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Es la hora del informativo central de televisión. Los móviles en vivo le dan paso a la voz de un docente del liceo IAVA. Viste una campera oscura, la barba sin afeitar y el pelo un tanto desordenado. Enseguida empiezan las reacciones en las redes sociales: “¡Qué mugre, qué asco de docente (…) ¿un ejemplo a seguir?”; “¿Está medio fumado o es así de desprolijo siempre?”; “¿Es el protagonista del Náufrago?”.

Nadie —o casi nadie— repara en lo que está diciendo. Mucho menos de que se trata de Daniel “Toto” Zieleniec, uno de los profesores de Educación Musical más prestigiosos. Cuenta con una calificación de 98 puntos sobre 100 en la calificación oficial de ANEP, es docente del grado más alto (cuenta con al menos 25 años de antigüedad), y recibió varias menciones de Carnaval como creativo y letrista de la murga Queso Magro.

Es la hora del informativo nocturno de TV Ciudad. Emiten una grabación de la tarde. El vocero del gremio estudiantil del IAVA, Gerónimo Sena, habla en lenguaje inclusivo. Luce una blusa verde con bordados blancos. Con “puntillas”, dicen los que saben. En Twitter un usuario comenta que “la vestimenta hace juego con el micrófono, llamativo”. Otro cuestiona que al liceo ahora “se va de camisón”. Incluso el director del diario El País, Martín Aguirre, le dedica un párrafo en su columna de opinión: “Y huevos, con perdón de la expresión. Pararte frente a las cámaras con ese look... ¡Mis respetos!”.

Pocos prestaron atención al reclamo. Algunos se focalizaron en la forma del lenguaje. La senadora Graciela Bianchi admitió que no tiene “problema sobre cómo se viste”, pero le “preocupa cómo habla". Otros se centraron en la imagen, en la blusa, en las puntillas, en el colgante con el yin y el yang, en el pelo rizado o en las caravanas.

Pero a Gerónimo le dan “más ganas” de vestirse como se le canta. Porque cada mañana, cuando abre su armario, no se propone dar una lucha discursiva con su vestimenta. “Solo me visto con lo que me nace sin importar los estereotipos”, reflexiona este adolescente devenido en celebridad mediática de turno en diálogo con El Observador.

El conflicto en el IAVA —cuya génesis había sido la colocación de una rampa de accesibilidad que implicaba mover el salón del gremio estudiantil— puso sobre la mesa debates políticos, sindicales, históricos, estéticos (¡hasta el presidente de la República habló del estado del salón estudiantil!) y hasta acarreó la frase de Mirtha Legrand: “Como te ven, te tratan. Y si te ven mal, te maltratan”.

Sucede que “cada uno de nosotros cuenta con un repertorio en base al cual, frente a cualquier sujeto nuevo que enfrentamos o vemos, tendemos a tipificar, a etiquetar”, explica la profesora titular de Sociología en la Universidad de la República, Verónica Filardo. La tipificación, el encasillar, es la esencia de la teorías más clásicas de las Ciencias Sociales. El problema —el problema discursivo— es que “Gerónimo Sena choca con la tipificación de líder estudiantil que muchos pueden tener en su repertorio, o el docente no cuaja en la tipificación de docente (…) y en la medida que no se ajustan, son rechazados”.

Dicho más sencillo: “En los 30 primeros segundos de un encuentro, una persona crea un juicio de valor sobre la otra solo por la imagen no verbal”, explica Juan Pablo Rivero, diseñador y asesor de comunicación e imagen. Es por eso que entre quienes vieron el primer debate electoral televisado de la historia, John F. Kennedy venció a Richard Nixon gracias a su piel bronceada y su prolijo traje. Quienes siguieron ese mismo contrapunto por radio, en cambio, opinaron lo contrario.

