Moisés, desde la cárcel: "No soy un asesino, el daño nos va a quedar de por vida"
El 8 de abril la jueza María Noel Odriozola dictará la sentencia de Moisés por el homicidio de su padre, a quien mató de 15 disparos después de padecer años de abusos y torturas; la fiscalía pidió 18 años de cárcel, mientras que la familia pelea por la absolución
El dibujo que Moisés le hizo a su hija durante la visita del viernes.
La puerta corrediza se abre y los presos empiezan a salir en pequeños borbollones hacia el hall. Van todos con las caras rígidas, con los ojos fijos. Escanean otras caras mientras caminan sin detenerse. Buscan la mirada de alguien. Una madre, un hijo, un amigo: alguien que esté esperándolos.
Mercedes se mantiene mirando hacia la puerta, entre las primeras de la multitud que, igual que ella, esperan el reencuentro.
Es viernes 27 de marzo. La visita empezaba a las dos de la tarde, pero el sistema informático se había caído y decenas de personas tuvieron que esperar en la fila más rato del previsto. No se sabe cuánto, porque en las cárceles el tiempo se detiene. No hay relojes, no hay celulares, no se sabe cuánto pudo haber pasado. El tiempo, una vez que se atraviesa la primera puerta de seguridad —de al menos cuatro antes de llegar al hall de visitas— pasa a ser estrictamente subjetivo.
—Parecen horas —dirá Mercedes mientras busca la cara de su hijo, mientras mira cómo sale un preso con un cisne hecho de papel higiénico y se lo entrega a alguien que lo espera y, a continuación, se abrazan. Pasaron, en realidad, apenas unos minutos desde que logró llegar al patio y vio, por fin, la sonrisa de su hijo.
—Mami… —le susurra Moisés mientras la abraza—. Ya quiero que llegue el día. Quedan 11, los estoy contando.
Se sentaron en una mesa afuera, donde otros presos —que, al igual que Moisés, esperan condena— se reúnen con sus seres queridos, juegan con los niños en las hamacas o el tobogán, comparten algo de comer, se ríen, lloran, hablan.
La conversación empieza con el único tema del que hablan en los últimos once meses: lo que pasó el sábado 25 de mayo en la madrugada, cuando Moisés apareció en la casa de su padre y, en medio de una discusión, le disparó más de 15 veces hasta matarlo.
—Sé que maté a alguien, pero aunque esa persona no esté, el daño nos va a quedar de por vida. Nadie nos va a sacar lo que vivimos. Yo no soy un asesino.
Mercedes le agarra la mano y así se quedan largo rato, mientras él sigue largando palabras.
Dice que esta semana soñó con su padre, pero no con la escena que le quedó grabada. En este sueño, su padre lo mataba a él. Que por eso le cuesta dormir. Que está todo el día tirado en la cama. Que no quiere comer, solo espera que llegue el 8 de abril.
Ese día, la jueza María Noel Odriozola dictará sentencia sobre su caso. La fiscal Sabrina Flores pidió 18 años de cárcel por un homicidio agravado por parricidio. Si la Justicia lo condena, Moisés no podrá redimir ni un solo día de pena. Del otro lado, él y su familia pelean por la absolución, amparados en el artículo 36 del Código Penal que establece el perdón para casos en que la persona que cometió el delito lo haya hecho como consecuencia de violencia intrafamiliar y que el Estado no haya respondido ante eso.
El contexto de por qué se dio el homicidio no es parte del análisis del caso, argumentó la fiscalía en el juicio. El contexto: todo aquello no contemplado en el juicio por el homicidio de Carlos, padre de seis. El contexto: las torturas a las que Carlos sometió a cinco de sus seis hijos, y a la madre de ellos. El contexto: la amenaza constante, el terror de volver a verlo, de que se apareciera de vuelta en el barrio, en una esquina.
Moisés cuenta ahora, sentado al lado de su madre en el patio de visitas de la cárcel de Punta de Rieles, lo que ya dijo ante la Justicia.
Cuenta qué pasó los días previos a matar a su padre.
El punto de partida es Paysandú, una visita de unos días a la casa de su madre, en la que ella le relata, por primera vez, todos los abusos que vivió al lado de Carlos. Y la amenaza que él le había hecho llegar a través de la hija mayor: se mudaría pronto al departamento.
