7 de noviembre de 2026 20:20 hs

El papa León XIV pidió este sábado a los jóvenes uruguayos que se animen a “dar el paso casándose y formando una familia”, y les dijo: “No le teman al ‘para siempre’”. A los matrimonios les pidió que “abran su casa a la vida”

El pedido a los matrimonios incluyó una advertencia sobre el entorno: que abran su casa a la vida “incluso cuando el mundo” les diga que “un hijo es una carga”.

El discurso lo plantea frente a un escenario en el que, según el texto, la fe “ha dejado de transmitirse con la naturalidad de generaciones anteriores”.

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También habló de la vocación religiosa. Si alguien siente que Cristo lo llama “a dejarlo todo para seguirlo en el sacerdocio o en la vida consagrada”, dijo, que “no ignore esa voz por miedo a perder otras posibilidades”.

León XIV enumeró actitudes cotidianas: “Cuando ser justo y honrado tenga un precio, páguenlo”. Y siguió: “Cuando perdonar parezca una derrota, perdonen”. Pidió además “no tengan miedo de hacerse los últimos” y entregar “tiempo, dinero, comodidad y proyectos” para servir a los demás.

El objetivo, explicó, es que quien los mire se pregunte: “¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esta libertad? ¿Por qué se aman tanto?”. Según el papa, así puede despertarse en otros “el deseo y la búsqueda de Dios”.

Secularización y fe de minoría

El papa ubicó estos pedidos en “el avance de la secularización y de una indiferencia religiosa cada vez más extendida”. Señaló que crece el número de personas que viven buena parte de su vida “sin una relación habitual con la Iglesia”.

Sobre Uruguay, afirmó que los creyentes del país “han tenido que aprender a vivir y anunciar su fe” en ese escenario. Por eso su experiencia puede ayudar a otras comunidades que empiezan a descubrir “qué significa ser una minoría”.

Como imagen usó la ciudad bíblica de Belén, y pidió que no se confunda pequeñez con insignificancia: “Para iluminar mucho no hace falta ser muchos, sino reflejar la luz del Señor”. Llamó además a evitar “una vida simplemente correcta” y “una fe de costumbre”, y cerró con un “¡Sean santos!”.

Antes hablaron el cardenal Sturla, arzobispo de Montevideo, y Federica, Giovanni y la familia Gutiérrez Hernández, que compartieron sus testimonios.

Aquí está el discurso del papa León XIV en el Estadio Centenario

Queridos hermanos y hermanas, querido Uruguay: ¡buenas noches!

Doy gracias a Dios por la oportunidad que me da de encontrarme aquí con ustedes. Agradezco también al cardenal Sturla, arzobispo de Montevideo, las palabras de bienvenida que me ha dirigido, así como a Federica, Giovanni y la familia Gutiérrez Hernández la sinceridad con la que han compartido sus testimonios. Sé que, detrás de lo que puede verse en una visita breve, hay años enteros de fidelidad. Pienso en las familias que han transmitido la fe, en los sacerdotes y consagrados que han entregado su vida, en los laicos —muchos de ellos jóvenes— que sostienen sus comunidades y en tantas personas que se ponen al servicio de los demás por amor a Dios. Gracias por haber hecho presente a Jesucristo en tantas vidas. Él nos eligió para que vayamos y demos fruto (cf. Jn 15,16), y quizá mucho de ese fruto permanece allí donde nosotros mismos ni siquiera alcanzamos a verlo. La Iglesia les está profundamente agradecida.

Estar con ustedes esta noche me permite compartir una reflexión sobre algo que hoy experimentan muchas comunidades cristianas: el avance de la secularización y de una indiferencia religiosa cada vez más extendida. En muchos lugares, la fe ha dejado de transmitirse con la naturalidad de generaciones anteriores y crece el número de quienes atraviesan buena parte de su vida sin una relación habitual con la Iglesia ni con la práctica religiosa. Los creyentes que peregrinan en Uruguay han tenido que aprender a vivir y anunciar su fe en ese escenario, como hemos podido escuchar esta noche. Por eso, su experiencia puede ayudar a hermanos y hermanas en otras partes del mundo que comienzan a descubrir, de distintas maneras, qué significa ser una minoría. Pero, aun en estas circunstancias, hay quienes perseveran: padres que rezan con sus hijos, profesores que procuran vivir y testimoniar la fe, jóvenes que han descubierto a Cristo y desean seguirlo incluso cuando se sienten solos, comunidades que continúan reuniéndose y sacerdotes que recorren grandes distancias para llevar los Sacramentos a los fieles. Al pensar en todo esto, me venía una y otra vez a la memoria una pequeña ciudad bíblica: Belén.

