29 de abril de 2026 15:14 hs

Uruguay sigue discutiendo la pobreza como si fuera un problema coyuntural. No lo es. Es estructural, persistente y, sobre todo, acumulativo. Un grupo de analistas con el que trabajo —acostumbrados a poner contra las cuerdas incluso a los algoritmos de inteligencia artificial— decidió hacer un ejercicio: analizar, con datos desde el retorno a la democracia en 1985 hasta hoy, qué está pasando realmente con la pobreza en el país. La conclusión de los algoritmos bien entrenados por nuestro grupo es incómoda, pero necesaria: este no es el problema de un gobierno. Es el resultado de al menos ocho gobiernos que no lograron quebrar ciertos núcleos duros de exclusión. Y asumir eso no debilita la política. La obliga. Hoy Uruguay tiene una pobreza en torno al 17%. Pero ese número, por sí solo, ya no alcanza para entender la realidad. Un informe reciente de El Observador advierte que más de 338.000 uruguayos no son pobres por ingresos y, sin embargo, viven en condiciones de pobreza estructural. El economista Matías Brum lo plantea con claridad: hay cientos de miles de personas que quedan invisibilizadas si solo se mide la pobreza de una manera.

Ese dato cambia todo. Porque entonces el problema no es solo cuánto gana la gente. Es cómo vive. A esto se suma otro indicador inquietante: entre 15.500 y 16.500 personas están privadas de libertad. Uruguay presenta una de las tasas de encarcelamiento más altas de la región. Y no es un fenómeno aislado: está directamente vinculado a trayectorias de exclusión que empiezan mucho antes. En paralelo, crece una realidad más difícil de medir, pero evidente en el territorio: miles de jóvenes transitan entre la informalidad, el abandono educativo y, en muchos casos, la captación por economías ilegales vinculadas al narcotráfico. No es solo un tema de seguridad. Se trata de falta de integración social real. La situación de calle, cada vez más visible, es apenas la punta del iceberg.

Mientras tanto, el país envejece. Entre 800.000 y 900.000 uruguayos son jubilados o pensionistas. Y en paralelo, aumenta —aunque cueste medirlo con precisión— la percepción de que muchos jóvenes, especialmente los más preparados, buscan oportunidades fuera del país. El resultado es una sociedad tensionada, fragmentada y con dificultades crecientes para generar cohesión. Durante décadas, Uruguay confió en que los ciclos externos ayudarían a ordenar sus desequilibrios. Pero los problemas actuales no dependen del contexto internacional.

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Son internos, estructurales y requieren decisiones de fondo. Y acá está el punto central: los cambios que Uruguay necesita no van a surgir espontáneamente ni del mercado ni de la inercia social. Dependen de la política. De toda la política. No de este gobierno. No del anterior. De todos por lo menos desde la vuelta a la democracia.Uruguay necesita que su sistema político —sin excepciones— se abanderice detrás de un objetivo claro: quebrar el ciclo de reproducción de la pobreza y la exclusión. No alcanza con planes. No alcanza con buenas intenciones. Importa que las políticas lleguen, que se usen y que el Estado tenga capacidad real de implementarlas con eficacia. Pero, sobre todo, importa que exista una decisión. Porque seguir esperando que el tiempo o el contexto resuelvan lo que el país no encara es, en el fondo, una forma de resignación. Y Uruguay ya no está en condiciones de resignarse.

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