27 de abril de 2026 14:49 hs

Cuando Karl Marx (1) pensaba las clases sociales allá por mediados del siglo XIX —en plena revolución industrial europea— veía una sociedad que parecía ordenarse en torno a una gran línea divisoria: de un lado, quienes poseían los medios de producción; del otro, quienes solo tenían su fuerza de trabajo para vender. Burguesía y proletariado. Capital y trabajo. Eran categorías sociológicamente potentes que permitían analizar y explicar buena parte de lo que se veía en la realidad.

Las fábricas concentraban miles de trabajadores. Las condiciones laborales eran durísimas. El poder económico estaba en manos de los dueños de las fábricas, quienes eran los propietarios de “los medios de producción”. La vida social tendía a organizarse alrededor del empleo. El barrio, la cultura, la política y hasta la identidad personal eran reflejo de la posición ocupada en la estructura productiva. Por eso la idea de clase social tuvo tanto anclaje sociológico y político. Y por esto, también, llegó a tener tanto poder de convocatoria. No era solo una categoría académica. Era experiencia vivida. Sin embargo, ya a comienzos del siglo XX, Max Weber (2) advirtió que la realidad era más compleja. No alcanzaba con mirar propiedad y salario. También importaban el prestigio social, la educación, el estatus y el poder político. Una persona podía no ser rica y, sin embargo, ocupar una posición elevada por su formación o reconocimiento. Décadas después, Pierre Bourdieu (3) dio otro paso decisivo: mostró que las desigualdades no son solo económicas. También cuentan el capital cultural —títulos, lenguaje, hábitos—, el capital social —redes, contactos— y el capital simbólico —prestigio, legitimidad—.

La sociedad ya no podía leerse únicamente desde la propiedad, sino que había otros factores a tener en cuenta para explicar las desigualdades. Más cercano en el tiempo, Erik Olin Wright (4) intentó actualizar a Marx mostrando las llamadas posiciones contradictorias de clase: gerentes sin propiedad pero con autoridad, profesionales bien pagos sin capital propio, supervisores que mandan y obedecen a la vez. La estructura seguía siendo desigual, pero mucho más matizada. La categoría clase social se veía cada vez con más grises, y menos en blanco y negro. Y Thomas Piketty (5) volvió a recordarnos algo central: aunque el mundo cambie, el patrimonio heredado sigue pesando enormemente. Durante mucho tiempo se instaló la idea de que las sociedades modernas funcionarían cada vez más sobre la base del mérito individual, la educación y el esfuerzo personal. Según esa visión, el apellido y el origen familiar perderían relevancia frente al talento y la competencia. Sin embargo, los estudios de Piketty mostraron que la realidad es bastante menos meritocrática.

Más noticias

Cuando la rentabilidad del capital crece más rápido que la economía y que los salarios, quienes ya poseen activos —propiedades, tierras, empresas, acciones, ahorros significativos— tienden a ampliar su ventaja con el paso del tiempo. La riqueza no solo genera bienestar: genera más riqueza. Y muchas veces se transmite entre generaciones mediante herencias, donaciones, acceso temprano a vivienda, ayuda económica para estudiar, contactos estratégicos o respaldo para emprender sin riesgo. Las contribuciones de estos autores, no entierran la categoría de clase social, pero sí nos obligan a revisarla y reformularla. La versión clásica pensada por Marx —centrada en la divisoria entre propietarios de los medios de producción y trabajadores asalariados— mantuvo enorme poder explicativo en la sociedad industrial.

Sin embargo, las sociedades contemporáneas hicieron más evidente que la desigualdad no depende solo de la propiedad de los medios de producción. También pesan el patrimonio heredado, la educación, el capital cultural, las redes de contacto, las jerarquías organizacionales y recorridos laborales cada vez más fragmentados. La desigualdad sigue existiendo, pero adopta formas menos nítidas que en el siglo XIX. Por eso, más que desechar la idea de clases sociales, quizá corresponde actualizarla para comprender cómo se estructuran hoy las ventajas y desventajas en nuestras sociedades. Y esto no es un debate puramente académico. Interpela de lleno al movimiento sindical, que históricamente construyó identidad, representación y capacidad de movilización en nombre de una clase trabajadora relativamente reconocible. Si esa clase hoy es más diversa, dispersa e inestable, también cambian los desafíos para convocarla, organizarla y defenderla. Todo lo anterior importa para pensar un nuevo Primero de Mayo, porque el debate sobre qué son hoy las clases sociales también se refleja en la forma en que el movimiento sindical se nombra a sí mismo y convoca a la sociedad. Las consignas elegidas cada año no son solo lemas circunstanciales: expresan una manera de leer la sociedad.

En ellas se puede ver cómo el movimiento sindical, en cada época, entendió la desigualdad, imaginó quién era el trabajador típico, identificó dónde situaba el conflicto social y buscó nombrar al sujeto colectivo al que quería convocar. Por eso las consignas del Primero de Mayo funcionan como una radiografía de su tiempo, pero también —y sobre todo— de la forma en que el propio sindicalismo interpretó ese tiempo. Y por eso también se conectan directamente con la discusión sobre las clases sociales: muestran cómo fue cambiando, con los años, la forma de representar a quienes viven de su trabajo y de interpretar sus intereses comunes. Al fin y al cabo, hablar de clases sociales no es solamente clasificar posiciones económicas. También es responder preguntas más concretas: ¿quiénes sostienen la sociedad con su trabajo?, ¿quiénes concentran poder?, ¿quiénes quedan rezagados?, ¿quiénes pueden actuar colectivamente para defender sus intereses? Durante buena parte del siglo XX, esas respuestas parecían más claras. Existía una clase trabajadora más visible, concentrada en fábricas, oficinas públicas y grandes lugares de empleo, con identidades laborales relativamente estables y fuertes organizaciones sindicales. Era lógico, entonces, que las consignas hablaran en nombre de “los trabajadores” con una claridad casi automática. Pero cuando cambia la estructura social, también cambian las palabras que intentan representarla. Si el trabajo se fragmenta, si crecen la precariedad, el cuentapropismo, los servicios, las plataformas digitales y las trayectorias laborales inestables, entonces también se vuelve más difícil nombrar un sujeto colectivo único.

