Con altibajos pero con corazón, Stranger Things mantiene intacta su esencia
La segunda entrega del éxito de Netflix expande su universo a otra escala
En las entrevistas que se pueden ver en El universo de Stranger Things –algo así como el programa Pasión de la serie–, los hermanos Matt y Ross Duffer, creadores de la producción de Netflix, comentan el miedo que sintieron cuando se enfrentaron a la primera página en blanco del guion de la segunda temporada. No es para menos. El éxito de la primera entrega y el entusiasmo generado en torno a su universo elevaban las expectativas a las nubes, por lo que la posibilidad de fallar estaba muy latente.
Pero los Duffer, Netflix y los seguidores de la serie pueden respirar tranquilos: Stranger Things 2 (así es su título original) cumple con todas las metas a las que una secuela puede aspirar, aunque con algún que otro traspié en la ejecución.
Luego del final del último capítulo emitido en 2016, era de esperar que el retorno al pueblo de Hawkins, Indiana, sacudiera los cimientos de la mitología planteada de antemano. Y vaya si lo hace. Las amenazas en esta nueva temporada son más grandes, más numerosas y más difíciles de destruir. Esta vez, las ramificaciones de la maldad que vive en el Otro Lado (Upsidedown, en inglés) se proyectan en el inseguro Will Byers (Noah Schnapp), que comienza a tener visiones aterradoras. Para algún fanático olvidadizo, la desaparición de Will fue el disparador de todos los acontecimientos de la primera temporada, incluso la aparición de Eleven (Millie Bobby Brown), uno de los personajes que más rápido se ha incrustado en la cultura popular en el último tiempo.
Poco se había visto de Will, entonces, en aquellos ocho primeros capítulos, más que nada por su condición de "desaparecido". Para el bien de la serie, el foco ahora recae en él y eso le da la posibilidad a Schnapp de ser lo mejor que ofrece la temporada. Ver sus cambios de conducta, transformaciones físicas y el padecimiento de un dolor que lo eligió sin razón es un reto para el espectador, que teme y sufre como él. Su experiencia en estos episodios llega a niveles similares a los de Regan en El Exorcista (William Friedkin, 1973).
El alma de Stranger Things, sin embargo, se erigió en 2016 en el cuarteto de niños fanáticos de las maquinitas y los juegos de mesa. Ahora la serie se vuelve a apoyar en ellos. Sus historias se bifurcan a medida que la pubertad va tomando forma y cada uno comienza a tener sus propias luchas internas. Mientras Lucas (Caleb McLaughlin) y Dustin (Gaten Matarazzo) luchan por Max (Sadie Sink) –la chica nueva del grupo–, Mike (Finn Wolfhard) no puede dejar de extrañar a Eleven, arrastrada al Otro Lado al final de la primera entrega.
Es Eleven quien, apartada del camino de sus amigos, pierde un poco más en esta nueva entrega, que la lleva tras las pistas de su origen en un viaje diferente y a veces descolgado del resto de la trama.
Hay que dejarlo claro: a la primera temporada no le sobraba nada. La duración era perfecta, la narración estaba construida de manera inteligente y cada uno de sus personajes constituía un punto más a su favor. Tal vez, al compararlas pelo a pelo, la segunda esté a un nivel mínimamente inferior por eso: en el afán por expandir su mitología propia, el trasfondo de los protagonistas y sus referencias a la cultura pop de la década de 1980, Stranger Things 2 olvida que tiene personajes y elementos nuevos y no los construye de la mejor forma. Ejemplo de ello son: Max y su hermano, un abusador esquemático e intrascendente; y una subtrama innecesaria de vengadores callejeros que abarca todo un capítulo y que, en realidad, no tiene mucho que hacer en el total de la serie.
A pesar de esos puntos bajos, lo que le sobra a la producción es corazón y emoción. Stranger Things 2, al igual que su primera temporada, se rinde ante los sintetizadores, Stephen King, Steven Spielberg, John Carpenter, The Police, The Clash, los finales abiertos bien utilizados y sobre todo, sus personajes queribles. Incluso los más odiosos fueron redimidos por los Duffer, con el caso de Steve Harrington como estandarte. Si verlo en la primera temporada daba un poco de fiebre por su actitud pedante y atropellada, el personaje da un vuelco y se convierte en el gran defensor y compañero de Dustin, una dupla de la que surgen algunas de las mejores escenas.
Stranger Things es un éxito por alguna que otra trampa a la nostalgia. También porque es un producto que apela a su corazón para contar una historia planteada con inteligencia y emoción, y que es difícil de ver sin una sonrisa en el rostro. Es casi una garantía que en Hawkins seguirán pasando cosas extrañas en otras temporadas. Los que estamos del Otro Lado, no podemos más que esperar a que el ambiente se enrarezca todavía más.
El después
Stranger Things tiene su propio pos-show en el que sus guionistas, directores y actores debaten diferentes aspectos de la producción. Se llama El universo de Stranger Things y está disponible en Netflix.