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La sorpresiva holgura del triunfo electoral de Sebastián Piñera se basó tanto en la desilusión de los chilenos con el inefectivo gobierno socialista de Michelle Bachelet como en la esperanza de que el presidente electo pueda reencauzar su país hacia el crecimiento. El temor a un anodino continuismo si ganaba el candidato oficialista Alejandro Guillier le restó hasta el apoyo de buena parte del Frente Amplio de Beatriz Sánchez, de izquierda radical. En esta tercera fuerza del país se consideró que Guillier representaba una izquierda demasiado tibia. Esto incidió en la alta abstención en un país donde el voto no es obligatorio. El 55% de los votos acumulados por las dos fuerzas de izquierda en la primera vuelta alcanzaba para asegurar el triunfo del candidato oficialista. Pero la suma obviamente no se dio en el balotaje.

Sería un error, de todos modos, atribuir el resultado solo al retaceo de votos del Frente Amplio a Guillier. Fue decisiva la decisión de ciudadanos de diferente color político que confían en que el presidente electo, en su segundo período, restablecerá el crecimiento económico que había convertido a Chile en ejemplo regional pero se derrumbó bajo Bachelet. Pese al auge del precio del cobre, vital rubro exportador, el PIB crece este año a un magro 1,4%. Guillier prometía bienestar a través de programas de asistencia social, difíciles de cumplir por la creciente caída de ingresos fiscales. Su programa incluía además mayor injerencia del gobierno en todos los rubros de actividad, práctica probadamente fracasada en los países en que fue impuesta, como sucede en Uruguay.

Piñera, en cambio, se centró en una plataforma realista basada en incentivar el empleo mediante la promoción del sector privado. No solo se ha comprometido a reducir la incidencia del Estado en la actividad productiva, a combatir la inseguridad pública y a reformas que corrijan debilidades estructurales en los sistemas tributario, laboral y de educación. Es también declarado defensor del derecho a la vida y de la integridad de las familias, oponiéndose a legalizar el aborto y los llamados matrimonios entre personas de igual sexo, dos temas que la izquierda apoyaba fervorosamente. No le será fácil a Piñera cumplir todo en un país donde la alta abstención refleja, más que apatía, disconformidad con los planteos de los dos candidatos en el balotaje. Tampoco tiene mayoría parlamentaria, lo que lo obligará a pactar alianzas. Pero al menos los votantes resolvieron dejar la recuperación de Chile en manos de un expresidente cuyo éxito como hombre de negocios indica eficiencia en las vías idóneas hacia la prosperidad.

El resultado electoral, bienvenido para Chile, puede tener un efecto adverso en Uruguay. La derrota de la izquierda probablemente endurezca la oposición de los radicales de nuestro Frente Amplio a la ratificación parlamentaria del tratado de libre comercio que el presidente Tabaré Vázquez firmara con Bachelet. Aunque los votos para convalidar el TLC están asegurados por el respaldo de legisladores del Partido Nacional, el gobierno ha vacilado para evitarse más confrontaciones internas. Con un gobierno de centroderecha en La Moneda, ahora pueden aumentar las presiones frenteamplistas para congelar otro TLC, en este caso notoriamente conveniente para Uruguay como puerta de acceso a mercados del Pacífico.
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