Es probable que muchos recuerden aquella conferencia de prensa en la que apareció el expresidente José Mujica de sandalias y con las uñas mal cortadas. Es probable que casi nadie recuerde de qué se habló. Es probable que muchos rememoren la conferencia de Luis Lacalle Pou cuando en un verano apareció, tras unos días de vacaciones, sin afeitar, bronceado y con una corbata floreada. Es probable que casi nadie rememore de qué se habló. 

Carlos Pazos La conferencia de José Mujica en sandalias.

Las adolescentes uruguayas se sacan, en promedio, cinco selfies al día. Solo dos de esas imágenes llegan a posteriori a las redes sociales. Y el 15% de las jóvenes admite que “todas las selfies” que suben a las redes tienen filtros para lucir mejor. Así lo revela el estudio que encabezó la socióloga Ana Gudynas para la empresa Dove.

Ese mismo relevamiento concluye que solo la cuarta parte de las chicas afirma que lo que es importante es que la foto “muestre lo que soy como persona”, y una cifra similar siente que puede ayudar a desafiar el contenido de belleza idealizado.

Gerónimo dice que “la ropa es una construcción social” y que “es probable que uno, incluso sin pensarlo, termine vistiéndose con aquello que se identifica”. Por eso reconoce como un “éxito del gremio estudiantil del IAVA” que en su liceo no haya, desde hace más de una década, un código de vestimenta. “Por suerte es un lugar diverso, no solo en el sentido de identidad de género, y en el que se valora a la persona por el ser y no por el aparentar”.

La Dirección General de Instrucción Primaria fue la primera en implementar un uniforme en la educación uruguaya. Era el 6 de febrero de 1910. La resolución rezaba: "El uso de la túnica oculta las deficiencias de las ropas de los niños procedentes de los hogares menos afortunados , y suprime por consiguiente las resistencias de los padres a enviar sus hijos a la Escuela, cuando sus recursos no les permiten comprarles las ropas necesarias para presentarlos correctamente vestidos”.

El IAVA, por entonces el único bachillerato, se regía aún con la lógica universitaria. Muchas décadas después —y con énfasis en la última dictadura— las reglas de vestimenta llegaron al liceo. Hasta que, reclamos de libre expresión, pollerazo e identidad de género mediante, los códigos fueron desapareciendo.

“Un uniforme estricto no es pertinente en la actualidad, porque no es parte de la etapa histórica en la que vivimos”, reconoce la consejera del Codicen Dora Grazziano, cargo al que fue postulada por el partido Cabildo Abierto. Sin embargo, agrega la docente de Geografía, “en un liceo hay que vestirse de acuerdo a las circunstancias; sin reglas, sin valoraciones ni sanciones, pero con una vestimenta propicia para el lugar y el momento”.

Como ejemplo, dice, “los docentes tienen que ser referentes en cuanto a pulcritud y, dentro de los márgenes en que cada uno se viste o peina como quiere, no puede causar rechazo”.

El diseñador Rivero se ríe: “Los grandes filósofos de la Grecia Antigua o el Renacimiento demuestran que la sabiduría no tienen nada que ver con el pelo o la barba”. Según el experto en imagen, “el progreso social se vendría a dar cuando nos dejemos de hablar de la ropa y el cuerpo del otro para descalificarlo”.

Al respecto, el sociólogo Leonel Rivero —quien coincide con el apellido del diseñador, pero no son parientes— dice que “lo sucedido con el profesor de Música del IAVA tiene que ver con la desvalorización de la imagen pública de los docentes”. ¿A qué se refiere? “Está instalada la idea de que hay una crisis de la educación y que los responsables son los docentes: que si faltan, que si se enferman, que cómo se forman, que como se visten. No se analiza el sentido de la educación, no se evalúa si este docente acompaña un proceso educativo de calidad, si se involucra, si es creativo, si ayuda a los estudiantes a pensar. Son solo discursos superficiales y reactivos”.

