Nunca hay que creerle a un espía y mucho menos si además es escritor, como es el caso del británico Frederick Forsyth, que cuando publicó en 2015 sus memorias juró que no volvería a escribir, pero que ahora regresa sin sonrojarse a las librerías con El zorro, una novela de espionaje con sus más y sus menos, pero que lo muestra aún combativo y diestro a la hora de interesar al lector con temas de mucha actualidad.
La diferencia entre este último libro y los anteriores es que aquí no hay un solo y concreto conflicto al que hincarle el diente, sino que la trama se bifurca hábilmente y sin cesar, para transitar por todos los dramas geopolíticos que afectan al mundo de hoy.
El recurso que utiliza para pasar de un continente a otro, de un gobierno a otro, de una agencia de inteligencia a otra, es sencillo pero efectivo, y viene dado por la brillantez de un joven hacker con síndrome de Asperger, que puede vulnerar los sistemas de seguridad de cualquier nación del mundo, sean aliadas de Inglaterra o no.
El muchacho no tiene idea de lo que en realidad hace, pero sí el exespía del MI6, Adrian Weston, protagonista principal de la novela que deberá proteger a la nueva joya de la corona de una pléyade de enemigos que quieren eliminarlo y al mismo tiempo utilizarlo para agredir cibernéticamente a países como Rusia, Irán o Corea del Norte.
Hay que decir ya que para Forsyth el mundo se divide claramente en buenos y malos, sin grises ni posibilidad alguna de redención. Acostumbrado a destrozar al comunismo desde 1960, la llegada al poder de Putin no hace que deje de señalar a Rusia como el enemigo número uno de Inglaterra, y los recientes envenenamientos de ciudadanos de aquel país en Gran Bretaña le sirven de excusa perfecta para ponerse los guantes y castigar al nuevo zar como Dios manda. Lo mismo sucede con el resto de los gobiernos que no le caen bien.
Pero también es verdad que si el lector deja de lado el componente ideológico del autor, puede disfrutar de una novela que, como todas las de Forsyth, es muy dinámica, está bien escrita y tiene varias escenas memorables, fruto de la innegable capacidad del autor para describir lo que está pasando en tiempo real.
En este sentido está muy bien presentado el primer incidente internacional que provoca el hacker (ya al servicio de la Reina), que desvía el curso de un enorme buque de guerra ruso en su entrada al canal de la Mancha y lo hace varar durante días. Allí, entre Francia y Gran Bretaña, queda atrapado el barco, que rápidamente se convierte en una atracción turística para sajones y galos, y una humillación enorme para Putin.
A medida que este tipo de incidentes se repite, los gobiernos enemigos despliegan un variopinto conjunto de unidades militares especiales, mercenarios y mafiosos sin escrúpulos para eliminar a un blanco que, paradójicamente, no sabe que es la pieza más valiosa del tablero de ajedrez.
Lo mejor del libro son, sin duda, los flashbacks que utiliza el autor cada vez que presenta a un personaje nuevo, generalmente un espía importante de otra nación. Importan, porque no solo ayudan a darle una densidad creíble al nuevo apellido, sino porque también le permiten a Forsyth trazar varios frescos de época notables, que pintan la guerra fría en todo su esplendor tragicómico.
Por otra parte, es una pena que la novela pierda tanto tiempo describiendo lo malos que son los malos y le dedique menos espacio a los diálogos, sobre todo a los de Weston con sus colegas de otras tierras, que son un ejemplo de sabiduría narrativa y están llenos de sabrosas trampas diplomáticas.
El zorro no pasará a la historia como lo mejor de Frederick Forsyth (El día del Chacal, El archivo de Odessa, Los perros de la guerra), pero para los amantes del género no está mal.