Santiago Echeverría no quería ir a ver al papa. Su madre, Rosario Pereira, sabía que la espera podía hacerse larga, que habría mucha gente y que la actividad podía resultar agotadora para un niño de 11 años con trastorno del espectro autista (TEA). Pero cuando llegaron a buscarlos desde Fundapass, la organización que les había extendido la invitación, decidió preguntarle una vez más y Santiago cambió de opinión. Prepararon a Urko, su perro de asistencia, y salieron rumbo a Plaza Independencia.
Unas horas después, aquel niño que había dudado en salir de su casa caminó directamente hacia León XIV, lo llamó "papa" y lo abrazó. El pontífice le devolvió el gesto con una naturalidad que sorprendió a su madre, que terminó llorando de emoción.
La escena fue una de las más conmovedoras de la ceremonia de bienvenida al pontífice en Uruguay. Entre los saludos protocolares, las autoridades y las cámaras que seguían cada movimiento de León XIV, Santiago se acercó con la espontaneidad de quien no necesita demasiadas explicaciones para demostrar afecto. Había llevado una carta y, antes del encuentro, su madre le había preguntado si quería darle un abrazo al papa.
"Cuando llegó el momento, él agarró y fue directamente. Le dijo 'papa' y lo abrazó", contó la madre a El Observador. La respuesta fue inmediata: "Lo abrazó naturalmente, totalmente natural desde las dos partes". Poco después, un integrante de la comitiva papal sacó de su bolsillo un pequeño sobre que contenía un rosario y se lo entregó al niño.
La historia de Santiago y Urko, el perro que lo acompaña desde hace tres años
Detrás de aquel abrazo hay una historia que comenzó mucho antes de la llegada del papa a Montevideo. Santiago recibió el diagnóstico de TEA cuando tenía tres años y, durante la pandemia de covid-19, su familia se inscribió en Fundapass para acceder a un perro de asistencia. La espera se prolongó durante cinco años, hasta que finalmente llegó Urko, que desde hace tres años vive con ellos. El vínculo con la fundación continuó a través de su entrenadora y de las actividades que organiza la institución, una de las elegidas para participar de la recepción al pontífice.
La invitación, sin embargo, no garantizaba que Santiago pudiera disfrutar de la jornada. Su madre temía que el tiempo de espera y la cantidad de estímulos terminaran por incomodarlo, pero ocurrió lo contrario. El niño participó de la actividad previa junto a integrantes de Fundapass, compartió el espacio con otros perros y conversó con las personas que estaban a su alrededor.
"Yo pensé que de repente no iba a tolerar la actividad, porque me parecía que iba a pasar mucho tiempo, pero se entretuvo", celebró su madre. Santiago, a quien describe como un niño muy sociable y comunicativo, esperó hasta que llegó el momento del encuentro.
Para su familia, lo extraordinario de aquella tarde no estuvo solamente en haber conseguido un abrazo del líder de la Iglesia católica. También estuvo en todo lo que sucedió antes: en la decisión de ir pese a las dudas iniciales, en la espera que transcurrió sin dificultades y en la posibilidad de disfrutar de una experiencia que su madre había imaginado mucho más compleja. "Fue como inesperado y aparte fue muy fluido por parte de Santiago", resumió.
La pregunta de Santiago al ver llorar a su madre
Cuando regresaron a casa, Santiago quiso volver a mirar lo que había ocurrido. Vio los videos, repasó las fotografías y disfrutó de las imágenes que otras personas le enviaron a su madre. Entre tantos recuerdos de aquella tarde, hubo algo que le despertó una pregunta: ¿por qué su mamá había llorado?
La mujer le explicó que estaba emocionada y, ante la curiosidad del niño, encontró una manera sencilla de poner en palabras lo que había sentido: "A veces no se llora solo por cosas que pasan, a veces se llora por emoción". Santiago había visto sus lágrimas, pero quizás no alcanzaba a dimensionar todo lo que significaba para ella aquella secuencia que comenzó con un "no quiero ir" y terminó con un abrazo al papa.
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Su madre todavía repasaba la jornada con sorpresa cuando habla con El Observador. No solo por la reacción de León XIV, sino porque Santiago había disfrutado de principio a fin de una actividad que, unas horas antes, parecía improbable. "Se pasó precioso y él lo pudo disfrutar", contó.
En Plaza Independencia, mientras las cámaras registraban la llegada de una de las figuras religiosas más importantes del mundo, Santiago protagonizó una escena que no estaba escrita en ningún protocolo. Se acercó, llamó al papa y lo abrazó. Después volvió a su casa con un rosario y una historia para contar. Su madre, en cambio, se llevó también la emoción de haberlo visto animarse a vivir algo que ninguno de los dos había imaginado cuando comenzó el día.