Por eso las consignas del Primero de Mayo importan sociológicamente: porque muestran cómo el movimiento sindical fue traduciendo, año tras año, las transformaciones de las clases sociales en nuevos lenguajes de convocatoria. A veces apelando al trabajador organizado, otras al pueblo, otras a la gente, otras a la ciudadanía o al país productivo. La de este año es especialmente elocuente en ese sentido: “El Uruguay es su gente”. Ya no interpela solamente al asalariado sindicalizado, sino que busca hablarle a una mayoría social más amplia, reconociendo que el sujeto del trabajo hoy es más diverso, fragmentado y difícil de encerrar en una sola identidad clásica. En ese sentido, mirar la evolución de las consignas es una forma concreta de observar algo más profundo: cómo cambia la sociedad y cómo cambian las palabras con las que intentamos unirla. Lo que deja este otro 1º de Mayo es una constatación difícil de ignorar: las clases sociales siguen existiendo, pero ya no se presentan con la claridad de otras épocas. Siguen existiendo porque persisten desigualdades estructurales entre quienes viven principalmente de su trabajo y quienes cuentan con patrimonio, respaldo, redes o poder económico. El origen familiar sigue pesando. El barrio sigue importando. La educación de origen sigue importando.

Las oportunidades siguen estando desigualmente repartidas. En ese sentido, hablar de clases sociales todavía tiene sentido. Pero también es cierto que la forma clásica de la clase trabajadora se debilitó. Ya no domina la gran fábrica integradora, el empleo estable de largo plazo, la identidad obrera homogénea. Hoy conviven trabajadores sindicalizados con repartidores de plataformas, jóvenes que van encadenando empleos precarios, mujeres sobrecargadas en tareas de cuidado, cuentapropistas sin protección social, profesionales inseguros y personas que directamente no logran entrar al mercado laboral. La clase social existe, pero está fragmentada.

Y eso tiene consecuencias directas para el movimiento sindical. Durante décadas, buena parte de la lucha sindical se organizó alrededor de una lógica relativamente clara: negociación colectiva, aumento salarial, defensa del empleo formal. Todo eso sigue siendo necesario, pero ya no alcanza. Porque en el mundo actual una empresa puede reclamar más productividad, automatizar procesos o mudarse a otro país buscando menores costos. Una fábrica puede cerrar no por conflicto sindical, sino por competencia global. El capital es más móvil que el trabajo.

Y esa asimetría modifica profundamente las condiciones en las que hoy se disputa el trabajo y la distribución. Por eso el sindicalismo enfrenta un desafío histórico: defender al trabajador no solo dentro de la empresa, sino también frente a una economía que puede prescindir de esa empresa. Dicho de otra forma: no basta con pelear por salarios si desaparecen los puestos de trabajo. No basta con representar al trabajador formal si crece el trabajador precario. No basta con hablarle al afiliado histórico si miles de jóvenes nunca pisaron un sindicato o ni siquiera logran encontrar su primer empleo. Conviene recordar que Uruguay arrastra un serio problema en sus altas tasas de desempleo juvenil, especialmente entre las mujeres jóvenes, que enfrentan mayores barreras de acceso, más precariedad y menos oportunidades de inserción laboral. Muchas personas ingresan tarde, mal o nunca al mercado de trabajo.

Otras lo hacen por circuitos frágiles, de baja capacitación y escasa estabilidad. Hoy es allí donde se juega una parte importante del futuro social del país. Entonces, ¿qué sentido tiene hoy el Primero de Mayo? Quizá pueda ser algo más que una jornada de reivindicación: también una oportunidad para pensar el futuro del trabajo. Una oportunidad para recordar tres cosas. Primero: las clases sociales siguen existiendo, aunque ya no tengan las formas claras y visibles del pasado. Segundo: el movimiento sindical sigue siendo necesario, pero necesita ampliar su poder de convocatoria hacia los nuevos trabajadores invisibles.

Tercero: la agenda laboral del siglo XXI no es solo salario; también es productividad justa, formación continua, empleo juvenil, cuidados (mas que nunca!), innovación y desarrollo nacional. El desafío ya no es defender únicamente el trabajo que queda. Es crear trabajo digno donde hoy no lo hay. Ese puede ser el verdadero sentido de un nuevo 1º de Mayo. No mirar con nostalgia la fábrica que cerró o la que prefirió trasladarse a otro país, sino apostar a un sindicalismo capaz de defender salarios, pero también de impulsar formación, productividad con justicia, nuevos empleos y protección social para quienes quedan a la intemperie en la economía que viene.

Notas (1) Marx, Karl. (1867). El capital. México: Fondo de Cultura Económica. (2) Weber, Max. (1922). Economía y sociedad. México: Fondo de Cultura Económica. (3) Bourdieu, Pierre. (1979). La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus. (4) Wright, Erik Olin. (2015). Comprender las clases sociales. Madrid: Akal. (5) Piketty, Thomas. (2013). El capital en el siglo XXI. Barce

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos