1 de agosto de 2026 5:00 hs

Es miércoles de tarde y el barrio tiene piso de barro por las lluvias del día anterior. Una mujer de 40 años practica equilibrismo intentando cruzar Senda 8 y grita a sus vecinos de Unidad Casavalle: "¡Tas loco! Es inhumano esto".

A pocos metros, parada en una isla de asfalto entre la cancha del Club Atlético Rosario y el salón Nuestra Señora del Rosario que oficia de merendero, Silvana la mira y habla con El Observador: “El otro día me maté ahí. Salí a trabajar a las 5 de la mañana, me resbalé y era un asco. Tuve que volver a casa y avisar que llegaba tarde. Los gurises para ir a la escuela tienen que ponerse bolsas de nylon en los pies”.

Patricia, una de las referentes del comedor, lamenta que la noche anterior no pudieron servir alimentos. “No se podía transitar, no podían llegar, estaba imposible”, cuenta, y reclama que se pavimenten las calles y se ponga el saneamiento.

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Merendero de Unidad Casavalle

Merendero de Unidad Casavalle

“Acá es un drama. Se vive en situaciones paupérrimas: sin baño, con ratas, insectos, humedades, sin piso. Nadie se hace cargo, puros versos, (las autoridades) dicen tal fecha, tal fecha. Los vecinos están cansados de tomar mate con las autoridades y que nadie haga nada”, se suma a la conversación Pablo Coimbra, el sacerdote que encabeza la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe en el Borro, pero que trabaja también con los barrios aledaños.

El comedor es una de las obras que impulsó la iglesia católica y llevan adelante los vecinos en los barrios que integran la cuenca de Casavalle. Enfrente hay otra: la cancha -cercada e iluminada- donde todos los días se practica fútbol y voleibol.

Cancha del Club Atlético Rosario, en Unidad Casavalle

Cancha del Club Atlético Rosario, en Unidad Casavalle

Casavalle es la zona más pobre de Montevideo y, al mismo tiempo, la que mayor densidad de obras y parroquias católicas tiene. Quizá por eso la iglesia decidió que el papa León XIV visite el lugar durante su breve estadía en Uruguay en noviembre.

“Acá (en el Borro) tenés el Hogar de las Hermanas de Calcuta y el Colegio Santa Bernardita; en Lavalleja tenés a Tacurú; al liceo Jubilar en la Gruta de Lourdes; en Plácido Ellauri, tenés CADI (Centro de Apoyo al Desarrollo Integral), Los Rosales, Los Pinos; en el Marconi tenés la obra Banneux, enfrente la escuela de Oficios Don Bosco. Además tenés muchos CAIF, cinco parroquias y 12 capillas que están trabajando permanentemente con la gente”, enumeró Coimbra, párroco de Nuestra Señora de Guadalupe.

Según explicó el sacerdote, la idea es que el papa se encuentre con los vecinos y con cada una de las obras durante un acto en la plaza ubicada sobre Camino Leandro Gómez, frente a la parroquia en la que él trabaja y vive.

Plaza del Borro donde se realizará el acto con el papa León XIV

Plaza del Borro donde se realizará el acto con el papa León XIV

La pobreza y la metralleta

Unidad Casavalle es un laberinto para los visitantes. Los pasadizos, tan estrechos como una persona, conectan las calles y son puerta de entrada para precarias y diminutas construcciones.

Es temprano en la tarde y los vecinos están fuera de sus casas. El único ruido que molesta y sobresale, como en cualquier barrio de Montevideo, son las motos con el caño de escape recortado. En este barrio de “zona roja” no se percibe inseguridad ni violencia. Aún faltan varias horas para que suenen los tiros.

“Aunque no creas, las ráfagas de metralletas son frecuentes. Todas las noches ¡Ra ta ta ta ta ta! Lo hacen para marcar territorio, decir: 'hasta acá llegás'. Si cada bala que se tira acá muere una persona, el Uruguay desaparece”, dice el sacerdote, mientras muestra cómo ir desde el merendero hasta la parroquia a través de los pasajes.

Camina por Camino Leandro Gómez y recibe el saludo de casi todos los que se cruza, desde la mujer habitué de las misas hasta el borracho del barrio. Zigzagueante, el hombre alcoholizado intenta balbucear y no le sale nada de la boca. “¿Qué estás tomando? ¿Jugolín?”, lo bromea Coimbra, mientras pasa a su lado y le señala la botella de agua con restos del inconfundible líquido violeta. Segundos después, cuando el sacerdote ya está varios metros más adelante, el borracho logra pronunciar su primera frase: “Como este cura no hay”.