—Vi el dolor en los ojos de mi madre, en sus lágrimas. Yo sabía, pero no estaba consciente de los detalles. Que mi madre no tenía la dentadura. Eso me mató. Volví a Montevideo, a la casa de mi hermana. Le conté todo. Y ahí hablamos todo lo que nos había pasado. Parece mentira, pero es una historia real.
Dice que esa noche, la del 24 de mayo, salió de la casa de su hermana directo a lo de su padre. Que no fue armado,que fue a buscar respuestas, a decirle que ya no le tenía miedo, que no se fuera a Paysandú, que él y sus hermanas lo iban a denunciar y que todos los vecinos se iban a enterar de lo que había hecho.
Moisés también dice, agarrado de la mano de su madre, que fue Carlos quien se puso violento. Que empezó a levantar la voz, que se acercó a la puerta y trancó con llave. Que se dio vuelta y de arriba del ropero sacó un arma. Que la cargó y que lo apuntó. Que empezaron a forcejear y que, una vez que pudo sacarle el arma empezó a dispararle y no paró.
Que no sabe cuántas veces apretó el gatillo.
El informe forense habla de 15 disparos, de los cuales 12 fueron de frente, y que los últimos tres aparecen de con el orificio de entrada por la espalda, de costado. Carlos, a juzgar por el análisis técnico, hizo algún movimiento mientras Moisés seguía tirando.
Moisés no recuerda haber visto a su padre de espaldas.
—Voy a cargar con esa muerte toda la vida, y me hace mal. A veces lloro mucho. ¿Por qué tuve que tener un padre así? Hasta podría haber disfrutado, en su casa, ir a tomar mate, no lo que pasó.
Y vuelve, así, a todo aquello que revive cuando habla. A cómo de niño le palpitaba el corazón cada vez que veía llegar a su padre. A cómo su padre lo obligaba a estar encorvado, agachado, trabajando. A cómo le pegaba si levantaba la mirada, si osaba enderezar la espalda.
Al miedo que había agarrado, en su adolescencia, a que cualquiera se le acercara.
—Hasta el más nerd, si veía que se acercaba a mí, el corazón me empezaba a latir.
Vivía con pánico. Les tenía miedo a todos.
Y aparece una sonrisa repentina que le ocupa buena parte de la cara: la que acaba de cruzar la puerta automática del patio es su hija, la más chica. Atrás, Sara, su hermana.
La niña, que apenas empieza a hablar, lo abraza con timidez. Entonces se van caminando hasta el tobogán. Y se van hasta el economato, y él compra un helado.
Vuelven y, con un papel y una lapicera que trajo a la visita, Moisés le dibuja a su hija lo que siempre les dibujaba Mercedes: campo abierto, una casa, el sol, dos flores. La niña sigue con la mirada lo que su padre va trazando.
El otro hijo de Moisés es un poco más grande, y cree que su papá está trabajando. Lo visita en el trabajo. Y el papá le dice: si Dios quiere, papá no va a trabajar más acá.
Entonces el niño repite afuera: papá va a cambiar de trabajo y me va a ir a buscar a la escuela.
—Muchos me ven, porque estoy tatuado y me juzgan, pero soy todo lo contrario que mi padre: quiero ver a mis hijos crecer, quiero llevarlos a la escuela, disfrutar, ir el domingo a la plaza con ellos, al Parque Rodó, ayudarlos con los deberes. Me quedé con ganas de decirle a la jueza que esta es una historia real, así parezca que es mucho, que no escuchó ni la cuarta parte.
La conversación es un carrito de montaña rusa en caída libre, que pasa de la euforia a las lágrimas y al chiste y a la risa. Esta vez, no trajo de la celda ni autitos de papel, ni flores de papel, ni cisnes de alas abiertas de papel.
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En cambio, trajo del economato, también, un juego de cartas españolas nuevo.
—Mirá este truco: si adivino, salgo en libertad.
Cuenta 21 cartas y las divide en tres filas. Le pide a Sara que elija una sin decir cuál es. Junta y reparte de vuelta. Vuelve a preguntar. Junta las cartas y cuenta, una a una, hasta detenerse en el 8 de basto.
—¿Es esta?
No era. Moisés se agarra la cabeza y vuelve a probar: 21 cartas, tres filas, elegí una.
Sale el uno de oro.
Era.
—Yo creo, mami, que Dios está con nosotros, me tiene que sacar de acá —dice Moisés mientras recoge el juego.
—Ojalá, mi amor —se limita a susurrar su madre, en una conversación que se diluye en medio del barullo del patio que, en breve, volverá a calmar.