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¿Cuánto pesan los valores democráticos en las FFAA?

La pesada y grave herencia que deja el affaire Gavazzo y la pregunta que queda

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06 de abril de 2019 a las 05:02

Si el presidente leyó o no leyó; si la responsabilidad es del ministro de Defensa o del secretario de Presidencia; si el mandatario benefició a su mano derecha y sacrificó al secretario de Estado; que si fue el martes o el domingo; que si la crisis es profunda o no tanto.

Todas las alternativas del episodio que generó los tribunales de honor militares sobre los exrepresores y, sobre todo, el que provocó la nota del periodista Leonardo Haberkorn de El Observador detectando en las actas de esos tribunales declaraciones graves que nadie había advertido, se irán desdibujando a medida que pase el tiempo y el caso concreto, mirado desde la perspectiva de las responsabilidades políticas, será una nota al pie en la historia del país.

Cada uno, según su mirada o sus intereses personales y/o políticos, puede darle a estas alternativas la importancia que quiera. Con ninguna de ellas (quién es el responsable, se informó o no, leyó o no, etc, etc, etc) tendrá que lidiar el gobierno que venga y el que venga después del siguiente.

En cambio, hay un aspecto de todo este embrollo que es distinto a todo. Hay un elemento de toda esta crisis que será una herencia para el gobierno que venga y el que venga después del siguiente: ¿cuál es la real sujeción de las Fuerzas Armadas a algunos valores que hacen a la vida en democracia?

La nota de El Observador acerca de que José Gavazzo reconoció haber hecho desaparecer el cadáver de un tupamaro y las acusaciones de

Jorge Silveira contra el primero por la comisión de graves delitos de lesa humanidad no fueron suficientes para que, al menos el excomandante del Ejército Guido Manini Ríos considerara que Gavazzo o Silveira hayan manchado el honor de vestir el uniforme del Ejército de José Artigas y su legado de “clemencia para los vencidos”.

Para el jefe militar y ahora candidato presidencial, señalado por algunos de sus camaradas como el militar más influyente desde la recuperación democrática, lo que afectó el honor fue que sus mentiras hubiesen llevado a prisión a un coronel que era inocente.

Manini y el tribunal se despacharon contra el Poder Judicial (que a mi juicio en más de una ocasión pareció actuar con ánimo de venganza más que de justicia en los hechos del pasado reciente), pero no tuvieron ni una consideración para esas declaraciones tan graves.

Luego de que Manini, en línea con los últimos comandantes del Ejército, ofreciera sus esfuerzos para aclarar el pasado, nos encontramos todos con que este es el verdadero ánimo que anida en su espíritu y seguramente en el de muchos de sus camaradas.

Con esto, y con ninguna otra cosa emanada de este episodio, tendrá que lidiar el gobierno que venga y el que venga después del siguiente.

¿Qué estuvo pasando dentro de los cuarteles para que nos desayunemos con una cosa de estas?

Los años inmediatos a la recuperación democrática tuvieron a las Fuerzas Armadas como responsables de atentados con bombas nunca aclarados, pero que la policía y el poder político (el propio Julio Sanguinetti, víctima de ello, lo admitió) sabían de dónde provenían.

Luego, durante el gobierno blanco, el Ejército vivió una época de enfrentamientos internos entre logias con afinidades más o menos definidas entre blancos y colorados, entre nostálgicos y menos nostálgicos.

¿Qué definiría la época militar durante los gobiernos de izquierda?

Por un lado, el golpe de los juicios a los represores. Por otro, una lógica interna pautada de manera muy fuerte por la conducción ministerial del tupamaro Eleuterio Fernández Huidobro.

Lo que a primera vista podría parecer una paradoja de que los militares estuvieran conducidos por un antiguo enemigo de guerra, no era tan así.

“Mi comandante”, le decían algunos generales a Huidobro en consonancia con lo que fue, en la era posdictadura, un estrecho vínculo entre el MLN y ciertos sectores militares, que se reconocían unos a otros como protagonistas de un pasado que ellos, cada uno en su lógica, pintaron glorioso, pero que para la enorme mayoría de los uruguayos fue de ignominia.

¿Cómo podían ser las reglas de convivencia interna durante la era Huidobro cuando el sector del entonces ministro conmemoraba cada año la toma de Pando, una acción sediciosa que costó vidas? Si el ministro y los suyos siguen regodeándose en aquel pasado fuera de la ley, ¿por qué no habrían de hacerlo los subalternos?

Durante la gestión de Huidobro hubo calma en los cuarteles. Cómo no haberla si el ministro era el principal vocero y defensor de los generales y sus dramas, desde el caso Berríos a los oficiales acusados injustamente.

Sea como sea, el Ejército que emanó de este período es uno cuyos principales jerarcas, que nada tuvieron que ver con aquellos años del plomo, consideran que un oficial que hizo desaparecer a una persona y lo confiesa, no está mancillando el honor de la fuerza y su uniforme.

Con la perspectiva de estos hechos, así como los pujos antidemocráticos entre militares no comenzaron en junio de 1973, ni terminaron en marzo de 1985.

Más allá de quién leyó o no, quién escondió o no, quién amparó o no, este y no otro es el asunto con el que tendrá que lidiar el gobierno que venga y el que venga después del siguiente. Y con él, todos los uruguayos y su democracia. 

 

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