El profeta Miqueas la había llamado «pequeña entre los clanes de Judá» (5,2); san Mateo, en cambio, dirá: «De ningún modo eres la menor» (2,6). Belén seguía siendo pequeña. Nada había cambiado en su tamaño ni en su importancia política. Quizá Belén pueda enseñarnos algo sobre esta realidad: cuando somos pocos, cuando disminuyen las fuerzas o cuando comprobamos que nuestra presencia social ya no es la misma, existe el riesgo de empezar a juzgar nuestra situación con criterios muy humanos. El Evangelio nos invita a mirar de otro modo. Dios escogió Belén, y esa elección basta para que no identifiquemos pequeñez con insignificancia.

Basta pensar en la Eucaristía: ¡el Señor del universo presente bajo las humildes apariencias del pan y del vino! Esa misma lógica divina se manifiesta ya en su nacimiento. San Lucas nos cuenta que, llegado el momento del parto, «no había lugar para ellos» (2,7). Todo estaba ocupado. Quizá podemos ver en esta frase una imagen de la indiferencia actual. La vida se llena de ocupaciones, afectos, proyectos y distracciones, hasta que la ausencia de Dios deja de sentirse como ausencia. Se puede llegar a vivir sin buscarlo y, más aún, sin advertir cuánto lo necesitamos.

Sin embargo, Cristo viene, pero la casa está llena. No hay lugar dentro y termina recostado en un pesebre; poco después, Herodes intentará acabar con Él, incapaz de soportar un reinado que no controla. Hay algo de Belén que sigue repitiéndose: Dios puede ser considerado innecesario y la fe confinada al ámbito privado, como si nada tuviera que aportar a la vida en común. Cuando se pretende construir un mundo sin Dios, se corre el riesgo de dejar también al hombre sin lugar. Pero nada de eso cambia la realidad: aquel Niño es Dios y viene a salvar-nos. Y en ese “nos” estamos todos, porque la indiferencia puede entrar también, poco a poco, en la vida de quienes creemos.

Belén nos hace una pregunta muy sencilla: ¿hay lugar para Él? Lugar en nuestro tiempo, en nuestra lógica, en nuestros hogares; lugar para escucharlo, para recibir su perdón, para dejarnos corregir por su Palabra. Necesitamos custodiar a Cristo en el centro de nuestra vida mediante la oración, la Misa, la Confesión y la lectura meditada del Evangelio. Todos hemos de volver una y otra vez a ser discípulos. Si queremos que otros encuentren a Cristo, necesitamos conocer personalmente el camino hacia Belén.

A Belén fueron también unos Magos que habían visto un astro desde lejos. No eran expertos en las Escrituras, no sabían dónde terminaría su viaje y ni siquiera podían explicar aquello que buscaban. Pero aquella luz despertó en ellos una inquietud que los puso en camino. Queridos amigos: ustedes, con humildad y sencillez, pueden reflejar la luz de Cristo en su vida. Tal vez haya personas que nunca abran una Biblia por iniciativa propia, que lleven años sin pisar una iglesia o que ni siquiera sepan decir si creen en Dios. Pero, viéndolos a ustedes, puede despertarse en ellos el deseo y la búsqueda de Dios, pueden descubrir que vale la pena jugarse la vida.

Jóvenes, ustedes mismos atrévanse a dar el paso casándose y formando una familia. ¡No le teman al “para siempre”! Matrimonios, abran su casa a la vida, incluso cuando el mundo les diga que un hijo es una carga. Si alguno siente que Cristo lo llama a dejarlo todo para seguirlo en el sacerdocio o en la vida consagrada, no ignore esa voz por miedo a perder otras posibilidades. Cuando ser justo y honrado tenga un precio, páguenlo. Cuando perdonar parezca una derrota, perdonen. Cuando todos les digan que piensen primero en ustedes mismos, no tengan miedo de hacerse los últimos; sean capaces de entregar tiempo, dinero, comodidad y proyectos para servir a los demás. Que quien los mire pueda preguntarse: “¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esta libertad? ¿Por qué se aman tanto?”.

