Moisés pide el perdón de la Justicia: lo acusan de parricidio después de una vida sufriendo abusos y torturas
Mató a su padre después de una infancia atravesada por abusos, torturas y silencio. Hoy enfrenta una acusación por parricidio, mientras la Justicia analiza si ese pasado, marcado por violencia intrafamiliar prolongada, puede habilitar el perdón que prevé la ley
Lo primero que aprendieron estos niños fue a pedir perdón. El perdón, la importancia de perdonar, fue la primera enseñanza que el padre, Carlos, había dejado desde los primeros años de vida de sus hijos. Iban todos, sin excusas, sin contratiempos, al sermón que tenía para dar la iglesia evangélica de la zona. Todos los días que había iglesia, ellos iban. Primero en el barrio El Monarca, cerca de Villa García, en Canelones. Después, en Piedras Blancas. La prédica religiosa había sido tan importante que los primeros tres, y los tres hermanos que nacieron después, fueron nombrados con personajes bíblicos. El perdón fue, durante años, el salvataje del propio Carlos: del daño que él mismo podía llegar a provocar. Carlos torturaba, los niños perdonaban.
Así es que Sara, que todavía no llega a los 30 pero que entonces iba al jardín, tiene el recuerdo a fuego del día que vio cómo Carlos tenía a su pareja, la mamá de los niños, colgada del cuello. Recuerda ver los pies de su madre tambalear en el aire. Recuerda haberse puesto a llorar, y que su abuela, que estaba ahí, la sacó para afuera de la casa. Y que cuando volvió a entrar todo seguía como si nada.
Tiene otros recuerdos. Por ejemplo, cuando su padre Carlos los obligó a limpiar el techo de un galpón alto, y que el más chico —ya eran cuatro hermanos— pisó una espumaplast y cayó al vacío. De eso, el niño, que rondaba la edad preescolar, logró sobrevivir después de un tiempo en CTI.
Hay peores. Cuando Sara llegaba de la escuela, sabía que tenía una tarea de la que no podía escapar: lavarle los pies a su padre. Entonces agarraba el balde, el cortauñas, y una silla, y se ponía a trabajar mientras Carlos se sacaba las botas de construcción y le ponía los pies en su falda. Cuando ella fue creciendo, él aprovechaba la instancia para tocar las partes íntimas de la niña con la punta de sus pies.
Sara dormía en esos tiempos en una pose extraña: con una mano se tapaba el pecho; con la otra, la entrepierna.
A la madre siempre le había llamado la atención esa forma que la niña había encontrado para dormir. También le había llamado la atención el día que fue a bañar al varón mayor y había encontrado sangre en sus calzoncillos.
¿Qué pasó acá?, se preguntaba la mamá.
El niño no decía nada.
En la madrugada, a Carlos a veces se le daba por despertar a sus hijos y ponerlos bajo la ducha, aunque el agua se sintiera helada. A veces se le daba por ponerles los pies en mezcla de construcción, en pedregullo grueso. Una vez, se le dio por encerrar a Sara en un galpón hasta bien entrada la madrugada. Ella se recuerda llorando, sola.
Era albañil, carpintero, manejaba armas, sabía de artes marciales, y le molestaba cuando sus hijos no aprendían ciertas cosas.
Por ejemplo, cuando a los niños no les gustaba el agua.
—¡Se les va a ir el miedo, maricones! —recuerdan haber escuchado decir a su padre los dos hermanos que le siguen a Sara. Entonces el padre los ahogó en la piscina de goma que armaban en los días de calor. Carlos no les dejaba sacar la cabeza para respirar.
Moisés era el más tranquilo de todos, describe su familia. El más cariñoso. Carlos tenía con él un trato diferencial. A todos les pegaba con varillas, con chacos, los mordía. Pero para Moisés siempre había un poco más. Se ensañaba. Hasta dejarle toda la espalda ensangrentada. Hasta marcarlo con un martillo en la frente, una cicatriz que años más tarde intentó tapar con un tatuaje.
Cuando Moisés se portaba mal, palo. Si Moisés se hacía pis encima —se hizo encima hasta los 17—, palo.
—¡No servís ni para perro! —le gritaba el padre. Y palo.
La madre de los niños trabajaba cuando Carlos la dejaba. En esos tiempos, era empleada en un supermercado. Entonces, no estaba. No se enteraba.
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Un día estaba la tele prendida y en las noticias anunciaban que un hombre había quedado detenido por abusar de su hija. Carlos, que prestaba atención, se mostró enfurecido.
—¡Qué hijo de puta! —reaccionó.
