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Charlie Watts en 1965

Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Carlitos mil Watts de potencia

La época moderna perdió a un pilar: Charlie Watts, genial baterista de los Rolling Stones

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29 de agosto de 2021 a las 05:05

El largo viaje del día a la noche ha concluido para Charlie Watts. Por una vez el mundo entero estuvo de acuerdo en algo: ha muerto un músico irrepetible, originador de una técnica que cambió la forma de tocar un instrumento. Con su ida sin boleto de regreso concluye una época que fue dorada, hasta que la muerte vino a arruinarlo todo. Había dicho hace tiempo Keith Richards que la única manera de que los integrantes de los Rolling Stones pudieran abandonar la banda era en un cajón de madera. Así fue. Todas las décadas de una era fabulosa han ido a parar adonde ni siquiera la memoria es capaz de llegar. Su muerte coincidió con el día en que la vida se dio cuenta de que no volvería a ser la misma. Lo inevitable puede postergarse, pero no detenerse. Incluso la capacidad de supervivencia de los Rolling Sones tiene fecha de vencimiento. Podremos decir –porque en estos casos el consuelo se carga de eufemismos– que Watts tenía 80 años de edad, que se le habían acumulado los achaques físicos, que incluso hace poco le hicieron una intervención quirúrgica de la cual se dijo poco, pero nada de eso atenuará la pena por la partida de uno de los dos bateristas emblemáticos de la historia del rock and roll. El otro es Ringo Starr. 

Ha muerto uno de los integrantes indispensables del grupo pionero que enseñó al planeta a bailar a ritmo de rock. La música de los Beatles era para escucharla sentado, la de los Rolling Stones, para gozarla en movimiento. Una suma de canciones sublimes hizo que el mundo se parara y se pusiera a bailar. Para quienes lograron emocionarse hasta el paroxismo con canciones arquetípicas, como She’s a Rainbow, Paint It Black, (I Can’t Get No) Satisfaction, Ruby Tuesday, Honky Tonk Women, y Miss You, los nombres de Charlie Watts, Mick Jagger, Keith Richards, Mick Taylor, Ronnie Wood, Bill Wyman y Brian Jones son los de amigos lejanos que durante seis décadas han estado siempre cerca, echándole una mano al espíritu cuando más lo necesitaba. La vida siente que queda en deuda con un cofrade que estuvo en las buenas y en las malas (para la música la muerte no es nunca una solución). Sin el embajador de la clase, la elegancia y el optimismo, los Rolling Stones no serán los mismos. 

Semanas atrás habían anunciado que Charles Robert Watts (2 de junio de 1941 - 24 de agosto de 2021) se estaba recuperando de un problema de salud, por tanto, no sería parte de la gira No Filter a iniciarse en breve. Cuando murió John Bonham, baterista de Led Zeppelin, el grupo dio por terminada su historia, por más que en ese momento era el más popular de todos. No hubo vuelta de hoja. Dudo que los Rolling Stones vayan a seguir el ejemplo. El lugar de Watts lo ocupará Steve Jordan, anunciado como reemplazo en la gira, y que participó en la grabación del 18º álbum del grupo, Dirty Work (1986). El comunicado a raíz del deceso fue escueto. Decía que Watts había fallecido, “tranquilamente en un hospital de Londres rodeado de su familia”. Si así fue, alguien que estuvo casado 57 años con la misma mujer, padre de una hija, y que nada disfrutaba más que la vida hogareña, tuvo un final acorde a su estilo, aunque hubiese preferido estar en su casa para la despedida. Ha muerto el CEO de los bateristas, quien nos llevó en viaje hipnótico de Beethoven a Beat-hoven. En otra parte lo esperan con bombos y platillos. 

A diferencia de otras ocasiones en que la expresión suena a muletilla, en su caso es justo decir que sin él presente nada será parecido. Si bien en esta vida nadie es indispensable, hay algunos irremplazables. Watts, uno de ellos. Cuesta imaginar a los Rolling Stones de aquí en más sin su accionar en la batería desprovisto de fallas, sin su impasibilidad a lo Buster Keaton para seguir a la perfección cada uno de los acordes que representaron la banda sonora de una época con nosotros dentro, porque fueron más de una las generaciones asociadas por vivencias propias a la música del grupo representante de la historia de la última parte de la modernidad. Esa modernidad en retirada resiste aferrada a sus ecos mejores, aunque entró hace rato en fase de fosilización acelerada. La muerte de Watts alerta de que el final de una época cumbre está a la vuelta de la esquina y que no pasan de un puñado los últimos sobrevivientes en actividad. Con los maderos en las manos, la invisible calistenia de Watts escenificaba un dramatismo de música de cámara que buscaba representar el latido del corazón. Encaró todo con una creatividad capaz de pasar con sote cualquier examen de la imaginación aplicado a la ejecución de un instrumento musical. El grupo sabía que siempre podía depender de Charlie, y dejar en sus manos el futuro de las canciones. En Life, libro autobiográfico, el guitarrista Keith Richards dijo: “Charlie Watts siempre ha sido la cama en la que me acuesto musicalmente”. Con su estilo carente de ostentación, rodeado de una batería de solo cuatro piezas, parecida a la que tienen aquellos que recién empiezan a tocar en el garaje de su casa, lo hizo todo bien. Los bateristas de jerarquía tienen dos palabras claves en su lenguaje musical: swing y groove. Watts fue un maestro en el uso de ambas, dando en cada interpretación lecciones de cómo hacer mucho con poco y crear un estilo sin recurrir a aspavientos ni a sobredosis de adrenalina con más ruido que nueces, a un desempeño rimbombante al que tan proclive son los bateristas de rock. En lo que dejaba de hacer, era donde afloraba su estilo. El encargado de cuidar el cronómetro del rock, el gran relojero, logró con técnica elaborada y magia innata que ninguna sílaba permaneciera sin su más exacto golpeteo de tambores. Dignificó su profesión mediante la mesura y la elegancia de un estilo de vida reflejado en canciones que desde detrás del escenario interpretó para demostrar quién era el maestro titiritero de aquel gran espectáculo que dejaba con la lengua fuera. 