La estrella que vieron los Magos no era la meta. Su misión era conducir a Belén, donde está Cristo. Si nuestra vida despierta una pregunta, habrá dado fruto cuando esa pregunta guíe a alguien hasta Jesús. Para iluminar mucho no hace falta ser muchos, sino reflejar la luz del Señor.

San Lucas nos lleva ahora a otra escena: unos pastores que pasan la noche cuidando de sus rebaños. No han seguido a la estrella, no han emprendido ningún viaje ni parecen estar buscando nada. Están sencillamente en medio de su vida, haciendo lo que hacen cada noche. Y es precisamente allí donde Dios sale a su encuentro: «No teman, porque les anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo» (2,10). En este anuncio se inspira el lema de mi visita entre ustedes.

Dichas palabras deberían ocupar siempre un lugar central en la vida de la Iglesia. Las buenas noticias necesitan testigos. Y nosotros hemos recibido una que merece ser gritada al mundo: ¡Jesucristo! ¡El Hijo de Dios se ha hecho hombre! ¡Es Dios con nosotros!

Por Él sabemos que el pecado puede ser perdonado. Podemos acompañar a quien está muriendo y decirle que su vida no terminará en la nada. Podemos llevar pan y vino al altar y recibir su Cuerpo y Sangre. Podemos decirle a quien ha caído: “levántate, todavía puedes comenzar de nuevo”. ¡Miren lo que se nos ha confiado! ¡Jesucristo es nuestra esperanza! La sociedad puede encontrar en otras instituciones muchas cosas muy valiosas, pero ninguna puede sustituir el anuncio de que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, el odio, la violencia, la guerra y el pecado. Esa es la alegría que llevamos, esa es la alegría que el Papa viene a recordarles.

Notemos que el ángel añade que dicha alegría está destinada a «todo el pueblo». No dice “para quienes estaban esperándolo”, ni “para los que sean perfectos”. Algunas personas, como los Magos, ya están buscando y debemos acompañarlas en su camino. Otras, en cambio, como los pastores de Belén, no están buscando nada. A ellas, esa alegría tiene que ir a encontrarlas en medio de su noche.

Los pastores, después de escuchar el anuncio, se dijeron: «Vayamos a Belén» (Lc 2,15). Allí encontraron a María, a José y al Niño. El evangelista añade que volvieron a sus campos «glorificando y alabando a Dios» (Lc 2,20). Volvieron al mismo trabajo, a los mismos caminos, probablemente a los mismos problemas. Pero ellos ya no eran los mismos. Habían encontrado a Cristo.

Queridos amigos: ¡que este encuentro sea como Belén para que ustedes vuelvan a su vida de otra manera! Que Cristo entre de verdad en lo que hacen, en lo que aman, en lo que eligen, también en aquello que nadie ve. ¡Sean santos! No se conformen con una vida simplemente correcta ni con una fe de costumbre que se contente con lo indispensable. No le den a Dios solamente una parte de ustedes, ¡dense por completo! Santos significa hombres y mujeres que rebosan de la abundancia de vida en Cristo, libres y auténticos, personas cuya vida hace antojable un sí rotundo al amor, a la verdad, a la felicidad. No tengan miedo de aspirar a eso. Cristo no nos llamó a la mediocridad, nos llamó a una vida nueva y plena como la suya.

Queridos hermanos y hermanas, querido Uruguay: ¡que se note que hemos estado en Belén! Que se note que Cristo vive y que encontrarse con Él hace la diferencia. Aquel mismo Jesús que nació en Belén, que murió y resucitó, vive para siempre y permanece con nosotros. Nos espera realmente presente en la Eucaristía. ¡Qué hermoso que Belén signifique precisamente “casa del pan”! Allí nació quien se nos daría como Pan de Vida. Y hoy podemos seguir encontrándonos con Él, tan cercano y tan humilde, en cada sagrario. Búsquenlo allí, en la adoración eucarística. Hablen con Él como con un amigo y déjense mirar por Él.

Pongamos también nuestra vida bajo la mirada de Nuestra Señora de los Treinta y Tres. Que Ella, Estrella de la mañana, que nos conduce hacia su Hijo, nos enseñe a reconocerlo y a seguirlo. Pidamos al Señor la gracia de responder siempre, como Ella, a su llamada: Heme aquí Señor, he aquí tu siervo, tu sierva, ¡hágase en mí lo que Tú quieras!

Muchas gracias.

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