Bajo la premisa de mantener a las tropas en su "mejor estado absoluto", el Pentágono ordenó testeos masivos de testosterona para los uniformados mayores de 30 años. Aunque la terapia de reemplazo hormonal sería voluntaria, la decisión encendió las alarmas tanto en la comunidad médica como en el ámbito militar, donde el uso de estas sustancias ya estuvo bajo la lupa por casos de dopaje.