Así lo siente Gerónimo: “Tengo claro que las descalificaciones sobre cómo me visto son una manera de no querer argumentar y desviar”. Y suma un argumento: “Me tocó recibir agresiones de simpatizantes de todos los partidos, de izquierda y de derecha, porque en el fondo nos estigmatizan a los jóvenes (…) si sos joven solo servís para las redes sociales o colgar una pancarta, pero no sos apto para dar un debate serio”.

La socióloga Filardo, una de las referentes uruguayas sobre subculturas juveniles y las otrora llamadas “tribus urbanas”, insiste con la tipificación, la necesidad de encasillar “incluso cuando no se tenga un rechazo a lo diverso”, y que, en esas etiquetas, “la voz de los estudiantes no fue escuchada: este viernes se discutía sobre si son 30 de 3.000 alumnos los agremiados, pero todas las apreciaciones eran desde la mirada adulta y no desde la voz de los propios estudiantes" (incluso esta nota periodística recae en este sesgo).

“Yo era bastante rebeldón (de joven). Ser adolescente y no tener rebeldía es como no haber pasado por esa edad. Pero la rebeldía siempre tiene un freno, que es cuando dañás el bien común. La rebeldía con causa de reclamo es bienvenida, ahora, ¿qué necesidad hay de romper? ¿De ensuciar? Ninguna”, había criticado Lacalle Pou en referencia al estado del salón gremial del IAVA.

En definitiva, detrás del conflicto del IAVA, “hay un choque de culturas juveniles y adultas: a los adolescentes se les niega la validez como un actor en un debate y, para muchos integrantes de nuestra sociedad, es difícil aceptar la potencia que tiene el discurso de los alumnos del bachillerato”, especifica el sociólogo Rivero.

¿A qué discursos hace referencia? En los relevamientos que su equipo de investigación vienen realizando en los centros educativos, notan que “las cuestiones de géneros son reivindicaciones importantes: desde los baños sin distinción de sexo, el fin de los códigos de vestimenta, la memoria asociada a los desaparecidos de la dictadura, cuestionamiento a la calidad democrática en la toma de decisiones, el ser escuchados…”.

Por eso, se pregunta Rivero: “¿Por qué la calidad de un vocero queda supeditada a si se pinta las uñas o si se pone una blusa con bordados? Al final eso habla más del conservadurismo del mundo adulto que de la juventud en sí”.

Su tocayo de apellido, el diseñador Rivero, no tiene claro si es un tema de conservadurismo o no, pero sí le preocupa que “estamos en una sociedad en que mayores de edad atacan por la imagen a un joven de 17 años. Eso es lo alarmante”. 
 

¿Adiós al Uruguay gris?

El chiste popular reza que Uruguay es la Canadá del Río de la Plata: tiene leyes de avanzada, hay respeto a la instituciones, cada uno puede casarse con quien quiera y fumar marihuana, pero la gente "es gris" y "conservadora". La socióloga Verónica Filardo cuestiona este prejuicio porque, entiende, no hay mediciones que puedan confirmar que así sea. Pero admite que “pese a la individuación de la sociedad, el comportamiento colectivo es necesario y, en un mundo global, las modas de otros rincones también aterrizan en Uruguay”.
En esa línea, el diseñador Juan Pablo Rivero agradece "la llegada reciente de inmigrantes de otras parte de América Latina que trajeron color y cortaron con tanta homogeneidad". Porque, dice el experto en imagen, "en este pueblo chico el azul marino, el gris y el beige eran lo único aceptable".
Los antropólogos sociales suelen decir que una cultura se mueve en la paleta de colores de su entorno. En el hombre de campo prevalecen los verdes y los marrones y los esquimales tienen 19 formas de describir el blanco.
Pero, en una sociedad más global y cercana, comemos sushi y comida peruana, vestimos championes flúor, escuchamos música francesa y leemos la prensa española. La imagen ya no reconoce fronteras.
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