Coimbra recibe a El Observador en una oficina -ubicada junto a la parroquia- abarrotada de imágenes religiosas y dibujos presumiblemente realizados por niños del barrio. Sobre la mesa ratona, su computadora y unos planos de edificios ocultan parcialmente una imagen del Padre Cacho, el fallecido cura que en 1978 decidió irse a vivir a un rancho de chapa y maderas en Plácido Ellauri -también dentro de Casavalle-.

“El Nuncio Apostólico, que es el representante del papa acá, me pidió que armara un proyecto para presentar en la Fundación Papal. Siempre que el Papa va a algún lugar deja una contribución. Estoy a contrarreloj armando el proyecto para que pueda contribuir para armar alguna casa”, explica Coimbra.

Los planos son del proyecto Familias de Guadalupe, un complejo de viviendas que la iglesia está construyendo a pocas cuadras de allí para que 12 familias cercanas a la parroquia puedan vivir en comunidad.

“La idea es que vivan con los valores cristianos. Se las selecciona especialmente por su capacidad de convivencia, porque hay personas muy buenas, pero que detrás tienen una familia que es un desastre: un hermano que se droga, que delinque. Entonces no se puede convivir con ellos. Para las que están hacinadas y pueden convivir, se propone una vida más comunitaria”, explicó.

Complejo Familias de Guadalupe que construye la iglesia sobre Camino Leandro Gómez para 12 familias del Borro

Complejo Familias de Guadalupe que construye la iglesia sobre Camino Leandro Gómez para 12 familias del Borro

No es el único plan de la iglesia para el barrio. El proyecto Viviendas Mejores “arregla casas que están hechas bolsa”. “Ya se han reparado más de 60 casas. Se hacen baños, se agrandan las casas, se hace el piso, la instalación eléctrica”, detalló.

El otro programa se llama Vivienda Digna. Este plan implica construir una casa de unos 50 metros cuadrados a familias que viven en condiciones “terribles”. “Se tira abajo el rancho, o se pone al lado, y se levanta una casa”, explicó Coimbra. El Observador visitó una de las 20 que se hicieron. Allí, una familia espera ansiosa que terminen las obras para abandonar el cuartito con piso de barro que es sostenido por una viga.

Otro punto de la “pastoral social” de la parroquia es el respaldo a jóvenes que tienen “potencial” en el estudio y se les financian las becas en distintos colegios y universidades católicas.

La asistencia de la iglesia no se limita al dinero: “Acá no solo hay pobreza material. Hay pobreza humana, moral y espiritual. Todo es un deterioro generalizado. La iglesia contiene, alienta, sostiene, consuela. Acá el sufrimiento está muy a flor de piel, es muy salado. 'Me mataron un hijo', de ahí para arriba lo que quieras. Te cuento un día en el Borro: Uno estaba colgado intentando colgarse de los cables, sufrió un choque eléctrico, cayó muerto. Reventó el cable, había una niña de 10 años al lado de una reja, queda electrocutada y termina en CTI. El barrio se queda sin luz, la gente prende cosas para calentarse y se incendian dos ranchos. Todo esto es fruto de la pobreza”.

Así las cosas, el sacerdote asegura que “cada día es una aventura completa” y que, como “la parroquia es una casa más”, los “problemas del barrio terminan desembocando” allí. “Saben que la parroquia siempre está y saben que acá los van a atender”.

Si son un vecino más, ¿cómo vivís la violencia del barrio? ¿has sufrido algún problema?

Tuve un par de situaciones. No falta el que está para el delito, el que es consumidor y no mide consecuencias y te viene a pedir y a exigir. Bueno, hasta acá llegaste, yo le pongo los límites. Eso trae otro paso, sumado al tema de la frustración y todo lo demás, que genera la reacción violenta. De mi parte lo que recibe es defensa, yo me defiendo.

¿Qué significa?

Y si me decís algo te digo el doble. Y si me atacás, te ataco.

¿Y si te pega una piña?

Y te pego yo. Disparado no salgo. Porque también en ese sentido, si llamás acá a la policía, no va a venir. Acá la gente llega a un punto que se tiene que autodefender. No hay medios: O te defendés vos o no te defiende nadie. Llega a un punto que es un acto de defensa. Legítima defensa, como se dice.

¿Sufriste amenazas de muerte?

