentes que no se identifican con instituciones religiosas superan a la mitad de la población. En la frontera con Brasil, en cambio, los evangélicos tienen una presencia mucho más importante y superan el 20% de los adultos.

La religión en Uruguay también tiene geografía. El catolicismo encuentra mayor resistencia en departamentos del centro-sur, como Flores, Florida y Lavalleja, donde convive con tradiciones populares como las peregrinaciones a San Cono, la Virgen del Verdún y la Virgen de los Treinta y Tres. Esta última será visitada por el papa.

La antropóloga Magdalena Milsev y la investigadora Valentina Pereira han advertido sobre esa particularidad uruguaya: una sociedad que combina una temprana laicización estatal, el debilitamiento de las autoridades religiosas y formas de creer autónomas, poco institucionalizadas.

Hay quienes no pisan una iglesia, pero agradecen antes de dormir. Quienes no se consideran católicos, pero peregrinan hasta una virgen. Quienes hablan de energías, del universo o de espiritualidad sin sentirse representados por ningún credo.

En esa misma dirección apunta otro dato: según el Latinobarómetro, apenas uno de cada diez uruguayos se considera católico practicante o muy practicante. Cuando se pregunta a qué religión pertenece, está cerca de un tercio. Pero la tendencia es a la baja.

La religión también entra al Parlamento

Que la fe no sea central para buena parte de la población no significa que haya desaparecido de la vida pública. Incluso en el país que más avanzó en la separación entre Iglesia y Estado, que fue pionero en la despenalización del aborto y la eutanasia por ley, la religión conserva una influencia política que puede resultar menos visible de lo que parece.

Un relevamiento de El Observador entre los legisladores al fin de la legislatura pasada encontró que el 46% se identifica como católico. Es una proporción superior a la registrada entre la población general, donde la Encuesta de Generaciones y Género había ubicado a los católicos en torno al 36%, igual que el Latinobarómetro.

La diferencia también aparece cuando se observa el comportamiento electoral. Una encuesta de El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar y el estadístico Juan Pablo Ferreira, con más de 2.100 casos efectivos, encontró que más del 62% de quienes votaron al Frente Amplio en las últimas elecciones no tiene religión.

En el Partido Nacional, en cambio, esa proporción cae por debajo del 28%. Entre los votantes blancos, seis de cada diez se identifican como católicos.

La religión, entonces, no necesariamente organiza la vida cotidiana de la mayoría de los uruguayos, pero sigue teniendo vínculos con las identidades políticas, las discusiones morales y algunas tradiciones culturales.

El desafío de hablarle a un país diferente

La visita de León XIV tiene una dimensión que excede a los católicos practicantes. Uruguay recibirá al pontífice en una sociedad donde la pertenencia religiosa es cada vez menos determinante, pero donde todavía existen expresiones de fe, tradiciones y búsquedas espirituales que no siempre se traducen en la asistencia a una iglesia.

El desafío para la Iglesia Católica es hablarle a una sociedad que no necesariamente rechaza la religión, pero que tampoco siente que la necesita para organizar su vida.

Quizás por eso la imagen del papa en Montevideo tenga algo de paradoja. Mientras miles de personas buscan acercarse a él, millones de uruguayos seguirán con su rutina habitual. Algunos lo verán por televisión, otros pasarán de largo y habrá quienes se acerquen sin saber exactamente por qué.

No es necesariamente un país sin fe. Es un país en el que la fe dejó de ser una respuesta colectiva y, para muchos, se convirtió en una búsqueda individual.

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