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¿Cómo se les vende alimento a los niños?

Con el foco puesto en el proyecto de decreto que obliga a llevar una etiqueta en el envase de los alimentos poco saludables, nos cuestionamos cómo afecta este contexto a los niños

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12 de septiembre de 2017 a las 05:00

Por Agustina Amorós

A principios del mes de junio el Ministerio de Industria, Energía y Minería de Uruguay puso a debate de la población un proyecto de decreto que exige a los alimentos no saludables incluir una advertencia en la cara frontal del envase. La presencia del distintivo (una etiqueta octogonal de fondo negro y letras blancas) indicaría que el alimento contiene niveles superiores a los recomendables en relación a sodio, azúcares, grasas o grasas saturadas. La normativa fue redactada con asesoría de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) y Unicef.


El proyecto se inspira de cerca en el caso de Chile, que desde hace un año aplica medidas similares a través de la puesta en vigencia de la Ley Integral de Etiquetado de Alimentos. La norma exige a las empresas el uso de etiquetas en productos que presenten altos niveles de nutrientes críticos para la salud. El objetivo de la ley es proteger la población infantil, por lo que se prohibió que en los centros educativos se vendan o regalen alimentos que contengan una o más etiquetas, lo que obligó a generar modificaciones en la oferta y, por transitiva, influyó en la conducta alimentaria de los niños. La normativa también contempló, para aquellos alimentos que contengan etiquetas en su envase, la prohibición de ganchos comerciales como la presencia de dibujos animados en el packaging u obsequiar juguetes con la compra del alimento.

El proceso se planteó rigurosamente y fue inmediatamente golpeado por la presión de la industria, que impuso todo su poder para frenar la implementación de las normativas. Entre los daños colaterales, empresas de gran porte en ventas de alimentos procesados para niños comenzaron con litigios al Estado. A pesar de esto, a un año de implementada la ley, el gobierno chileno registró buenos resultados y destacó como consecuencia positiva el interés de algunas empresas en modificar la fórmula de sus productos con el fin de esquivar etiquetas. Atravesados por la normativa, se preocupan por generar un producto más saludable.

Tender al cambio

La experiencia de Chile enseña un camino posible para la región. Aunque Uruguay comenzó el proceso con un primer llamado a debate acerca del etiquetado —y una postura diametralmente más cauta— es necesario tomar medidas para revertir la situación que atraviesa el país en salud alimentaria. En los últimos diez años, Uruguay tuvo el incremento más alto de América Latina en consumo de alimentos procesados y casi siete de cada diez uruguayos tienen sobrepeso u obesidad.

En 2013, una publicación de Unicef alertaba a través de un estudio exploratorio, que la promoción y publicidad de alimentos y bebidas no saludables ha sido reconocida como uno de los principales contribuyentes y factores de riesgo de la obesidad infantil. Se ha demostrado que la publicidad de estos productos influye en las preferencias de compra de los niños y adolescentes, quienes —debido a su falta de madurez y desarrollo cognitivo— son más vulnerables a ser persuadidos. Según los estudios publicados por Unicef, se comprueba que hay una asociación significativa entre la prevalencia de niños con sobrepeso y el número de comerciales de alimentos en los canales infantiles. A su vez, la colocación de personajes, elementos de branding, diseños decorativos y endoso de deportistas o celebridades en el empaque influyen en la percepción del sabor y las preferencias de los niños. Con estos y otros argumentos del mismo corte sobre la mesa, la OMS incita a los países a restringir la promoción y publicidad de alimentos y bebidas poco saludables dirigida a niños.

No puede desligarse de este análisis los cambios de paradigma que trajo el nuevo siglo, que involucra desde cambios socioculturales (como la concepción de la familia, el rol de la mujer y la crianza de los niños) hasta contemplar avances tecnológicos (como el aumento de las plataformas de comunicación y la dinámica de consumo). Históricamente las empresas que vendían productos para niños se dirigían a las mamás para lograr concretar la compra. Hoy las empresas logran esquivar a los padres e ir directo a su público objetivo, exponiendo a los niños a una potestad que no se encuentran preparados para afrontar.

El compromiso estatal y las implementaciones políticas para proteger y promover la elección de alimentos saludables (como el etiquetado de productos no saludables) son una herramienta de información. Para lograr resultados reales debe, necesariamente, acompañarse con campañas de información y educación, así como con normativas sobre precios, incentivo a la agricultura local y otras medidas de apoyo. Aspirar a un cambio en la alimentación y estilo de vida de los uruguayos significa sobreponerse a los intereses de la industria, pero garantiza un impacto positivo en la salud que involucra intrínsecamente ventajas económicas, sociales y culturales. Revertir la situación es una responsabilidad compartida que nos involucra como actores activos de la sociedad. Son indispensables las medidas del gobierno, pero también la autocrítica por parte de la industria y la responsabilidad de los consumidores: las consecuencias de no hacerlo afectan al todo, sin excepciones.

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