Las amenazas son verbales. 'No vayas para allá abajo porque te abro al medio'. A los cinco minutos estaba allá abajo. Y al individuo le dije: 'vení, acá estoy. ¿Qué problema tenés? ¿Cómo me vas a abrir al medio?'. Entonces el tipo baja la pelota. Con otro caso también que me enfrenté, que era uno que estaba robando acá y en otras casas sistemáticamente. Fui y lo enfrenté en la calle. Ya se conoce quién es, el nombre, apellido, dónde vive. Tengo 13 denuncias hechas a la Policía y es como no hacérselas a nadie, porque el que tiene padrino dicen que no muere infiel. Y es así, se imaginan cómo es la cosa acá. La Policía no lo toca y si lo agarra, por casualidad, enseguida sale. No debe sorprender a nadie. Lo vivimos a diario. Como no había caso con este, me lo encuentro en la calle y lo enfrento: 'Bueno, dejate de robar a los vecinos'. Ahí fue que me amenazó verbalmente que me iba a matar y no sé qué. Y fui y le hice la denuncia por amenaza de muerte. No es que nos golpeamos ni nada. Fue echar en saco roto: no lo ubican, no saben quién es…

Las abuelas abandonadas

A pocas cuadras de la parroquia, por Isidro Mas de Ayala, cinco monjas de la congregación Misioneras de la Caridad -organización fundada por Teresa de Calcuta- sostienen un hogar para ancianas.

“Es el hogar de las abuelas abandonadas. No tienen parientes, solo una tiene una hija, después no tienen a nadie. Ni jubilación, nada”, cuenta a El Observador Teccy, que nació en Calcuta (India) y hace seis años vive en Montevideo.

Ella es la madre superiora y vive junto a otras cuatro monjas de Argentina, Chile, Filipinas y Honduras.

En el hogar viven 24 mujeres, que un miércoles a la tarde están sentadas tejiendo y escuchando la radio. En el cuarto están las tres ancianas con un estado de salud “delicado”, asistidas por la paciencia de una monja y un grupo de trabajadoras.

“Hay muchas más que quieren venir, no se puede. Vienen por el hospital, por el barrio y por gente que nos conoce y ven que no tienen nada ni nadie”, cuenta la superiora.

Además de las “abuelas”, las hermanas también asisten a personas en situación de calle. “Los lunes los atendemos. Les damos el desayuno cuando llegan, les damos ropa, se pueden bañar con agua caliente, se pueden cortar el pelo. Después tienen catequesis, es importante enseñarles a ellos también. Luego les damos el almuerzo”, explica.

“Estar en la calle no es tan fácil. Como dice alguno de ellos: 'hermana, venir aquí es un pedazo de cielo para nosotros'. Sabemos que acá ellos vienen y duermen ahí que hay solcito. Saben que aquí pueden estar tranquilos”, dice Teccy.

La visita del papa

“Estamos ansiosas por la venida del papa”, dice una de las cuatro feligresas que llegó 30 minutos antes a la misa diaria. “Habiendo tantos países, algunos con muchos más católicos, viene a Uruguay primero. Es una bendición enorme”, suma otra.

Si puede acercarse a León XIV, Marta no duda en qué hará: “Le besaría los pies por mi nieta y por mi hija, que son un milagro y un testimonio vivo. Hoy mi nieta Francesca Milagros tiene ocho meses. El embarazo estaba normal y cayó en CTI cuando estaba de cuatro meses y medio. Los médicos querían sacar a mi nieta, querían que yo firmara para sacarla. Yo no lo hice, porque la vida la dio Dios y yo no soy quién para sacarla. Se puso a la comunidad de oración, llegó a todo el mundo y se salvaron las dos. Estoy re agradecida”, cuenta.

A otra de ellas le gustaría que pudiera acercarse a Samuel, su nieto de 8 años que es monaguillo y “quiere ser sacerdote y papa”.

Enrique, que está pateando una pelota con un niño en la entrada de la parroquia cuenta cómo se enteró de la noticia: “Me lo dijeron un lunes y la próxima misa era el miércoles. Cuando Pablo abrió el portón, le di un abrazo. Como locatario, es una alegría tremenda que venga al barrio”.

En el hogar de ancianas, Teccy celebra: “Es una gran bendición para nosotros, una sorpresa, nadie puede creer, nadie puede creer, ninguna de las abuelas. Las abuelas me dicen: 'Viene Santo Padre'. Me preguntan si podemos tocarlo. 'No sé', les digo. Lo importante es que viene a nuestro barrio”.

Coimbra coincide en que es una "bendición para el barrio". "Es oportunidad para que la iglesia se reivindique en lo que ella hace y que, si ella no está, nadie haría. Pero más allá de eso, habla de una iglesia cercana: el mismo papa, la autoridad máxima de la iglesia, viene, pisa tierra uruguaya, y quiere venir a un barrio como este, que hay muchos uruguayos que no quieren venir".

Silvana, referente del barrio, ansía que el papa “traiga su bendición para cambiar esto”. “Ves en la tele que mencionan al Borro con todo lo malo: muerte, tiroteos. Y acá estamos... dándole de comer a uno, ayudando a otro, tratando que el barrio salga adelante, tratando de no estar así. De tener un barrio mejor, con veredas, calles, saneamiento. Ojalá el papa traiga la bendición, porque es horrible”.

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