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Ciencia, tecnología e innovación: el rubicón de América Latina

Los recortes de la inversión pública en investigación, enseñanza y formación de recursos humanos ha afectado a esta área

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31 de diciembre de 2020 a las 05:00

Por Bruno Nathansohn

"[...] dar a la ciencia una tribuna que inspire a los ciudadanos" (Nelson Mandela, citado en el informe de Ciencia Abierta, 2019, p. 8).

El área de la Ciencia, Tecnología e Innovación (CT&I) plantea un importante desafío para el desarrollo de América Latina en medio de una grave crisis socioeconómica potenciada por la pandemia de COVID-19. La creciente desigualdad social, concentración de ingresos, abusos de derechos humanos, aumento de la violencia y desastres ambientales, sumado a economías en ruinas han llevado a las sociedades del Sur global a una mayor frustración y vulnerabilidad.

La CT&I se ha visto gravemente afectada por los recortes de la inversión pública en investigación, enseñanza y formación de recursos humanos. Esto demuestra la vulnerabilidad de los países de la periferia a las oscilaciones políticas y económicas, debido a la falta de políticas estatales sólidas.

En muchos casos, como en el Brasil, hay organismos públicos fuertes que garantizan la continuidad de los programas y servicios a los ciudadanos. Sin embargo, allí las instituciones también están siendo muy afectados por la agenda de austeridad neoliberal. Lo mismo sucede a las organizaciones supranacionales latinoamericanas y a las relaciones interinstitucionales, promovidas a través de acuerdos de cooperación técnica en los respectivos bloques regionales.

La CT&I se presenta como un indicador de la desigualdad entre los países del Norte y del Sur, pero también lleva consigo el potencial de una gran transformación social y económica en América Latina. Los países líderes en la producción industrial que tienen la hegemonía del control de los flujos de capital suelen invertir más en ciencia, tecnología e innovación, manteniendo así la disparidad de poder mundial.

Por otro lado, los países menos afortunados por sus condiciones geopolíticas y económicas suelen desarrollarse a partir del reconocimiento de sus adversidades y la inversión focal en servicios básicos eficaces. Un buen ejemplo de ello es Cuba, que ha estado enfrentando un severo bloqueo económico, comercial y financiero durante 58 años, pero ha hecho grandes progresos en la investigación científica en materia de salud preventiva y educación pública.

En Brasil, el actual gobierno ha congelado el presupuesto del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Innovación y Comunicaciones (MCTIC) en un 42%, una tendencia que comenzó con la doctrina neoliberal de austeridad fiscal, ya registrada desde el gobierno de Dilma Roussef en 2014. Si bien en ambos gobiernos ha habido una tendencia a disminuir el presupuesto, las medidas adoptadas por Roussef no guardaban proporción con las medidas radicales adoptadas por el gobierno de Bolsonaro.

En cualquier caso, los recortes en la financiación pública han sacudido el ecosistema de desarrollo brasileño para CT&I, que incluye: universidades federales, laboratorios, fundaciones estatales de apoyo a la investigación, etc., agravando la situación en el contexto de la pandemia. Según Fábio Guedes, presidente del Consejo Nacional de Fundaciones Estatales de Apoyo a la Investigación (Confap), el gobierno actualmente invierte en Ciencia y Tecnología, alrededor del 0,08% del presupuesto. Y las fuentes adicionales, incluso para la innovación, pueden llegar al 1,5%, lo que deja a Brasil en el 66º lugar en el ranking de inversores. Mientras tanto, según los datos del Índice de Innovación Global, los países de la OCDE han invertido entre el 2% y el 4% de sus presupuestos.

El análisis del Informe de la UNESCO sobre la ciencia: hacia 2030, señala que los niveles de inversión en CT&I están muy por debajo de las tasas alcanzadas por los países desarrollados. E incluso Brasil, que tiene una tasa mucho más alta que otros países de la región, tiene una inversión muy concentrada en las zonas más dinámicas económicamente. Los datos más recientes de 2013, publicados en el Informe, señalan que América Latina contribuye con el 3,4% de las inversiones, mientras que el Caribe contribuye con el 0,1%.

La verdad, inversamente proporcional, es que la TC&I tiene el potencial de llevar a los países en desventaja económica y social a un equilibrio sostenible entre sus niveles de producción y el bienestar social de su población, si se valora adecuadamente. En otras palabras, al mismo tiempo que CT&I expresa la condición de desigualdad socioeconómica, también puede ser una salida a los obstáculos impuestos por el poder hegemónico que se consolida por el control de los flujos de capital y, en consecuencia, por el dominio ejercido a través de la investigación, la enseñanza y la innovación en el Norte global.

El gran problema de América Latina sigue siendo su condición de subordinación social, política y económica. Concebir la investigación y la innovación como una acción banal, centrada en iniciativas relacionadas con una noción de espíritu empresarial restringida a una lógica de mercado, no contribuye a la superación de la condición de subdesarrollo del continente.

Pensar en la CT&I sin la participación del mercado no es factible. Pero tampoco es posible abordar el tema desde la perspectiva de la eficiencia productiva, en la que el centro desarrolla dispositivos digitales desde realidades totalmente diferentes que luego son importados por las naciones periféricas del sistema, ya que esto no produce efectos transformadores integrales.

Es necesario repensar las agendas nacionales de los países latinoamericanos, no sólo para facilitar los negocios privados en el campo del comercio, sino principalmente para ampliar y mejorar los mecanismos de aumento del bienestar social, bajo la orientación de políticas de Estado incisivas. Al mismo tiempo, las perspectivas locales, subregionales, nacionales y, finalmente, continentales deben articularse en una acción política multinivel dentro de la lógica de la integración institucional, tal como se ha venido realizando con éxito, entre organismos subregionales como: Unasur, Mercosur, Comunidad Andina de Naciones (CAN), Sistema de Integración Centroamericana (SICA), Comunidad del Caribe (Caricom), Alba y Proyecto Mesoamérica.

Es necesario rescatar también las esencias de los pueblos latinoamericanos integrados en el Estados y valorar ejemplos como el buen-vivir como forma de resistencia y filosofía de bienestar social. Invertir en CT&I es un supuesto fundamental para que América Latina cruce el rubicón científico y tecnológico y rompa los paradigmas tradicionales que alimentan las desigualdades y concentran el poder y la riqueza en manos de una minoría. Y de esta forma alcanzar la soberanía de las naciones periféricas. 

 

Bruno Nathansohn es sociólogo y gestor de documentos. Doctor en Ciencias de la Información, Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ) / Instituto Brasileño de Información Ciencia y Tecnología (IBICT).

www.latinoamerica21.com, un medio plural comprometido con la divulgación de información crítica y veraz sobre América Latina.

 

Foto por Serviço de Comunicação Institucional em Foter.com / CC BY-NC-SA

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