Sara miraba la escena estupefacta, porque su padre, a juzgar por sus reacciones, era consciente de lo que hacía. Recuerda haber escuchado de su boca frases como esta:
—Si me denunciás, papá va preso y tus hermanos se quedan sin padre.
Aunque, inmediatamente después de torturar a sus hijos, les pedía perdón. Y se largaba a llorar a mares. Iba, y les compraba un alfajor.
Otro día, Sara vio cómo su padre abusaba, también, de su hija mayor.
Entonces no aguantó más.
Dejó de perdonar.
Y se rebeló.
Tenía 12 años, estaba en sexto de escuela —pese a todo, era muy buena alumna— y le contó lo que estaba viviendo a una compañera. Le contó lo que ella había vivido. No su hermana mayor, no su hermano mayor. Contó su historia. Fueron juntas a hablar con la maestra, y la directora de la escuela elevó la denuncia.
Cuando la mamá de Sara declaró en la causa, dijo que la familia funcionaba bien, que Carlos se ponía violento cuando los niños se portaban mal. La hermana mayor también defendió a su padre.
Él no se cansó de pedir perdón ante la Justicia.
Se mostraba arrepentido.
Fue sentenciado a tres años de cárcel.
El recuerdo que quedó plasmado inmediatamente después fue que los niños empezaron a jugar. Una de esas tardes la mamá los llevó a todos al Parque Rodó.
Duró poco el tiempo de juego. Como Carlos redimió la pena construyendo uno de los últimos módulos del Comcar, salió en libertad al año y medio. Su reputación no había cambiado. Para afuera, seguía siendo el hombre predicador de la palabra de Dios.
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El victimario y su víctima
Moisés llegó a la casa de su padre el sábado 24 de mayo a la noche. Carlos le abrió la puerta: no lo esperaba, porque no tenían relación desde hacía tiempo. Habían pasado muchos años desde la infancia tortuosa, y el vínculo era inexistente. Sin rodeos, empezaron a discutir, hasta que se hizo la madrugada del domingo. A tal punto, que su padre sacó un arma. Entonces Moisés la agarró y empezó a tirar y no paró. Y le dio, y le dio, y le dio. No menos de 14 balazos.
Después de que lo vio muerto, no quiso verlo más, así que movió el cuerpo a otra habitación y lo tapó. Salió de la casa, tiró el arma, volvió.
La policía llegó más de dos días después, el martes en la tarde, una vez que los vecinos detectaron la ausencia de Carlos en la zona. Y ahí encontraron también a Moisés, que les dijo:
Los estaba esperando
Hice justicia.
Mi padre violaba a mis hermanas.
Se largó a llorar.
Y mandó decirles a sus hermanos que, ahora, se iba a poder comer un alfajor en paz.
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Después de años dormida, la historia familiar había vuelto para terminar de explotar. El juicio por el homicidio de Carlos —del que informó El País y que terminó la semana pasada— se movió como un péndulo sobre qué cabida tenía, en este caso, el perdón.
El artículo 36 del Código Penal habilita a la Justicia a perdonar aquellas personas que cometen delitos de homicidio y de lesiones como consecuencia de una intensa conmoción provocada por el sufrimiento crónico en el marco de casos de violencia intrafamiliar.
Para que el perdón sea aplicable tienen que darse tres requisitos: que el delito lo cometa un familiar de la víctima, que el autor hubiera sido sometido a intensa y prolongada violencia —o que tuviera conocimiento de que sus familiares fueran sometidos— y que la persona homicida hubiera pedido protección del Estado y que la respuesta no hubiera sido eficaz.
Esto último es lo que complejiza aún más el debate jurídico. Porque Moisés no buscó protección del Estado. Porque la única que denunció a su padre fue Sara, y Carlos, su padre, pagó la condena que el Estado definió para él.
Y nunca más nadie denunció nada.
Porque cuando Sara tenía 12 años y se enfrentó al proceso judicial, le trajeron una regla a la habitación y le preguntaron cuánto creía ella que medía el pene de su padre.
El año pasado, Carlos le había mandado un mensaje de voz a su hija mayor que decía: si te alejás, me mato.
Habían sido adiestrados para perdonar.
En cambio, en el juicio, la familia se enteró de que Carlos sí había denunciado a uno de sus hijos por agravios.
La fiscal Sabrina Flores y su equipo de adjuntos argumentaron que el foco debía estar puesto en el accionar de Moisés, que era quien había matado a su padre. Que Carlos, en este caso, era la víctima, no el victimario.
El equipo fiscal también encontró algunas contradicciones. No solo argumentó que la situación de violencia que relatan los hermanos pasó hace muchos años, y que por parte de esos relatos Carlos ya había pagado su pena. También, resaltó que la madre y la hermana mayor de Moisés declararon a favor del padre en la denuncia de Sara de 2010. Señalaron, también, que algunos de los hermanos habían seguido el vínculo con su padre, pese a las denuncias que ahora en el juicio hacían. Que la información de las pericias a 13 personas, incluidos familiares de Moisés, aparecía de manera desordenada, entremezclada con suposiciones. Que la puerta de la casa de Carlos no estaba forzada, por lo que la víctima no esperaba tal ataque. Que la violencia que ejerció su padre sobre él no lo habilitaba a Moisés a cometer justicia por mano propia, a cometer otro delito.
El parricidio —Moisés mató a su padre— es uno de los agravantes que se aprobó con la ley de urgente consideración a comienzos del gobierno de Luis Lacalle Pou.
Y hay otro agravante: los policías que estuvieron en la casa de Carlos, declararon que el cuerpo estaba al lado de un pozo y que había cierto olor a combustible. Indicio para la fiscalía de que quería hacer desaparecer el cuerpo.
Por todo esto, el equipo fiscal pidió 18 años de cárcel, que, por ser un homicidio especialmente agravado, no tiene posibilidad de redimir.
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En busca del perdón
Los días previos al homicidio de Carlos habían sido convulsionados en la familia. La historia del pasado había vuelto a partir de un viaje que Moisés hizo al departamento de Paysandú para visitar a su madre, donde estaba viviendo con sus hijos más chicos.
En medio de una conversación, la mamá le comentó a Moisés que tenía miedo de que su padre se apareciera en ese departamento. No era extraño: cada tanto, Carlos se mostraba en los puntos que frecuentaban sus hijos. En la escuela, en el liceo, en sus lugares de trabajo.
Ese temor trajo a la conversación otros miedos del pasado. Y la mamá, entonces, también habló. Aunque los hijos sabían que algunos de los dientes de su madre eran postizos, ahora también supieron por qué. Y le contó a Moisés de la violencia, de los abusos.
Le contó por qué su padre había estado preso, por qué ella había declarado a favor de él en el juicio. Que siempre la había amenazado con descuartizarla y tirarla, que nadie se iba a enterar.
El 24 de mayo, Moisés volvió del interior pero no fue a la casa de su pareja y de sus hijos. Fue directo a la casa de su hermana mayor. Se reunieron los tres más grandes, y pusieron en común todo aquello que habían vivido de niños. Revivieron todo. Hasta entonces no sabían que habían sido parte de la misma violencia. En esa charla, catártica, volvieron a ser esos niños.
—Hermana, quiero que me lleves a jugar —recuerda Sara haber escuchado decir a Moisés después de horas de desahogo.
Quería, también, que su padre les diera explicaciones de por qué. Quería que les pidiera perdón.
Ahí, cuando ya era de noche y Sara ya había vuelto a su casa, Moisés se fue para el barrio El Monarca a buscar a su padre.
Él dijo después que lo que sucedió en la conversación fue una seguidilla de frases que ya había escuchado antes. Que no servía ni para perro. Que nadie le iba a creer si lo denunciaba.
Entonces Moisés agarró el arma y lo mató.
El abogado que defiende a Moisés, Marcos Prieto, no cuestiona a la fiscalía en cuanto al delito que le imputó, porque no hay dudas de que se trató de un homicidio agravado por el vínculo biológico.
Sin embargo, sí cuestiona: ¿era Carlos un padre realmente?
Sara, escribe en una cuenta de Instagram que pide justicia por Moisés:
Nos dicen que no hablamos a tiempo. Le dicen a mi madre y a mi hermana que su silencio hace que el abuso no sea real. El silencio fue nuestra única armadura. Nos juzgan porque el silencio se rompió cuando él murió. Pero ese es el síntoma más claro del terror: el miedo no se entierra con el agresor. A ellas, y a la fiscal y al mundo, les digo: nadie habla cuando quiere, sino cuando puede.
La familia y su abogado insisten en que el contexto debería importar. Y por eso vuelve a la figura jurídica del perdón como salvaguarda para la absolución de la pena. Todavía quedan algunos días para que la Justicia dicte la sentencia.
Carlos, en tanto, no tuvo velorio. Ninguno de sus 11 hermanos se apareció para despedir el cuerpo. Las que estuvieron allí para trasladarlo al Cementerio del Norte fueron sus dos hijas mujeres, que vieron cómo iba desapareciendo. Por fin: se iba también las botas de construcción, los pies sucios de la obra. Empezaban, por fin, a vivir sin su padre. Aunque todo siguiera ahí.