El hombre nacido en Londres durante la segunda guerra mundial, y cuyo padre fue piloto de la fuerza aérea, transformó su vida en campo de batalla contra la vulgaridad. Hizo siempre todo lo contrario a lo que podría esperarse de una estrella de rock en tiempos cuando estas tenían más influencia y poder que cualquier majestad política. Ese estilo de lord inglés vestido con trajes cruzados impecables o remeras polo lo trasladó al tamborileo, tan notable, que no hubo vez que las canciones no salieran purificadas, haciéndole justicia al arte que vinieron a redimensionar. Nunca entraba a destiempo. Su disciplina era inmaculada. En la combinatoria precisión a rajatabla de sonidos y palabras, la música salía ganando por goleada, como si todo el orden del mundo pudiera estar presente en ese instante en el que coincidían lo celestial y lo terrenal. Watts fue el gran promotor de las escapadas del alma humana, cuando va camino a sitios en los que nunca estuvo. Con poco hizo milagros; no fue prosa sino poesía el resultado. Su forma de tocar tuvo mucho de ritualista, como si cada intervención perteneciera a un bautismo ceremonial en el que las notas debían salir perfectas, en estado de gracia: solo podían estar ahí, donde estaban. Sí, era solo rock and roll, pero, ¿qué hubiera sido de la vida sin sus masajes espirituales?

Charlie Watts fue un caballero de la época victoriana en una banda de rock. El emisario que pacificaba excesos, el conductor trajeado de la limusina que nos llevaba de regreso a casa tras una noche de farra. El muy reservado, quien se sentaba en la parte de atrás del ómnibus de la fama, fue una luna con poderío solar, un astro fulgurante en una constelación de supernovas poseedoras de egos tan grandes como el cosmos. Detestaba la celebridad porque lo distraía de los menesteres que en verdad lo apasionaban, como perfeccionar su conocimiento de la batería, pintar, escribir, coleccionar arte y asistir a partidos de críquet, su deporte favorito. Fue como sapo de otro pozo en un mundo de apariencias. Parecía más bien alguien que durante el día marcaba el reloj de entrada y salida para trabajar 10 horas en una oficina, y al salir se iba a tocar de saco y corbata al grupo de rock que tenía con sus amigos. Por las manos de Watts pasó optimizado el sonido que caracterizó a los Stones. Su complejo secreto estuvo en la simplicidad con que resolvía el destino de la cadencia, en las antípodas de otro maestro de magnitud, Neil Peart. Guerrero amable que tomaba los palillos de la batería con delicadeza de un chef chino a la hora de servir el arroz, Watts encarnó a la figura que prefería quedarse sin figurar. No les llevó el apunte a los dos monstruos del histrionismo que tuvo su lado, Jagger y Richards, para poder así concentrarse en lo suyo, la música. Su capacidad sincrónica para no dejar al hi hat o al redoblante sin aliento o con demasiado oxígeno rozó la perfección. Su camino a la majestuosidad técnica estuvo hecho de tentaciones estoicas bajo control. No es exagerado coincidir con quienes creen como yo que fue el mejor metrónomo del mundo. Gracias a la casi sagrada expansión de tonos crudos, a medio elaborar, que Watts le imprimió a las canciones, Exile on Main St. es uno de mis discos favoritos.

Cuando el grupo lo contrató en 1963, le dijeron que el trabajo duraría dos semanas. Le pareció bien, pues no quería hacer lo mismo por el resto de su vida. El tiempo cambió su forma de parecer. Solo la muerte logró interrumpir lo que mejor vino a hacer a este mundo. Fueron casi 60 años con la misma banda, veintipico de álbumes de estudio grabados, decenas de giras a todas partes (también Uruguay), cientos de canciones que son patrimonio de la humanidad, en fin, una existencia dedicada a la música. 

Cuando yo estaba en la escuela, en una clase de religión el cura encargado de enseñarla preguntó una mañana cómo nos imaginábamos el cielo. Yo me lo imagino –incluso hoy– de varias maneras, todas con la misma bienvenida. En la entrada seré recibido con Let’s Spend the Night Together sonando a todo volumen, pero con la letra de la canción cambiada. Dadas las circunstancias, dirá: “Pasemos la eternidad juntos”. Charlie Watts nos acompañó durante una eternidad, y estará en la que pueda haber después. 

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